Me hice escritor para no convertirme en un asesino.

martes, 10 de mayo de 2016

JOHN Y VLAD


2012-08-02 14:15:00
sorelestat

JOHN Y VLAD

 

…a Marcial Lafuente Estefanía.

 

I

 

Lo primero que tenían que hacer era dejar de pelear, tenían que conocerse, tenían que volverse amigos, tenían que dejar de ser enemigos, si querían encontrar el dinero y a la  chica.

Nadie imaginó que la llegada de aquellos hombres cambiaria la historia del pueblo. Aquellos dos tipos rudos nos salvaron. El Remanso quedaba a dos horas de la capital, era tan pequeño que quedaba escondido entre las montañas, su población no era de más de cinco mil habitantes, por eso se había convertido en lugar perfecto para los narcos. El pueblo era gobernado por un alcalde corrupto y que gracias al dinero de la familia que regía en estas tierras olvidadas, había sido elegido ya por cuatro periodos seguidos. Los habitantes eran  sometidos por los García, en El Remanso no había policía, los uniformados habían huido cuando estos destruyeron la estación de policía, se adueñaron del banco y humillaron a la gente. Sólo había un viejo policía, que hacía de cura —porque hasta el párroco huyó perseguido por unas balas que iban detrás de él—, abogado y regente de la casa de putas del pueblo. Les contaré la historia de aquellos hombres. Y usaré mi imaginación para llenar los vacíos de mi relato, ya que no siempre estuve junto a ellos. Lo hago por el valor literario y mantener una continuidad en la aventura que cambiaria mi vida.

Estaba sentado en las escaleras que quedaban enfrente de la iglesia. Fui el único en verlos llegar, era una noche fría y húmeda por la lluvia. Llegaron por lados opuestos de la carretera principal que cruzaba el centro del pueblo, ya les había dicho que es  pequeño, no hay calles aledañas.  Vestían de negro, con gabardinas de cuero y converse rojos, se podría decir que eran compadres. Eran de la misma estatura, tenían el cabello largo, pero el color los diferenciaba, el uno era amarillo como el oro, el del otro era negro, también el color de sus ojos era distinto los del rubio eran azules y el de pelo negro los poseía como el color azabache igual al de su cabello que caía sobre su espalda. El rubio arrojó una botella de aguardiente contra el suelo, había bebido el licor como si fuera agua bendita, toda la botella de un solo trago. Se miraron por un segundo, y sin que yo pudiera enlazar un nuevo pensamiento, se lanzaron el uno contra el otro.

Traté de acercarme a ellos, pero la fuerza de sus golpes era tan extraordinaria, que no parecía humana. Les grité, no me escucharon, estaban tan absortos en su lucha, que si hubiera ocurrido el fin del mundo, a ellos no les hubiera importado. Así que lo único que pude hacer fue observarlos, ver esa sed ciega con la que se atacaban, daban tal contundencia a su puños, poniendo en ellos su voluntad para acabar con su oponente. Era medianoche,  cuando llegó el carro que traía el dinero del banco y en ese mismo instante hicieron su aparición los García y su corte de matones. Los dos hombres se detuvieron para tomar aire que se les terminaba y se quedaron quietos mirando la escena que se desarrollaba junto a ellos. Al fin pude acercarme y les dije:

—Esto no tiene nada que ver con ustedes. Esos hombres son muy peligrosos. —ambos me miraron y me pareció que se burlaron de mi. Me siguieron y nos hicimos en una esquina, en donde pudimos ver como el conductor y los dos guardias eran sacados del vehículo, golpeados y atados a un árbol que está enfrente de la iglesia. El vehículo fue vaciado en cuestión de minutos, de nuevo robaban al banco, se llevaron nuestro dinero, en la mañana seguiríamos igual de pobres y miserables, y los García un poco más ricos. Nadie alzaría la voz ante Leonardo García el dueño del pueblo.

