Me hice escritor para no convertirme en un asesino.

martes, 10 de mayo de 2016

ASESINATO EN LA BLAA


2012-08-02 14:34:00
sorelestat

ASESINATO EN LA BLAA

 

El tipo me tenía aburrido, con su monserga sobre los manuscritos, incunables, tesoros invaluables que poseía la biblioteca. Era un hombre bajo, delgado, a pesar de tener unos treinta y cinco años, en su cabeza ya dejaba huella la calvicie. Veía mover su boca, pero no escuchaba nada, trataba de mantener mi concentración para no dejar escapar un bostezo. Lo importante era que habían desaparecido un libro que hablaba de la bogotá del siglo XVIII y dos manuscritos originales de Andrés Caicedo. Al fin el bostezo se me escapó. Miré alrededor observando los manuscritos raros que habían en la sala y logré evitar que el hombrecito viera que su conversación me aburría.

Me sentía pequeño en la sala, era un privilegio estar aquí, es que el ver aquellas hojas amarillas, que sirvieron para que grandes escritores se volcaran en ellas y dejaran su huella para nosotros, era intimidante. Sonreí, yo tenía un manuscrito original de Dashill Hammet, era lo único que guardaba en mi caja fuerte, bueno acompañado de un revólver de repuesto, la saga completa de la muerte de superman, la edición de la revista SOHO donde estaban las fotos de Maria José Martínez y una foto de mis hijas y Ángela.

—Qué opina usted —Dijo con su voz chillona.

—Es fácil, debe ser alguien de adentro. La cuestión es saber quién —dije, con deseos de salir corriendo.

—¿Usted cree eso?

—Qué si lo creo –repliqué, dejé escapar una sonrisa— debe ser alguien con acceso a esta sala, sabe cómo evitar las alarmas, hasta a huido de las cámaras, tal vez tenga dos o tres cómplices.

—Creo que el sargento Sánchez no se equivocaba al decir que usted era bueno.

—Debe haber exagerado un poco.

—No interesa, acepta trabajar en esto.

—Si —dije con desgano.

—No falta decirle que no queremos publicidad sobre el asunto, creemos que a un podemos recuperar los manuscritos.

—No tiene que decirlo, si no fuera así, creo que ustedes no me habrían llamado.

—Perfecto y sus honorarios.

—Cincuenta mil diarios más gastos.

—Me parece bien, tiene la cafetería a su entera disposición, nosotros corremos con los gastos.

—Me puede regalar un listado de las personas que trabajan en la biblioteca, desde las aseadoras hasta el director de la biblioteca.

No escuché lo último que dijo, me encontraba feliz de huir de él y salir de tan magnánima sala. Me dirigí a la cafetería y pedí un café. Tuve que resistir el deseo de fumar, la salida estaba muy lejos. Me dirigí a la sala de audiovisuales, pedí que me pusieran una película de Cantinflas. Quería olvidar por dos hora que no tenía ni puta idea de lo que iba hacer para encontrar al ladrón.

 

Estaba sumido en uno de los interminables monólogos de Mario Moreno, cuando escuché los disparos. Estos acallaron todo la sala. Tiré los audífonos y Salí corriendo, la silla cayó al suelo, no me detuve a levantarla. Uno de los celadores trató de detenerme, lo hice a un lado de un empujón.

—Ordene que cierren todas las entradas y salidas de la biblioteca —dije al pasar.

—Quién es usted —dijo el pobre hombre que había empujado.

—Marlon Alférez, detective privado —siempre me ha gustado cómo suena— después podrá verificar mi referencia con el señor Andrés Prada, coordinador de la sala de manuscritos raros. Aún no me creía, pero comenzó a hablar por su radio teléfono.

—Está en el ascensor —gritó una mujer presa del pánico. Algunos jóvenes corrían, un hombre se desmayó, el caos era total. Debía ir a donde estaba la persona que había recibido los disparos.

Sus pies salían del ascensor, la puerta golpeaba sus piernas, en el vaivén de abrir y cerrar. Era hermosa, esbelta, morena, parecía dormir sobre el frió metal en donde había encontrado su fin. Su caballera caía sobre su rostro y una mancha roja iba humedeciendo su blusa azul. Todo el mundo observaba, nadie se acercaba a ella. Entré, bloqué la puerta y coloqué mis dedos sobre su cuello, su piel era tersa, calida, calidez que pronto perdería cuando aquel frío envolviera su cuerpo, que a más de uno debió robarle la noche.

—Todo está cerrado —dijo el celador al cual había empujado en mi carrera —su voz ahora tenía cierto entusiasmo que me sorprendió—. El señor Prada dice que lo dejemos hacer.

