2015-03-13 12:42:00
sorelestat
Se sentó a mi lado. Se quitó la gorra, me saludó con esa risa amable que todos conocen. Me invitó tinto y cigarrillo. Jugó al bingo por más de doce horas. Varias veces intenté levantarme de la mesa, pero él insistió en que me quedara, “después vamos por unas cervezas y un par de putas” dijo. Así que no tuve más remedio que esperarlo. Aunque no ganó ninguno de los juegos, no perdía jamás la alegría que lo caracterizaba. Siempre me había preguntado que hacía él para tener tanto dinero para desperdiciar en este lugar. No entendía cómo un simple reparador de sombrillas vivía tan bien. Coqueteó con las chicas que trabajaban en el bingo, maldijo los cartones porque no le daban suerte, manteniendo siempre la sonrisa grabada en el rostro. Era cliente habitual desde la separación de su mujer, que lo cambió por un pintor. Había estado en la cárcel, y por las historias que me contaba podría jurar que había matado un hombre. Se levantó, se puso la maleta, colocó el manojo de sombrillas entre sus brazos y me dijo “vamos a comer”, no lo pensé y contesté que sí. Comimos y fuimos a un bar en el sur de la ciudad. Bebimos y manoseamos dos gordas antes de que el amanecer nos alcanzara en un parque, mientras tomábamos unos tragos de la última botella que había comprado. Soltó el pedazo de alambre que sujetaba las varillas y sombrillas, las regó en la silla. En medio había un arma, la tomó entre sus manos, me miró y sonrió. —Es solo trabajo —dijo. Colocó el arma en mi boca y disparó.
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