La decisión estaba
tomada. Sería esta noche. Primero la besaría y luego la apuñalaría tantas veces
como lo había engañado. Después destajaría su cuerpo en piezas tan pequeñas
que deberían caber en dos bolsas negras. Luego, la arrojaría al carro de la
basura que pasaría a las cinco de la mañana. Ella se acerca y le da una bebida
caliente. Él no dice nada, se limita a observarla y a beber su tinto, el
momento se acercaba. Ella se mueve de lado a lado, meneando el culo de forma vulgar, la prenda de licra dibuja bien
las curvas de sus nalgas. Se agacha y el leggins se corre dejando ver la piel
enmarcada por una tanga transparente. Su verga se pone dura y se dice a si mismo que no sería
mala idea hacerle el amor por última vez antes de asesinarla. Mientras trata de
reorganizar de nuevo los pasos de su plan, la mano le empieza a temblar
haciendo que deje caer el pocillo al suelo, la cabeza le arde, los ojos se le humedecen, todo se oscurece y cae al piso botando espuma por la boca.
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