Señor Prada, creo que su privacidad ha terminado. La mirada nerviosa que me hacia una de las auxiliares, me inquieto, no dije nada, ahora tenía otras cosas en que pensar. Era pequeña, delgada, todas las curvas de su cuerpo tenían la proporción correcta para hacerla bella. Poseía una gran melena negra, que enaltecía la belleza de su rostro. Su lápiz labial era rojo, si no fuera por el gordo problema que tenía entre manos, mataría a mi perro por un beso de ella. Su mano jugaba torpemente en el bolsillo de su pantalón. Cuando se dio cuenta que la observaba, escondió su rostro en el prominente pecho de una de sus compañeras. Escuché sus sollozos. Pensé que debían ser por su camarada asesinada.

—El parqueadero también —pregunté— Nadie salió antes de que cerraran. —Tuve que esperar unos segundos, mientras él hablaba de nuevo por su radio teléfono.

—Nadie entró o salió —dijo—llamamos a la policía y un tal sargento Sánchez dijo que usted se encargaría de todo mientras ellos llegaban.

—OK —contesté. Mi gran amigo el sargento, ya me puso hacer su trabajo (es broma). Lleven a todas las personas a las salas de lectura, que las auxiliares traten de calmarlos, ya veremos que haremos.

Si que haría, seis mil personas y yo solo para encontrar al asesino y a un ladrón de libros viejos. Bueno podía incluir al joven celador en mi equipo, éste tenía ánimos de hacer de mi ayudante. Dejé escapar un suspiro de desgano.

—Puede hacerme un favor…

—Carlos y estoy a sus ordenes —me contestó.

—Pueden apagar la alarma contra incendio por diez minutos.

—Es imposible, para que sería.

—Para poder fumar mi pipa, debo pensar en que voy hacer.

—Podría hacerlo en la cafetería, en la terraza de ésta.

—Perfecto —fui hacia allá. Está vez me regalaron el café y fumé mi pipa. Después me dirigí a la sala de segundo piso, tomé un libro cualquiera de la estantería. La gente me miraba, no les presté atención, me senté en una de las mesas que quedaban junto a la ventana, coloqué mis pies sobre la mesa. De nuevo me encontré con esa mirada nerviosa, decidí que en vez de sumergirme en el brillo de esos ojos, me perdería en las páginas del libro que había tomado. Era algo sobre un ninja americano-japonés que esperaba a su enemigo para enfrentarlo. Esperaría la llegada del sargento y sus hombres, para que empezara mí divertido día en la biblioteca.

 

Estaba leyendo como Nicholas Lennear le hacía el amor a su novia, cuando alguien empujó mis pies y los obligó a caer de su sitio. Un hormigueo invadió mi pierna derecha, me causó dolor y esto le pareció gracioso al sargento.

—Te estás divirtiendo.

—Si, lo estaba, hasta que usted llego.

—No has hecho nada, que demonios pasa Marlon.

—No tengo la menor idea, o si, una hermosa chica ha sido asesinada, por qué, no lo sé. Tal vez algún novio loco que quiso vengarse de ella. Lo qué no entiendo es como hizo para entrar el arma…

—Para tu novela, mi joven investigador —dijo mi amigo, con una sonrisa en los labios— ya estás con tus grandes teorías.

—De eso vivo no, conjeturas que después hago realidad.

—Está bien. —Y empezamos a caminar hacia donde estaba la chica.

—Has descubierto algo del otro asunto.

—Nada, no he podido empezar, no pude terminar de ver la película de Cantinflas y ahora usted no me dejo acabar el libro.

—Observaste algo fuera de lo normal en esto.

—Si,

—¿En qué?

—En que ella debería estar viva o muerta.

—¡Marlon! —dejó escapar el sargento.

—Fueron tres disparos a quemarropa, dos golpearon a la chica y uno se incrustó en la pared del ascensor. Yo buscaría huellas, si el tipo sabía lo que hacía tal vez solo encuentre las de la chica y las mías.

—Qué piensas, que el asesino aún puede estar aquí.

—Sí. Si mi entusiasta celador no se equivoca, no ha podido salir.

—Qué hacemos, no podremos evacuar a la gente.

—No, debemos darle cierta comodidad al asesino, haciéndole creer que sospechamos de todo el mundo.

—Bueno tienes razón —dijo con displicencia. 

—Podríamos dejar salir a los niños con sus madres, pero a nadie más. Empiezo a creer que es alguien de adentro como con los manuscritos.