—Oye vil criatura, podemos hacer una tregua —dijo el rubio a su oponente.

—Por qué no. Si trato de entenderte es por el dinero que acaban de robar —dijo el de pelo negro, hablaban como si yo no existiera.

—Sí, son bastantes billetes, los que esos tipos se llevaron, te imaginas cuantas mujeres y botellas de aguardiente podemos comprar con ese dinero, este pueblito de mierda es muy pequeño para tanta riqueza, sería bueno hacernos con ese dinero, que el metálico fuera a parar a nuestros bolsillos.

—Eres extraño, seguro que no estoy equivocado con lo que eres.

—No lo estás, pero calla hace mucho tiempo que aborrezco lo que soy.

—Ahora comprendo tu forma de beber.

—Cállate, no digas nada.

—Como quieras, vamos a buscar adonde divertirnos, mañana veremos que haremos.

—Mañana, acaso tu…

—Al igual que tu, no me gusta lo que soy. —Yo había leído una vez cómo funcionaba el motor de un formula uno y tampoco había entendido nada.

—Mi nombre es John.

—El mío es Vladimir, me puedes decir Vlad. Oye, llévanos a donde están la mujeres bonitas de este pueblo, y ojalá sea un lugar con mucho alcohol.

Se dirigían a mí, no pude decir nada. Me sentía tan minúsculo a su lado, pero ejercían en mí una atracción que hacía que me mantuviera junto a ellos. Los llevé al sitio que regentaba el viejo Benítez, el jefe de policía, cura, abogado y dueño de la casa de citas del pueblo.

El local estaba ubicado detrás de la iglesia, junto a la casa cural. El lugar estaba lleno como siempre después de un domingo de mercado, además nadie sabía sobre la nueva hazaña de los García. Y como estaba con mis nuevos amigos, tratando de ser un buen anfitrión con ellos, no arruine la alegría de los habitantes del Remanso. John y Vlad se acercaron a la barra y pidieron dos botellas de aguardiente, en ese momento fue cuando llamaron la atención, cada uno bebía de su botella sin parar, como si fuera agua, los mirábamos absortos, pero no nos prestaron atención. Sin poner cuidado a los murmullos de la gente, se perdieron por los corredores del negocio acompañados por dos chicas que se les habían pegado a la espalda desde el momento en los habían visto entrar, ya que si no lo he dicho, los dos eran muy guapos.

 

II

 

Al día siguiente, cuando todos salíamos en busca de algún remedio contra la resaca, ellos salieron como si  hubieran dormido toda la noche. Las dos mujeres que habían pasado la noche con ellos, iban tomadas de gancho de ellos y llevaban una sonrisa de oreja a oreja, si se me permite la expresión para explicar su rostro de satisfacción, aunque no soy nadie para averiguar la causa de ello. Ellos observaron con incredulidad a los tres hombres atados, nos miraron con desdén y Vlad dijo:

—Nadie los ha soltado.

—Es que si lo hacemos nos golpearan —dije yo.

—Bueno creo que la diversión va empezar más pronto de lo que imaginaba —exclamó John, logrando deshacerse de compañera.

Todos nos quedamos quietos, con nerviosismo, viendo como ellos dos se acercaban a las víctimas del robo. Cuando terminaban de desatarlos, llego Pedro Jiménez, un tipo gordo, con bigote a lo mexicano, era el lugarteniente de los García, acompañado de cinco de su colegas y como era habitual aquí, encañonaron a los dos hombres que habían osado romper sus reglas.

—Quienes son ustedes y por que soltaron a esos manes —dijo Pedro.

John y Vlad lo miraron y siguieron hablando entre ellos. Yo quería acercarme, demostrar que era un valiente, pero nuestro miedo para estos hombres que dominaban el Remanso, era tan natural en nosotros que nos quedamos rezagados al otro lado de la calle temblando de rabia e impotencia. Ya que aquellos forasteros habían hecho lo que muchos de nosotros queríamos hacer.

