Me hice escritor para no convertirme en un asesino.

martes, 10 de mayo de 2016

RELATO DE UN CRIMEN


2012-05-05 14:47:00
sorelestat


RELATO DE UN CRIMEN

 

…a Mabilio, mi compadre.

Ya le tocaba ¿no?

 

Sé que la policía me encontrará pronto. Espero que mis heridas me maten primero. Aún así deseo tener el tiempo para contarles mi historia. No quiero perdón. No quiero que me entiendan. Sólo quiero contarles por qué lo hice. Bebo un sorbo grande de cerveza tratando de calmar la resequedad de mi boca. Destrozo una camiseta y ayudado por una cinta aislante aprieto la herida de mi estómago como queriendo frenar la salida de la sangre que me roba la vida. La herida de mi pierna ya no sangra. Puedo sentir el olor a carne quemada del rasguño en la cara. El maricón que me disparó no tenía buena puntería. Mi nombre es Mabilio Vásquez, tengo cuarenta y dos años, soy escritor y acabo de asesinar a MI Ángela el día de su boda.

Se preguntarán por qué escribo MI en mayúsculas, es que desde que ella huyó, extinguiendo mi fe en la vida, su nombre se ha vuelto una constante en mis relatos. Puedo decir que cada uno de los personajes tiene su deidad, su amor, su tragedia, su propia Ángela. Hay una Ángela que es un ángel. Hay una Ángela que es un vampiro. Hay una Ángela que es la ex de mi detective privado y madre de dos hijas. Hay una Ángela que es la obsesión de un escritor. Hay una Ángela de dieciséis años que enamoró a un asesino. Hay una Ángela capaz de enloquecer a un hombre hasta que éste cometa un homicidio. Hay una Ángela que fue el motivo para que un ángel se suicidara. Hay una Ángela que lo dejó todo por amor a un metalero. Y si hubiera tenido tiempo, hubiera creado una Ángela que hubiera hecho temblar de miedo a un caballero andante.

Basta de divagaciones estúpidas, debo concentrarme. Mis manos tiemblan mientras escribo. Me duele. Trato de poner en orden los pensamientos, ya que todo en mi cabeza se mezcla en una vorágine de recuerdos, imágenes, alegrías, tristezas y agonías. La visión de Ángela cayendo atravesada por las balas se intercala con la visión de esa Ángela que dejaba caer sus prendas bajo la mala iluminación de unos reflectores baratos, acompañada de las notas de la chispa adecuada de héroes del silencio. Tomo otro sorbo de cerveza para mitigar el dolor de mi estómago, ojalá la cerveza pudiera apaciguar el dolor de mi alma cada vez que pienso en ella.

 

Muchos dirán que para ir a un bar o tomarse unos tragos, se necesite un motivo. Pienso que aquí sólo hay que tener un amigo con plata para que te invite una rasca, ya que es más fácil que te presten dinero para beber que para comer. Ese día en que conocí a mis dos amores, yo tenía demasiados motivos para pregonar que al fin era un escritor, al fin habían publicado mi primer libro de cuentos, era el premio de una convocatoria del distrito, que yo había ganado. Así que, con los amigos de siempre, fuimos a celebrar a esa taberna que está ubicada en el centro de la ciudad, una zona que llaman de tolerancia, en donde el mercado del sexo se ofrece sin ninguna inhibición.