—Me parece una buena idea —y dio la orden a sus hombres.

Las madres nos miraban agradecidas, los niños gritaban de alegría, algunos hombres protestaron porque no se les dejaba salir y esos ojos nerviosos de nuevo se encontraron con los míos.

—Bueno sargento —dije— empecemos con lo tedioso del asunto, traiga a sus polis, y empecemos con los interrogatorios. Los chicos de verdad son confiables o solo son auxiliares.

—De los dos, porque siempre olvidas que alguna vez fueron tus compañeros. Tú fuiste policía…

—Ya, terminemos con la clase de historia —le interrumpí—. Nos dividiremos en grupos y las personas que no puedan explicar donde estaban en el momento del suceso que sean separados.  Quiero interrogar a los auxiliares de la biblioteca.

—Algún motivo en especial.

—Si, ha visto la chica que nos sigue.

—Si.

—Bueno, siempre que la veo, tiene la mirada clavada en mí, me mira con esos ojos brujos que me hacen perder el hilo de mis ideas. Parece que quiere contarme algo. Está muy nerviosa.

—OK, Marlon, se hará como tú quieres.

—Sargento dígale a sus hombres que no la cagen.

—Marlon…

No le di tiempo a pronunciar otra palabra y me alejé. Empecé a explicar a los coordinadores de sala lo que haríamos, para que estos se lo expusieran a la gente. Las personas estaban cansadas, unas estaban sentadas en el suelo, algunas entre los brazos de sus parejas. Al igual que ellos estaba cansado, aburrido, quería fumar así que me llevé a mi grupo a la terraza de la cafetería, pedí otro café, encendí mi pipa y llamé al primer muchacho. La chica trataba de esconderse entre sus compañeros, siempre con la mirada fija en mí. La dejé de última, sabía que su nerviosismo estaría al tope y tal vez me contaría todo lo que pasaba por su cabecita.

Los chicos y chicas fueron pasando, todos se encontraban en sus puestos de trabajo o en su descanso, tenían algún compañero que hacía valida sus coartadas. Vi cómo ella se iba quedando sola, me miraba con ansiedad, secaba sus manos con el pantalón de su uniforme, estaba desesperada. Esa era mi intención. Pude sentir el suspiro de alivio, cuando al fin la llamé. Fui directo como un golpe en la nariz. Tenía que aprovechar que se encontraba al borde del pánico.

—Dime quien la mató.

—Espere, como dice —me dijo con poca convicción.

—Dilo ya pequeña o dime por qué te me has pegado como una garrapata a la espalda.

—No sé… tal vez… Patricia estaba conmigo, bajó en el ascensor y sonaron los disparos.

—Con quién entró ella.

—Con nadie… No puedo… tengo miedo.

—Conmigo no te pasara nada —cómo siempre yo de caballero andante, qué más podía hacer, no era invulnerable a una cara bonita. Aunque mi corazón perteneciera a la madre de mis hijas. No me pueden culpar que busque quien se preocupe un poco por mí.

—No quiero terminar como Patricia.

—Esto tiene que ver con los papeles viejos desaparecidos.

—Los manuscritos o incunables —me corrigió, sonreí—. Cómo lo sabe.

—Solo disparé a ciegas y di en el blanco.

—No le diré su nombre, él sabría que fui yo, pero le mostraré algo que descubrimos Patricia y yo —su voz se quebró.

—Este fue el motivo por qué la eliminaron.

No contestó y mi deducción era válida.

—Vamos. —Subimos al ascensor, le estaba cogiendo alergia a estos artilugios, íbamos a los sótanos —al fin sabría donde guardaban los libro—. La tomé de las manos, sudaba, pero yo no temblaba como ella.

La puerta se abrió. Vi venir una mano que empuñaba un revolver, el metal se estrelló contra mi cabeza y todo se oscureció. Cuando abrí los ojos estaba enojado, el maldito que me había golpeado se había llevado a la chica. Toqué mi frente tenía una gran protuberancia, me dolía, pero me encontraba bien. Entré al ascensor y busqué al sargento.

—Qué te pasa —preguntó al ver mi rostro.

—El tipo apareció y se llevó a la chica, necesito un arma. —Dije casi a gritos.

—Marlon, yo me encargaré.

—Éste es mi asunto, él nunca debía habérsela llevado.

El sargento sabía que no podría razonar conmigo y me entregó su pistola. No era cómo la mía, pero serviría para colocarle un tiro en la frente al hijo de su madre…

—Te sirve.

—Bueno estas cosas hechas en indumil —dije tratando de ocultar mi sonrisa.

—Marlon, que estabas haciendo.