—Quien les dijo que lo hicier…

—Vuelve hacer la misma pregunta estúpida y te romperé la boca, no me gustaría manchar de sangre tu lindo bigote —le dijo John y para enfurecer mas al hombre, se dirigió a Vlad y exclamo— amigo mío, piensas que hoy va a llover.

Un hombre moreno, alto, quiso golpear a John en el rostro, pero Vlad se le adelanto y lo golpeo en el estomago con la rodilla, este cayó al suelo y solo su arma. John la tomo. Dos hombres de Pedro que parecían gemelos, porque vestían igual, ya que no tenían nada en común, bueno los dos eran feos. Empezaron a disparar. Ambos se tiraron al piso, al igual que nosotros, ya que nuestros reflejos ya estaban condicionados por la actitud de los matones de los García. En su caída John también arremetió contra ellos y sus disparos cegaron la vida de los hombres del lugarteniente. Pedro fue el único que quedo en pie. Vlad se levanto con prisa y con dos puñetazos estrello a este contra el piso.

—Se le advirtió que le íbamos a llenar el bigote de sangre. —Y era cierto, le había roto una ceja y la nariz. Queríamos aplaudir, pero no lo hicimos, tal vez alguien podrida vernos.

—Dígale a su jefe —dijo John sacudiendo el polvo de su ropa— que si quiere que lo dejemos en paz, y seguir ejerciendo su reino de terror en este pueblucho, que nos entregue lo que robo ayer.

Pedro los miro con rabia, pero no dijo nada y se fue corriendo, temiendo que de nuevo lo golpearan. No entendimos nada, ellos eran nuestra salvación o serian una plaga peor a los García.

—Hey tu acércate —Me llamo Vlad.

—Mi nombre es Marcos, que quieren de nosotros.

—Nada —dijo John.

—Entonces por qué quieren robar a los García.

—Bueno, pero aun no digas nada, algo podría salir mal, queremos devolverle al pueblo algo de lo que le robaron —dijo Vlad.

—Lo sabía ustedes…

—Calla normal. Cobraremos nuestra parte, necesitamos pagar el hotel, el alcohol y las mujeres. Aunque ahora que lo pienso, empiezo a entender porque el viejo nos dejó todo gratis. —El rubio rió.

—Creen que vamos a salvarlos —exclamó Vlad— no se equivoquen, si no fuera por los billetes, nosotros ya nos hubiéramos marchado, no nos importa que pase con ustedes.

—Pero…

—Ustedes son más que el malparido que los tiene sometidos, si no son libres es porque no han querido —continuó él.

No dijo nada, pero el brillo de sus ojos me decía que en el fondo ellos si nos querían ayudar, a pesar de esas mascaras que querían mostrar de tipos malos. No hablamos más, nos sentamos en el parque. Ellos se durmieron al instante como si lo hubieran acordado desde hace rato. Tenía miedo y quería ocultarme como hicieron los demás, pero me quedé con ellos esperando. Y nuestra espera no duro mucho cuando llego Leonardo García acompañado de sus dos hijos, Pedro venía detrás de ellos ya se había limpiado la sangre de su rostro.

—Ustedes son los tipos que han matado a mis hombres —dijo Leonardo, era bajo y gordo, con una calvicie incipiente— además han osado amenazarme.

—Si —dijeron los dos con desgano.

—Déjeme padre, yo me encargo de estos hijos de puta —dijo Andrés, el hijo mayor, a diferencia de su padre era alto y de hombros anchos— parece que no conocen quienes somos.

—Son la carroña que se alimenta de la cobardía de la gente —dijo Vlad y con una velocidad espectral le rompió la boca Andrés. Julián el hermano menor era delgado y con una pronunciada miopía, iba a reaccionar pero al ver a John  enfrente de él, se detuvo.

—Ustedes me… —dijo el patriarca de los García.

