Me hice escritor para no convertirme en un asesino.

miércoles, 11 de mayo de 2016

IRA


2015-04-17 14:21:00
sorelestat

Él supo que era el final cuando colgó el teléfono. Entendió que jamás debió decir esas palabras. Habían escapado de la boca, a pesar de que ya le había ordenado a su cerebro que no las pronunciara. Su cuerpo temblaba, la ira le quemaba por dentro. Salió a la calle. Lloró. Maldijo. Miró con rabia a una anciana que pasaba, tenía deseos de quitarle el bastón y que la vieja se estrellara contra el pavimento. Empezó a caminar. Al principio con lentitud, pero a medida que avanzaba su paso se hacía apresurado. El corazón le latía con la velocidad de una batería, quería explotar al igual que su cabeza. La marcha fue cogiendo su propio ritmo. Así que con los pies fue devorando las calles. Caminaba como si fuera un autómata, su mente en algún punto se había apagado. Las horas morían y el caminante no se detenía. Con un ansia voraz cruzaba las calles, las avenidas, sin importar el momento en que estuviera el semáforo. Tal vez tenía la esperanza de que algún afortunado lo golpeará y lo lanzará por los aires, y cuando cayera se encontrara con el reflejo de la muerte. En un andar inhumano llegó a los límites de la ciudad.  Él no frenaba, marchaba implacable, siempre al norte. Las luces de la ciudad se apagaron en el horizonte, de ese modo vio morir el día y el inicio de la noche. Un paso, dos pasos, tres pasos, en algún momento perdió la cuenta. Miró el amanecer cuando se paró a orinar, limpió las manos en el pantalón, y reemprendió la marcha, sin mirar atrás. Mientras engullía el camino, vio finalizar varios días con sus noches, solo deteniéndose para defecar. En el séptimo día, las costuras de los zapatos se rompieron, horas después el pie derecho estaba descalzo, pero él no perdía el ritmo. Con el avance del tiempo el pie izquierdo se unió al otro que ya sangraba por las ampollas que habían explotado por el calor. Ni el dolor de las rodillas, ni las piedras que se clavaban en su piel interrumpieron su andar. Los labios sangraban por la resequedad, con la sangre trataba de mitigar la sed que empezaba a hacer mella en su organismo. El estómago era bombardeo con bolas de fuego producidas por la gastritis que empezaba crear una ulcera que pronto comenzaría a sangrar. Las piernas se movían por inercia, sin detener su paso, como buscando esa meta que no existía. En algún momento las neuronas se habían bloqueado, el cerebro no respondía a ningún mensaje. La lluvia lo refrescaba, cuando cayó por primera vez. Arrodillado, bebió y dejó descansar su atormentado cuerpo por un segundo. Después siguió con la marcha, siempre al norte. Cruzo por algunos pueblos, la gente lo tomó por  loco, ya no se detenía, ni siquiera para expulsar las pocas gotas de orina que producía su extenuado cuerpo. Una caída. Dos caídas. Tres caídas. En la última no se levantó. Pero su caminata continuó, en cuatro siguió asesinando el camino. Las manos y las rodillas corrieron la misma suerte que los pies. Otra caída, la muñeca izquierda se rompió. La respiración fue detenida por la sangre que brotaba de la naríz. Por un segundo una imagen retumbo en su cabeza. El corazón explotó. Él se detuvo. 

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