2015-09-11 14:09:24
sorelestat
(Primer puesto, I Concurso de Poesía y Cuento Internauta Internacional. Venezuela. 2012. Realizado por el escritor venezolano Laab Akaakad)
La tierra tembló cuando hicieron su entrada como un batallón alemán, marchaban como un solo hombre. La quietud de la noche y la paz del silencio fueron rotas en el momento que ingresaron a la colonia. Al fin las hormigas rojas habían atacado al hormiguero.
La alarma en el territorio de las hormigas negras sonó por todas las cavidades de su hogar. Los soldados presos del sueño se preparaban a hacer frente al devastador ejército comando por el general Grant. Su nombre era temido por las hormigas, insectos y algunas aves que habitaban el valle. Las rojas eran hormigas soldado, guerreras. El general había asumido el poder de la colonia, derrocando a la reina, condenándola a su rol de procreadora de nuevas hormigas.
En la sangre del general corría esa sed de conquistar que tienen las marabuntas. Con su inteligencia y ambición había sometido a casi todas las colonias de la región. Nadie se resistía a su poder. Como el emperador francés gobernaba con mano de hierro a los demás clanes que se habían rendido a él, los que se resistieron fueron aniquilados sin remordimiento. Él se jacto de su suerte cuando hizo su entrada al hormiguero de las negras, conocidas como las más pacificas del valle. Movió sus antenas y mandó a sus coroneles a invadir, convencido que las negras no serían ningún problema.
—Busquen a la reina, si la capturamos pronto, las demás se rendirán —gritó a sus hombres.
El capitán Frank, de las negras, dejó escapar un suspiro y se preparó. Miró su batallón y rogó al cielo que la idea de esa maldita hormiga tuviera éxito. No podía entender que el futuro estuviera en manos de una obrera, un ser inferior en el orden social de la colonia. Aun así estaba dispuesto a llegar al final de esto. Se despidió mentalmente de su reina y gritó:
— ¡AL ATAQUE! —Así fueron a la muerte el capitán Frank y sus hombres.
Treinta minutos después un capitán de las rojas se acercaba al general para darle su reporte.
—No hay nadie señor —la voz del capitán se volvió nerviosa al ver el movimiento irregular de las mandíbulas del general. —No hemos encontrado a la reina. Solo unos pocos soldados que no ofrecieron resistencia.
Cortó la cabeza del capitán en un gesto de rabia. No entendía que estaba pasando. Trataba de comprender que se habían hecho los habitantes del hormiguero. Sabía que su ejército era temido, pero no creía en las victorias fáciles. Era en este punto donde no entendía su afán de conquistar y poseer, su propia naturaleza jamás dejaría que él se estableciera en ningún lugar. Giró sobre sus patas al escuchar el sonido que lo sacó de sus cavilaciones, este provenía de afuera. Movió sus antenas para averiguar qué sucedía, en ese instante la cabeza de una hormiga roja fue a parar entre sus extremidades.
Las tropas negras hicieron su aparición, iban comandadas por una hormiga pequeña, que movía sus antenas con tal autoridad, que los soldados la seguían sin poner en duda sus órdenes. El general al verse emboscado, enfureció y fue contra las negras despedazándolas con sus temible quijada. Las rojas a pesar de su crueldad fueron cayendo una a una bajo el ataque. Aquella hormiga, que era la más insignificante, creó la estrategia que había encerrado al general Grant en el hormiguero. Al ser informada por una avispa de que ellas eran el siguiente objetivo ante el paso inexorable de las marabuntas. Había contado su plan a la reina, el capitán Frank fue el primero en reírse de las ínfulas de aquella hormiga. Después de escucharla con atención, creyó en ella o en esa pequeña ilusión de que la colonia podía sobrevivir al paso de las rojas.
La pequeña hormiga, se estremeció al ver caer a sus camaradas, le dolía pensar que estas morían por su plan. Quería marcharse, salir huyendo, pero en su cabeza retumbaban las palabras del capitán Frank: “Es la única forma que existe, muchas caerán, pero tal vez logremos salvar al resto”. En ese momento se encontró con el cuerpo de su amigo y como si se llenara de valor al ver el sacrificio del militar, dio la orden para que arremetieran contra el enemigo, que se defendía con fiereza. El general no se resistía a caer, por tan inservible especie, fueron muchas las hormigas que cayeron bajos sus mortales mandíbulas. En su carrera desbocada se encontró con la obrera que daba las órdenes para exterminar a las últimas marabuntas que quedaban con vida.
Cuando la pequeña obrera empezaba a estar convencida de su victoria, se estrelló contra el general Grant. Ambas hormigas se miraron, se estudiaron, las dos sabían que solo una saldría con vida. Las antenas de la obrera temblaron al ver a su oponente. El general creía que era estúpido, que era imposible, pero al observar que los soldados de las negras, seguían las ordenes de la obrera, supo que esa minúscula hormiga era la causante de su derrota. Ella pagaría, ella moriría. Y el general se lanzó sobre ella, al primer ataque del general, la obrera se agachó pero una de sus antenas quedó atrapada entre las fauces de su enemigo y éste sin dudarlo la partió en dos. Con sus patas tomó a la diminuta hormiga y la tiró contra las rocas, ésta se estrelló con fuerza y una esquirla de madera le arrebató su ojo derecho. El dolor era insoportable y a medida que avanzaba el tiempo la debilidad se apoderaba de su cuerpo. La obrera entendió que había llegado su muerte, tuvo miedo, pero sabía que había quedado grabada en la memoria de sus congéneres por su acto desesperado que había salvado su hogar. Pensó en el Capitán Frank y se dijo que el debió morir con orgullo. Se levantó, su cuerpo temblaba y esperó la ofensiva de la enfurecido general. En el último instante, se arrojó contra él y clavó sus mandíbulas en una de sus patas, quedando debajo de su cuerpo. El general fue abordado por la desesperación ya que no podía alcanzar a la negra con sus tenazas, la arrastró contra la tierra, pero la obrera se aferraba con tal tenacidad, que el general empezó a dudar de su cordura. Una de las patas de la pequeña hormiga fue despedazada contra el suelo. Sintió que la fuerza la abandonaba, cerró su ojo bueno y se despidió del mundo. Varios soldados al ver la escena entre el general y la obrera, corrieron en ayuda de su camarada y dieron muerte al gran general Grant.
La obrera intentaba mantenerse erguida a pesar de sus heridas, mientras las hormigas que habían sobrevivido le rendían honores, ya que gracias a ella aún estaban con vida.
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