—No óigame usted —dijo el rubio, desarmando a Leonardo. Las pocas personas que estaban mirando a través de sus ventanas, tenían la boca abierta. Yo me sentía importante. —Tiene hasta mañana para traernos la plata o si no nosotros iremos a recogerla personalmente.

Andrés enfureció quiso golpear a John, pero en cambio su nariz chocó contra el enfurecido puño de éste. Vlad rió, pasó su brazo sobre mis hombros y dijo:

—Vámonos otra vez a donde el viejo, tengo ganas de beber. Estos tipos no son gran cosa. —John fue tras nosotros y pude escuchar la débil voz de Pedro.

—le dije patrón, que estos manes eran de cuidado.

—Pero no creo que sean más inteligentes que yo —dijo el primero de los García y escupió en señal de derrota— ya veremos quién gana en la próxima movida.

 

III

 

—Que nosotros vamos a pagar lo que consumimos. —dijo Vlad, abrazando a las dos mujeres que estaban sentadas con él.

—No se preocupen —dijo el viejo Benítez— todo corre por nuestra cuenta. Mientras sigan haciendo rabiar a los García, en mi casa tienen cuenta abierta.

—Pero es que ya se terminaron el aguardiente de la casa —dijo el mesero afeminado, porque prostíbulo sin su marica abordo, no es una casa de putas con clase.

—José no demora en llegar con más cajas de guaro —replicó el viejo. Todos estaban sorprendidos de esa forma tan desesperada de beber de nuestros amigos, es como si quisieran olvidar algo. No podíamos explicarnos era que después de quince botellas cada uno los dos siguieran en pie. No sabíamos que hacían tanto alcohol etílico que introducían en su cuerpo, ni siquiera se habían levantado para ir al baño.

Los veía reír con las chicas que se acercaban a ellos y rechazar los agradecimientos que les hacían los hombres que entraban al lugar. Yo estaba con Gabriela, mi novia, era una mesera del establecimiento. Era de estatura media, tenía unos ojos alegres y la vida a flor de piel. Llevábamos tres años juntos. Y así asesinamos el día, hasta que  el viejo reloj de la plaza, dio las nueve de la noche y al lugar entraron Leonardo García y toda su corte. Para nuestra sorpresa, nos encañonaron a todos, nadie pudo moverse de su lugar.

—Si hacen alguna tontería, serán estos los que pagaran por su acciones —dijo Leonardo.

John quiso lanzarse contra él, pero Vlad lo detuvo con la mirada. Tiraron a un lado las mujeres que acompañaban a la pareja de amigos.

—Hazlo Pedro —dijo Andrés— ahora puedes pasar la factura de lo que te hicieron esta mañana.

Y así lo hicieron. Pedro, Julián García y tres hombres armados con bates de béisbol, arremetieron a golpes contra ellos. Los ojos azules de John brillaban de furia, pero los ojos negros de Vlad eran serenos, a pesar de la golpiza que estaban recibiendo, y con gesto le dijo a su amigo —aún no.

Mordí mis labios y creo que todos se sentían igual que yo, al ver que por nuestra culpa los estaban machacando a golpes.

Después de quince minutos Pedro dijo —Ya está.

—Agente Benítez —dijo Leonardo García—  arreste a estos hombres, por importunar la paz de el Remanso.

—Pero ellos no… —era todo lo que diría el viejo.

—Espero que una noche en la cárcel —continuó Leonardo— los haga recapacitar, para que mañana se vayan de aquí, en silencio como llegaron.

Quise hacer algo para ayudar, pero Vlad clavó su mirada en mí, como había hecho con John, lo entendí, pero demonios quería hacer algo.

Mientras nuestros amigos eran llevados a la cárcel, por el viejo Benítez, que tenía la mirada extraviada por el dolor y la vergüenza que esto le producía.

—lo siento, pero es que estos hombres.

