2015-02-27 12:05:00
sorelestat
Sergio inhaló con fuerza, intentando absorber el aroma de ese pedazo de tela que protegía la entrepierna de Adriana. Era el momento de acabar con los juegos, había llegado la hora de consumar el negocio. Estrujó con rabia la ropa interior que había robado. Apretó con fuerza las flores que sostenía en la otra mano. Había soportado los devaneos, coqueteos y burlas de ella. Hoy sabría quién era él.
El ave se posó en su hombro. Movió el cuello tratando de acomodar las andrajosas ropas que cubrían su delgado cuerpo. No tenía nombre, pero todos lo conocían. Sentiría el llamado e iría, no podía hacer nada más. Empezó caminar dejando un olor pestilente que mantenía los seres vivos alejados. Dejó escapar un gruñido que para él era un suspiro de cansancio. Con un andar lento fue al encuentro.
En su cabeza solo existía un deseo irrefrenable de demostrarle cuanto la amaba. De nuevo pegó la tela a la nariz con rabia. Olía a ella, tuvo que acomodar su erección en el pantalón. Aún faltaban cuatro horas para que Adriana regresara del trabajo. La vio por primera vez en aquel bar donde se escondía para escapar de esos instintos que lo perseguían, de los fantasmas que habían conocido su cuchillo. Ella entró al lugar y se robó las miradas de los presentes, como se espera de una mujer que posee las curvas para causar un tsunami. Su contoneo invitaba a follarsela ahí mismo sin importar nada, no falto el osado que le dijo que ella era un ángel escapado del cielo. Un descarado exclamó, “¡que culo tan rico mami!” Él se fijó en las marcas de las medias negras que le realzaban las piernas, se prometió que conocería el color de su ropa interior. De ese modo empezó una larga lista de innumerables rechazos por parte de ella, envenenando la mente de Sergio.
Las alimañas caminaban a través de su cuerpo. Paso a paso dejaba un rastro de sequedad y muerte. El ave seguía sobre el hombro, sin quitar la mirada del rostro que no poseía. En la mente vacía, solo existía la voz de ella, era tan fuerte como la primera vez que la escuchó, la vez que lo invocó, para hacerlo parte de su vida. La petición de Adriana fue la más extraña que había escuchado. Muchos le pedían un poco más de tiempo, que aplazara la cita con ellos, hubo uno que otro despistado que le reclamó riquezas. Ella se le entregó y le suplicó que nunca la dejara sola.
Ella era diferente, no debería hacerle lo mismo que a las otras. Era la mujer que amaba, la obsesión que lo obligaba a masturbarse de forma desesperada. Ni siquiera el roce de la tela contra su miembro podía calmar la sed que sentía por ella. Moría por besar esos labios que se habían negado a pronunciar la palabra amor, por tocarle la piel, por apoderarse de cada parte de ella. Mientras esperaba sentado en aquella silla del parque a que ella llegara, inventaba miles de formas con que le haría saber que era única, que las demás mujeres arrojadas por una loma en el sur oriente de la ciudad no importaban. Él sabía que tendría toda la noche para hacerle el amor.
Adriana. Adriana. Se repetía en la cabeza. Tenía rabia. Quería devolverse. Pero sabía que no lo haría. Se lo había prometido, la vez que le permitió apoderarse de su virginidad. Así que él no se detendría, no importaba la lluvia que se le metía entre los huesos y deshacía los andrajos que se caían a pedazos. Mantuvo las cuencas vacías de los ojos en el horizonte. Al igual que el ave que seguía en el hombro. Conservó el ritmo de sus pasos sin importar lo fuerte del aguacero y lo complicado del camino.
Sergio era un artista con el cuchillo y usaría cuerpo de Adriana como caballete. Ella sería su obra de arte. No se compararía con aquella rubia, a la cual le había propinado más de treinta puñaladas. O esa mujer de baja estatura que había estrangulado mientras la bañaba con su semen seco y espeso. Su madre fue la primera mujer que amó y destruyó. Había llegado la hora. Respiró profundo, apretó con fuerza la prenda de Adriana para frenar los impulsos de lanzarse contra ella. Debía esperar a que estuviera en el apartamento. La siguió por las escaleras, se embelesó con el movimiento de sus caderas, de sus piernas, de su cuerpo.
Le dolía la cabeza. El dolor se intensificaba a medida que se acercaba. Por primera vez desde que empezó a caminar quiso acelerar el paso. Ella lo llamaba, lo necesitaba. Pero su destrozado cuerpo no se lo permitió. Siempre había sido así, desde que tenía memoria. Nunca se había preocupado por ello. Hubiera entregado la vida por unas piernas fuertes para poder correr. El ave aleteó como tratando de ayudarlo. Eso ya no importaba, al fin había llegado, él jamás le fallaría.
Adriana guardaba las llaves, cuando sintió un dolor en cuello y todo alrededor se oscureció. Al abrir los ojos descubrió que estaba atada a una silla, cuando salía del asombro, recibió una bofetada de Sergio.
— ¡Maldita! ¡Perra! ¡Zorra! ¡Puta! —le gritó. Volvió a golpearla. Ella trataba de entender que sucedía, él le acarició los senos y la entrepierna con violencia. Pudo sentir que de nuevo tenía una fuerte erección.
—Al fin serás mía —le dijo, cortándole el muslo derecho.
Ella gritó, lloró. —Por favor no me lastime, no me haga daño. —exclamó con sangre en la boca.
—Cállate, ya es tarde —replicó él con rabia.
Se sentía bien y estuvo a punto de eyacular en el pantalón cuando le rompió la nariz. Las lágrimas y los mocos se mezclaban con la sangre que bañaba el rostro de Adriana. Clavó el cuchillo dos veces en su costado. Quería penetrarla, quería destrozarla, pero se conformó con pasar la lengua por cada una de las heridas de ella. Tenía toda la noche para divertirse y no se podía dar el lujo de que perdiera el conocimiento. Ella tenía que ver todo lo que él le haría.
Si eso había sido un latido, le había dolido, aunque no tenía nada el pecho. Esa ansiedad que lo embriagaba le aterrorizaba. Faltaba poco para encontrarse con la que lo llamaba. Fueron 20 largos pasos, había llegado. Lo primero que vio fue a un hombre regordete lamiendo el cuerpo de la mujer que amaba. Enfureció, nadie debía tocar a Adriana, ella era suya y él era su esclavo. El ave se alejó para posarse en la mesa. Dejó caer los andrajos y mostró una poderosa hoz. Sergio quiso gritar pero estaba perdido en las cuencas vacías que despedían fuego. La hoz cayó cortándole el pene y mientras la sangre brotaba, en un lugar muy recóndito de su cabeza, comprendió, el dolor que sentía ahora era el mismo que habían padecido sus innumerables víctimas. Sintió miedo. El esqueleto abrió la boca y de ella salieron lombrices y bichos que cayeron al suelo. La hoz describió un círculo cortando la cabeza del hombrecito.
Se acercó a Adriana y la desató. No hubo palabras. La muerte no habla. Ella lo rodeó con los brazos y lo besó mientras él metía la lengua putrefacta dentro de su boca.
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