—Norma iba a mostrarme algo cuando nos atacaron.

Metí la pistola en la cartuchera del sargento que ahora colgaba en mi pierna derecha, busqué a Cesar.

—Necesito un plano de la biblioteca, necesito saber por dónde escapó.

—Si señor —y se perdió por una puerta. Regresó a los quince minutos trayendo lo que yo necesitaba. Era un buen colaborador. Mi mal genio iba creciendo, el tiempo pasaba, el fin de Norma podría estar cerca.  Había matado una vez que le impediría hacerlo de nuevo. Yo tenía que ser el primero en disparar.

¿Qué quería mostrarme Norma? ¿Qué hacia él en el sótano? Debería haber buscado otro sitio para esconderse. Qué buscaba. Los sótanos tenían varias entradas de acceso, no sabía por donde buscar. Algo me decía que el sujeto buscaba algo en el sótano y no que trataba de ocultarse y me aferré a esta idea, además era la única que tenía en este momento.

Reuní a los compañeros de Norma y les dije que me acompañaran al sótano y les pedí que buscaran algo fuera de lo común. Ellos conocían las interminables hileras de libros. Me tomé un respiro mientras ellos buscaban. Éste era el paraíso para mi, un lugar con miles de libros para leer, gustoso pasaría mi vida aquí, entre las estanterías devorando y devorando. Habían pasado cuarenta y cinco minutos, cuando una mujer gruesa y con una mirada infantil, gritó con alegría.

—Creo que encontré algo.

Me acerqué a donde señalaba la mujer. Entre el Apocalipsis de King y el primer libro de Stieg, se encontraban los tres manuscritos desaparecidos y un sobre con dos Dvd de seguridad. Chicas listas habían cambiado el botín de lugar, el hombre de algún modo las había descubierto. Pedí a uno de los auxiliares que llevara todo al sargento.

—Dígale que hay puede estar la identidad del hombre que buscamos y tal vez también nos lleve a sus cómplices. —Les dije que me dejaran solo.

Cogí el libro sobre Lisbeth Salander, esa chica me gusta. Me senté en el piso y comencé a leer. Vamos Norma tráelo aquí, los estoy esperando y esta vez estoy preparado. Solo llegué a la pagina veinte cuando, escuché la voz de Norma que era rota por el llanto.

—Ya vamos a llegar, no me lastime.

—Tú y tu amiga no deberían haberse metido en mi camino. Además está ese sabueso que Prada puso tras de mí.

Cerré el libro, lo puse a un lado. Tomé el revólver y lo coloqué sobre mis piernas. En ese momento apareció Norma, acompañada de un hombre alto, delgado, joven que la sujetaba por el brazo.

—Hola —dije con tranquilidad.

—Quién es usted —preguntó con asombro.

—Yo soy el sabueso. Déjala ir. Los libros ya no están aquí.

—Entonces ella será mi salvoconducto para salir.

—No lo permitiré, tu saldrás con las piernas por delante —debía apresurarme, el sargento debería estar acercándose—. La muerte de la otra chica no quedara así. —Norma me miró perpleja, estaba poniendo en riesgo su vida. Espero que todo salga bien.

—Usted no puede hacerlo.

—Si puedo, el arma que tengo entre las manos dice que si. —Todo ocurrió muy rápido, empujó a la chica y apuntó su arma contra mí. Con el brazo izquierdo evité que Norma se golpeara. Mi mano derecha fue más rápida y disparó dos veces, los dos proyectiles quemaron su pecho con fuerza, estaba muerto antes de tocar el suelo.

—¡Marlon! —me gritó el sargento.

—Ahí está, él muy cretino creía que podía ganarme.

—Era necesario.

—Era él o nosotros —aunque no le dije que lo había irritado para que cometiera un error.

—El jefe de seguridad de la biblioteca —dijo Prada, contentó al ver que todo había terminado —Lástima, lo que pasó con Patricia.

—Según lo que me contó Norma, ellas encontraron los libros y los cambiaron de lugar. Encontraron a los cómplices.

—Si, uno de los celadores y otro coordinador de seguridad. Era el encargado de la cámara de seguridad, cuando se efectuaron los robos.

Me retiré del señor Prada y encendí mi pipa, me dirigía hacia la plaza de Bolívar. Ella estaba esperándome en la casa del florero. Sus ojos brillaban de alegría, eso me gusto. La biblioteca estará cerrada el resto del día, tenía que volver a terminar el libro que había empezado. La sujeté de la mano, me presenté y nos fuimos caminando por la carrera séptima mientras nos íbamos conociendo.


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