—No se preocupe viejo —dijo Vlad, limpiando la sangre de su rostro— no tiene porque disculparse.

—Nosotros sabíamos en que nos metíamos —expresó John, comprobando si su nariz estaba rota.

Quedé impotente en la plaza observando cómo se los llevaban y como las mujeres del local, incluyendo a Gabriela eran conducidos en la casa al final de la calle, la casa de los García.

—Ellas serán la garantía de que sus nuevos amigos no harán alguna estupidez esta noche.

La cárcel aún se mantenía en pie, a pesar que ya nadie la usaba, solo era presa del polvo y las alimañas que allí habitaban. Se podía ver las huellas del tiroteo donde murieron dos jóvenes policías y los demás agentes huyeron, ese fue el día en que el Remanso cayó ante el yugo de Leonardo García y sus hijo que eran igual de crueles a él. Allí en la oscuridad se sentaron los dos a esperar el día.

—Debemos hacer algo, ese tipo está loco —dijo John.

—Lo sé, déjame pensar. Le replicó Vlad.

—Estaba dispuesto a matar a la gente, para poder intimidarnos.

—Cálmate, ya llegara nuestra hora.

—Ven salgamos de aquí.

—No es el momento para demostrar quienes somos.

—Entonces…

—Confía en el chico, vendrá ayudarnos.

Estaban espalda contra espalda, los dos se durmieron, sin imaginar que en esas derruidas paredes, nacía la amistad. Que desde ese momento sus vidas estaban atadas para siempre.

A las cuatro de la mañana el viejo se acercó a la silla de la plaza en donde yo me encontraba, pensando que iba hacer.

—Toma —dijo entregándome un par de oxidadas llaves—diré que se perdieron. Diles que se vayan, que no arriesguen su vida por nosotros.

—Está bien —fue lo único que pude decirle.

—Aun no comprendo por qué no los mato.

—Porque quiere humillarlos y así demostrar que él es el que manda.

El viejo se alejó de mi, y fue hacia la casa cural y yo corrí a la cárcel.

 

IV

 

Estaban dormidos cuando yo entré a la cárcel.

—Por qué tardaste tanto —dijo John— me está doliendo el culo de estar sentado.

—Deja en paz al chico —dijo Vlad— sabía que no nos fallarías.

—La gente del pueblo les piden que se vayan —dije, abriendo la puerta de la prisión— les mandan a decir que gracias, pero que no expongan sus vidas por nosotros.

—Malditos normales conformistas —dijo John.

—No nos iremos, estamos enojados. Además no quieres recuperar a tu chica.

—Sí, pero es que enfrentar a los García, es algo suicida, ellos tienen a más de cien hombres, en su casa. —les repliqué, aunque mi corazón saltaba de alegría, esas eran las palabras que quería escuchar, tenía que encontrar la forma de rescatar a Gabriela.

—Te vas o te quedas —exclamó John en la puerta— es hora de que comience el show.

Los ojos de ambos brillaban de ansiedad, aunque para mi parecía más satisfacción que rabia. Y me fui con ellos. De desayuno se bebieron dos botellas de aguardiente y no aceptaron ninguna de las explicaciones que les dio el viejo, para que se marcharan. Desde ese momento todos creíamos que los dos estaban locos. Además los dos decían que atacarían solos, decían que no necesitaban de nuestra ayuda.

A las diez de la mañana todos íbamos detrás de ellos, no dirigíamos a la casa de los García, pero al llegar a la mitad del camino, vimos que estos venían hacia nosotros con todos sus hombres.

—Quién los ha soltado —dijo Julián García— nos dirigíamos a la cárcel para echarlos del pueblo.

—Aquí estamos para facilitarles las cosas —dijo John, sonriendo de satisfacción.

—Es la hora —dijo Vlad—. Marcos vete.

—No soy un cobarde como los demás —exclamé.

—No queremos tener que preocuparnos por ti.

—No entienden son muchos contra ustedes.