Entramos al Castillo Azul, el bar más exclusivo de la zona, por su atención, su show, sus tragos y sus mujeres. El joven de quince años que estaba en la puerta, prometía a grito entero que encontraríamos paisas, caleñas, pereiranas y costeñas, que tenían aspecto de modelos, que su edad era entre dieciocho y veintidós años y que estaban dispuestas a ser realidad cualquiera de nuestras absurdas fantasías. En la penumbra del lugar nos sentamos junto a la pista de baile, en donde tres mujeres entraditas en años y en carnes bailan con sus compañeros que ya se encuentran perdidos por el alcohol, y ellas ruegan que no se duerman para que les arreglen la noche. Pedimos unas cervezas mientras entramos en confianza, observamos a las chicas vestidas o mejor semivestidas por prendas diminutas de colores brillantes, telas traslúcidas, satín y cuero, algunas apenas visten su ropa interior, que permite ver los gorditos que tienen, esto nos hace ver que tenemos de dónde agarrar y que más de una pasa los treinta años. Ellas nos hacen gestos sugestivos para que las invitemos a nuestra mesa, pero decidimos esperar un poco. Gracias a un famoso TLC, el camarero gay del lugar nos ofrece una nueva cerveza, aceptamos. Fue amor a primera vista, cuando la vi, en su botella negra, la cerveza-ficción, la única que tomaría desde ahora hasta el día de mi muerte. Mientras disfrutaba del sabor del lúpulo, ella apareció, caminando lentamente, vestida apenas por unas bragas diminutas y un pequeño sostén que apenas cubría sus pezones. Usaba tacones grandes que realzaban las formas de sus piernas enfundadas en unas medias negras. Era delgada, su cabello pintado de rojo cubría su espalda. Su rostro era el de una diosa. Ustedes dirán que tal vez miento, que con las palabras puedo exagerar un poco, que ser un escritor me permite describir sin mancha su belleza, que con la literatura haría perfecta a la mujer que sería mi perdición. Puede que la viera con ojos de borrego amaestrado, que por los efectos de la cerveza ficción que empezaba a convertirme en su esclavo, Ángela fuera la representación viva de la venus del Nilo.

Después de quince cervezas, Ángela y cuatro chicas más estaban en nuestra mesa, todos reíamos. Y yo, siendo un intelectual, le declamé un poema de Benedetti y le narré varios de mis cuentos, sus ojos brillaban al escucharme. Ya no oía la música, las voces, no prestaba atención a mis amigos, me encontraba perdido en mi diosa, en mi Ángela. Ella me tomó de la mano y me condujo a una sórdida habitación del negocio, donde había una cama en el centro, vestida por una sabana que decía estar limpia y ser blanca. El cuarto estaba oscuro, alumbrado por la luces de la ciudad que entraban por la ventana. Aún embotado por los efectos de la cerveza en mi sangre, logré amarla, hacerla mía y por ochenta mil pesos estuvimos juntos por primera vez. La bañé en cerveza y besé cada parte suya, la hice mía de la forma más torpe ya que la cerveza-ficción empezaba hacer estragos en mis sentidos. Por primera vez aprendí que el sexo con amor vale la pena.

