2015-06-19 13:14:00
sorelestat
Ilustración Hieloh
El dolor golpea mi cerebro, siento mareo, tengo deseos de vomitar, de expulsar de mi interior toda esa furia que tengo contenida por tu culpa. Anhelo golpearte, hacerte entender que no siempre las cosas deben salir como tú quieres.
Bebo dos vasos de ese líquido amargo y espeso que tú llamas jugo de guayaba. Me siento frente al computador y mientras este se enciende, pienso en esa frase que le dije alguna vez a un periodista cuando empezaba mi carrera: “Me hice escritor para no convertirme en un asesino”. Fumo con frenesí, las colillas se van acumulando. Trato de ver a través de la abertura que hay entre mi estudio y nuestro cuarto, con la esperanza de que no estés, que te hayas marchado con una de tus hermanas, ojala con la que más me odie y te convenza de que no regreses. Pero como dije, nada es como uno quiere. Puedo ver el bulto que forma tu cuerpo por debajo de las cobijas y por el movimiento sé que estas llorando, aguardando a que vaya a consolarte. No es así, aprieto los dientes tratando de frenar ese impulso que tengo de lastimarte.
Empiezo a mover los dedos sobre el teclado. Las palabras se van formando en mi cabeza y en el computador. Comienzo a describir nuestro cuarto, parece un buen lugar para iniciar un nuevo relato. El protagonista es un hombre que está de pie en la puerta, observando cómo su esposa duerme, como su respiración armoniza con el tic tac del reloj de su mesita de noche. El hombre empuña un cuchillo. Mira con tristeza el rostro de su mujer alumbrado por la luz mortecina que interrumpe por la ventana. Hace frio, pero él no lo siente, su sangre hierve. Se ha quitado los zapatos, camina con lentitud amortiguando sus pasos mientras se acerca. Su corazón se acelera. Los sonidos de la noche se hacen aterradores. Traga un sorbo de saliva. Preocupándose solo por calmar esa pequeña obsesión, ese deseo de terminar con el sentimiento de insatisfacción que le provoca ella, ya ni en la cama las cosas funcionan para los dos.
Se detiene creyendo que ella ha despertado al cambiar de posición. Piensa con amargura, como esa mujer a la cual amaba, a la cual le había prometido amor ante el altar, puede ser la mujer que ahora detesta. Ha llegado el momento, no se detendrá, terminará con toda esa furia que bulle en su corazón. Levanta su brazo y observa cómo la sombra de su mano empuñando el cuchillo cae sobre el cuerpo de la mujer, el metal entra rompiendo lana, tela, piel, penetrando su carne hasta la empuñadura. Siente mareo cuando lo saca y lo levanta de nuevo por los aires, brota un chorro de sangre que baña su rostro… esto le enfurece más, de nuevo el arma cae sobre la mujer que empezaba a despertar para darse cuenta del horror del cual hacía parte. El acero entra por uno de sus senos y lo destruye cuando sale de nuevo, para volver a caer introduciéndose en el ojo y despedazar su cerebro. El hombre sin conocimiento, como un autómata repite una y otra vez el mismo movimiento hasta que el cuerpo de la mujer es un guiñapo de carne y sangre.
Sale de la habitación con dificultad, sus pies parece no tener fuerza para moverse. Vomita sobre el suelo de madera, tratando de limpiar la sangre que impregna su rostro empieza a buscar la puerta hacia la calle…
Tomo un receso, iré a la cocina para tomarme una cerveza, para despejar la mente con un cigarrillo, para encontrar el hilo conductor de esta primera escena y lo que tengo en la cabeza. Paso por nuestro cuarto, la luz está apagada, al fin has decidido dormirte, no tengo ira, tal vez más tarde me acueste junto a ti. Al ver mi reflejo en el espejo veo que mi cara está sucia. Caigo de culo contra el suelo, la sangre empieza a manchar todo.

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