2015-07-24 13:10:17
sorelestat
Limpió con las manos su raída sotana, le gustaba su pequeña iglesia, un lugar tranquilo, sin mucha presunción, olvidado en las montañas de Caldas.
TENÍA SED.
También era hora de abrir, para que entraran las viejas beatas de aquel pueblo de cuento. Abrió las grandes puertas y la luz de la luna le pegó en su blanco rostro. La gente no había dicho nada a los cambios hechos por él, se atendía confesión de seis y media a siete y media de la noche, la misa era a las ocho, y los sábados se oficiaban bodas, bautizos y entierros.
TENÍA SED.
Pasó la lengua por sus resecos labios y se sentó en el confesionario cuando vio que la primera en cruzar la entrada fue doña Teresita, una viuda de setenta y dos años, que noche tras noche venía a confesarse. O mejor a contarle esos sueños cálidos que tenía con él, desde que su marido había muerto. Dio un suspiro con desgano. Sus ojos claros se fijaron en una mujer de unos treinta años, una hermosa morena, quien se puso detrás de la anciana.
TENÍA SED.
Escuchó pacientemente a doña Teresita, que poseía una voz suave, lenta, tomando aliento entre palabra y palabra. Después de quince largos minutos, le dio la absolución y le dijo que se verían en la misa. Esperó hasta que la viuda se marchó y se acercó a la mujer que esperaba sentada junto a la estatua de San Antonio.
—Que se le ofrece hija —dijo.
—Padre es que quisiera que me dejara pasar la noche en la iglesia.
— ¿Cómo?
—Es que mi carro no quiere andar y en este pueblo no he encontrado un hotel o un mecánico.
—Es que somos un pueblo pequeño. Tendremos que llamar a Martín, es el único mecánico en los alrededores, pero vive en el Morichal.
—Entonces padre…
—Cierro la puerta y ya veremos cómo te acomodamos en la sacristía.
—Gracias.
Cerró y se dirigió hacia ella. —Sigue hija mía.
Ella empezó a caminar delante de él, se fijó en las nalgas de la mujer que eran enmarcadas por un leggins negro que dibujaba unas torneadas piernas, el topcito que cubría sus grandes senos dejaba al descubierto un ombligo juguetón. Mierda, él también era hombre y como tal, en ese momento no creía en sotanas, vocaciones o celibatos.
Se lanzó sobre ella y clavó sus colmillos en su desnudo cuello, al fin podía calmar su sed.
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