—Nosotros nos encargaremos —dijo John, empujándome hacia donde estaban los demás que se habían agolpado para ver lo que sucedía.

Los dos se miraron y rieron. Los hombres venían a su encuentro. Vlad y John corrieron contra sus enemigos y uno de ellos gritó:

—¡Ahora!

De la espalda de John brotaron unas enormes alas negras y sus manos brillaron con una luz dorada, sus ojos estaban sedientos de violencia. Las uñas de Vlad crecieron como si fueran garras, sus ojos enrojecieron y pude ver que su colmillos habían crecido un poco.

La batalla no duro más de treinta minutos, fue una completa masacre, los únicos que se mantenían en pie era el ángel y el vampiro, cubiertos por la sangre de los García y su hombres. Todos estábamos en shock por lo que acabamos de presenciar. Nosotros sentimientos eran tan ambiguos, queríamos saltar de alegría al vernos libres de los García, pero teníamos miedo por las dos criaturas que nos observaban en medio de ese mar de cadáveres. Con un nudo en la garganta me acerqué a ellos, cuando estaba a su lado sus miradas habían recuperado esa serenidad, esa mirada tramposa que los hacía especiales.

—Ves chico que los dos éramos suficientes para acabar con ellos —dijo Vlad.

—No nos dieron ni para el arranque —rió John.

—Ustedes… son…

—Sí. Marcos yo soy un vampiro —replicó Vlad.

—Y yo soy un ángel caído —dijo John. —ahora si me puedes decir cómo demonios caminas de día.

—Con la sangre de los de tu especie —le contestó Vlad— su sangre se puede conseguir en el mercado negro. Pero creo que la última dosis que me metí era de un arcángel, porque los efectos han sido permanentes.

—Maldito idiota con suerte, por eso dices que odias a los de tu especie.

—No es por eso, es que cuando fui creado, nadie me explicó que la sed era horrible al comienzo, y cómo no podía calmar el dolor que me producía ésta, en mi primera masacre asesiné a la mujer que amaba. A pesar de toda la mierda de años que he vivido, jamás dejaré de amarla. Tal vez algún día te cuente la hazaña de mi venganza y por qué me gusta calmar mi ansiedad con alcohol. Aunque de vez en cuando me doy el gusto de morder algún normal. Y cuál es tu historia.

—La mía —dijo John, fue la única vez que vi que sus ojos azules fueron ensombrecidos por la tristeza—. Yo era un ángel guardián de dos niñas, que eran hermanas, y al nacer habían nacido enfermas. Estas fueron contagiadas de sida, en una transfusión que necesitaban. Todo porque una estúpida enfermera se durmió, después de follar con su novio en el cuarto del aseo del hospital en donde trabajaba. Y no vigiló los resultados de la sangre que almacenaban en el depósito. En mi dolor renegué de Abba y destrocé a la mujer. Desde ese día soy un caído, tratando de ahogar el vacío que dejaron las dos niñas en mi alma, con el alcohol, aunque sea un absurdo, ya que mi maldito cuerpo celestial metaboliza el alcohol en cuestión de minutos.

Después de escuchar sus historias me sentía cerca de ellos. Ambos eran unos renegados. Juntos habían aborrecido a su especie, ahora se dedicaban a cuidarnos, aunque ante los demás quisieran pasar como unos tipos rudos, unos hombres malos.

No quisieron la recompensa que les ofrecimos, solo tomaron una pequeña parte del dinero, diciendo que era lo justo, era únicamente lo que necesitaban para aguardiente y mujeres. Nos ayudaron a enterrar los cuerpos y aprender fuego a la casa de los García —bueno, no antes de que la saqueáramos—.

 Abrazaba a Gabriela en la plaza, junto a la población del Remanso, que observaba agradecida como se alejaban sus salvadores. Pedí a Dios por ellos, aunque ellos ahora estuvieran separados de él. 


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