Así me convertí en asiduo al Castillo Azul, para disfrutar del show de Ángela. Beber toda la cerveza-ficción que pudiera soportar mi cuerpo. Acompañado por el vallenato y el reggaetón, yo hacía el amor a la mujer que amaba. No sé cuando nuestras cosas se convirtieron en amor, creo que lo supe cuando ella tuvo su primer orgasmo real entre mis piernas. No tardó mucho para que le pidiera que dejara esa vida, le prometí el cielo y la tierra, promesa que jamás podría cumplir. Ya que, como en las novelas, toda historia tiene su parte mala, a mí me pasó, que mientras visitaba el edén en los brazos de Ángela, la pantalla de mi computador permanecía blanca. Una noche ella me entregó su cepillo de dientes y así entendí que ella se iría a vivir conmigo. Cuando nuestra relación se pareció a un matrimonio empezaron los problemas. Yo me la pasaba entre Ángela, la cerveza y las maldiciones silenciosas que le hacía a mi PC. Mientras la felicidad era completa, el bloqueo en mi cabeza era total. La paranoia llegó a tal punto que me enfermaba con sólo abrir el Word. Así se fue consumiendo el dinero del premio, hasta que volví a quedar como al principio. Viviendo de milagro, pidiéndole prestado a los amigos y esperando que llegara la inspiración para escribir otro libro. Ángela no soportó la situación, y a mi primer descuido, se marchó, con las dos maletas con las que había llegado. Pensé que había vuelto a su vida anterior, así que fui muchas noches al Castillo Azul para encontrarla. Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses, hasta que se cumplió un año. Adicto a la cerveza-ficción, con el cabello largo y sucio, barbado y demacrado, pasaba los días enfrente del computador, escribiendo desbocadamente historias en las cuales Ángela era la protagonista. La amé, la odié, la hice mía, la maté, todo lo que las palabras me permitían para estar con ella. Se puede decir que mi obra después de Ángela, la escribí borracho, no es que fuera necesario, que debiera tomar cerveza tras cerveza para poder escribir, ya que mi imaginación estaba llena de ideas. Beber cerveza-ficción frente al computador era como la inútil necesidad que tengo de poner un cigarrillo apagado entre mis labios mientras escribo las más disparatadas ocurrencias. Mis relatos siempre hablan de tipos duros, de Ángeles caídos, de vampiros desterrados, caballeros sin dama, hombres al borde de la locura y policías idiotas. Mis personajes femeninos parecen sacados de una novela de Mike Hammer; rubias, hermosas, con las curvas perfectas, dispuestas abrir las piernas a la primera insinuación masculina. No quise darles género, rostro o personalidad a éstas féminas, pero a medida que las palabras se iban encadenando éstas se convertían en ella.  No sé qué tipo de lectores me leerán, y no me interesa, sólo espero que mi amor esté plasmado en cada uno de mis escritos. No me afecta que algunas mujeres se sientan asqueadas por mi obsesión con la bebida, al sexo y la violencia. Esto es lo que la ciudad me enseñó, el lado oscuro de la metrópolis que amo, al igual que la mujer que tomó mi corazón y lo despellejó. Es como si esperara que sólo me leyeran hombres, pero a la literatura no le puedes dar un genero específico, yo puedo leer a Cervantes o a Hammett como podría perderme en una novela  de Danille Steel. Hasta que me estrellé con la noticia de que ella se casaría con un tal Fernando Ruiz, un pequeño capo de la ciudad.

 

Me duele la cabeza. La vista empieza a nublarse. Quisiera cerrar los ojos y dejar que todo acabe, pero debo terminar. Trago media botella de cerveza y con las manos adormecidas continúo escribiendo.

Voy al Bronx, una de las calles más peligrosas de Bogotá, un lugar en donde puedes vender a tu madre por dos mil pesos para un pipazo. Un negro se me acerca y me pregunta qué busco. Me ofrece su variada variedad en psicotrópicos, creo que hasta me ofreció la virginidad de una niña de quince años. Yo no le presté mucha atención ya que mi mente se hallaba con ella y de cómo lograría que su boda fuera aplazada. El tipo me conocía de la época en que me perdí en estos rincones, huyendo de la vida, escondiéndome para perderme en los humores de la marihuana.

Le dije que buscaba un arma y “el caleño”, así lo llaman, me ofreció seis tipos de armas, yo escogí un revólver de seis tiros, después de que lograra mi objetivo, no importaba qué pasara conmigo.

Toda historia debería terminar en el punto en el que inicia, ósea, que la mía debería terminar en el Castillo Azul, el lugar en donde la conocí, en donde pasé las horas amándola, deseándola y adorándola, acompañado por mi fiel cerveza-ficción. Después de tomar unas doce cervezas, llegué a la iglesia. Me había peinado y afeitado, usaba corbata, debía acercarme a ella sin despertar ninguna sospecha. Entré y me sentí incómodo, desde que había descubierto a Nietzsche yo había asesinado a Dios. Y pienso que no me había tomado el tiempo para hacer las paces con él. Casi pierdo el sentido cuando la vi, junto al maldito que me la había robado. Estaba vestida de blanco, su vestido se ajustaba en forma extraordinaria a su cuerpo. Todo quedó en silencio cuando me acercaba a los novios, hasta el cura detuvo su perorata cuando me vio caminar hacia Ángela. Tenía deseos de tomarla, de raptarla. Sin embargo, yo no cambiaría mi plan ahora. Cuando me faltaban unos diez pasos para llegar a donde estaba ella. Llevé mi mano a la espalda, saqué mi arma y le apunté. Y con mucha originalidad, exclamé esa frase estúpida que dicen las personas cuando pierden a sus parejas:

