2012-10-22 13:53:53
sorelestat
(Publicado fanzine ‘Etcétera - Arte, letras y otras hierbas’)
EL golpe de ala del obrero se unía con el perfume barato de la secretaria que se maquillaba en el bus del año setenta y seis, que recorría sus últimos kilómetros por las cariadas avenidas de Bogotá. El destino del viejo trasto era un lugar olvidado donde lo deshuesarían, del cual había huido por varios años a punta de sobornos.
Una helada gota de sudor recorrió su espina dorsal. Estaba agitado de miedo, observando con atención a cada uno de los pasajeros del bus. Escogiendo su víctima. Pensó en la bofetada que le pegó su suegra al recriminarle su falta de responsabilidad con su hija y su nieto de tres meses. Se dijo para darse valor —tres paradas más y lo hago—. Apretó con fuerza el chuzo que llevaba en el bolsillo. Ya tenía su presa.
El chofer frenó en seco ante el semáforo en rojo, no lo había visto, se encontraba absorto en sus pensamientos, quería encontrar la excusa para ir a donde su amante que amenazó con contarle todo a su esposa, si no iba esa noche y le hacía el amor.
—Es qué lleva animales —gritó la gorda, cuya vena del cuello se empezaba a brotar por el estrés, porque llegaba tarde a su trabajo de aseadora.
El viejo jubilado sonrió al notar que la joven de diecisiete años no decía nada a la caricia que le había hecho a su nalga, en su gran acto de valentía. Ella no sintió la mano temblorosa, porque pensaba que esa noche dejaría de ser virgen, había decidido darle la pruebita de amor a su profesor de ética.
La señora Berta, anciana y solitaria, hacía cuentas para poder estirar su mísera pensión que llevaba dentro de su sostén.
Juan un emprendedor mesero, se rascaba la entrepierna y dedujo que en aquel prostíbulo de chapinero le habían regalado algo más que la ropa interior que le robó a la morena con la que estuvo.
Un mendigo subió por detrás del bus, la gente arrugó la nariz al insano aroma que despedía el hombre. El sujeto mostró una herida supurante que le devoraba la pierna derecha, gracias a su llaga consiguió quince mil pesos en el primer bus del día.
—Cuando se baje el vendedor marica, agarro al paciente —se dijo el del chuzo, rogando que su objetivo no se bajara antes. El vendedor se le hacía agua la boca, mirando los abundantes pechos de la señora que le compraba dos paquetes de maní.
El del chuzo se levantó. Y mientras el chofer arrancaba en una forma salvaje el bus, fue hacia su víctima...
Sentí el cuchillo clavarse en mis costillas en el momento en que el personaje se sentó a mi lado. - Calladito se ve bien —exclamó— entendió, si no quiere que lo corte aquí, malparido-. Requisó los bolsillos cosa que ni mi mujer hacía, me quitó el celular que había costado dos salarios, diez mil pesos para el almuerzo y mi orgullo. Corrió hacia atrás y se escabulló por la puerta del bus. Me quedé con el madrazo a flor de piel, el miedo y la rabia mezclándose en mí. Los demás pasajeros me contemplaban con esa cara estúpida, que significa: ¿Lo robaron?
No hay comentarios:
Publicar un comentario