—Si no eres mía, no serás de nadie —disparé dos veces. Las dos balas penetraron en su pecho, matándola de golpe, que cuando su cuerpo tocó la alfombra roja de la iglesia ya su alma iniciaba su viaje al otro lado. Todo ocurrió con rapidez, aunque en mi mente todo ocurrió tan despacio que vi cómo su vestido se manchaba de su sangre y que sus ojos fijos en mí me miraban con tristeza. El hombre cayó con ella, aún así pudo sacar su pistola y disparar tres veces contra mí. Aunque mis neuronas ya comunicaban el dolor insoportable de los disparos, pude huir del lugar, tomar un taxi y llegar a mi apartamento.

 

Alcanzo a escuchar sus pasos, llegaron a nuestra cita. Veo a la muerte sonriendo, creo que falta poco para mi fin. El pedazo de tela ya esta empapado por la sangre, me siento débil, veo mi rostro en el espejo y por un instante dudo si soy yo el del reflejo. Saco las balas restantes del arma y las pongo junto al ordenador. Oigo cómo golpean la puerta, que está ya a punto de ceder. Bebo un último trago de cerveza y río porque me digo que esta será la última cerveza-ficción que tomaré en la vida. Apunto el arma descargada contra la puerta…

 

Este fue el último e-mail que recibí de mi amigo. Al día siguiente leí en El Espacio, el periódico amarillista de Bogotá, el cual destila sangre y sexo en cada una de sus páginas. ESCRITOR EN UN ATAQUE DE CELOS ASESINA PROSTITUTA. La policía, ayer a las siete de la noche, abatió en su apartamento al escritor Mabilio Vásquez, que horas antes había asesinado a Ángela Márquez, antigua novia suya. Esta se encontraba en la iglesia de San Antonio…, el artículo iba acompañado por una foto del cuerpo destrozado de Mabilio.

Ahora, mientras espero que me entreguen sus cenizas, pienso que la vida es como una broma. Sin pies ni cabeza. Ya que estando vivos el destino hizo todo lo posible para tener separados a Ángela y a Mabilio. Pero la muerte se ha encargado de unirlos, a pocos metros de donde el cuerpo de él es devorado por el fuego del horno crematorio, entierran a Ángela. Como si en el más allá se fueran a encontrar. El hubiera dicho que se encontrarían en su próxima vida, ojalá tengas razón viejo amigo.

Encendí la pipa y apreté el disco duro que está en mi chaqueta. En él se encuentran  más de cien relatos inéditos y tres novelas breves. Ahora me debato en el problema moral si debo firmar los relatos de Mabilio. Mis amigos dicen que la posteridad no existe, que firme sin miedo, que editar su obra es hacerle un tributo a él. Que sus largas horas frente al computador no sean en vano. Pienso y sé que esto me haría famoso y dejaría de ser un simple editor detrás de un escritorio. Sería el editor de Mabilio Vásquez, el escritor que se hará famoso gracias a su trágica historia. Su huella en este mundo no será porque él fuera un buen escritor, sino porque  en este mundo en el que vivimos, la gente comprará su libro más por la morbosidad de su decisión que por el gran ingenio de su prosa. Me pregunto si Lyon Sprague de Camp sintió lo mismo que yo cuando descubrió el baúl con los manuscritos inéditos e inconclusos de Robert E. Howard.

Tomo un sorbo de cerveza para calmar el temblor de mis manos, ya tomé una decisión. Mierda, él tenía razón, ésta cerveza es fantástica.


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