2015-02-20 12:33:27
sorelestat
El olor a pólvora invadía aquel cuartucho perdido en el laberíntico barrio de las cruces. Estar en aquel cuarto de inquilinato, observando la escena que allí se desarrollaba ante nuestros ojos, me hizo sentir mal. No me había sentido tan pesimista, ni siquiera el día en que me retiré de la policía.
Todo se hallaba aglutinado allí. Una cama, la cocina, la sala, hasta el baño separado por una cortina verde limón, con quemaduras de cigarrillo en algunas partes. Las ropas de los integrantes de la familia se mezclaban entre sí y por lo gastada no se sabía cuál era la limpia o la sucia. La sala la componía una mesa pequeña con dos sillas de plástico y un viejo sillón raído por los ratones, en donde se encontraba un niño semidesnudo, llorando. Su llanto me enloquecía. El ambiente era asfixiante, el olor era una mezcla de orina humana y animal, lo que me hacía entender que ahí también dormía la mascota del niño, él lloraba cubriendo su rostro de mocos y lágrimas. Los curiosos intentaban asomarse o colarse por la pequeña puerta, pero eran retenidos por un bachiller, que parecía no tener éxito en su misión. Fuera del niño, nos encontrábamos en el cuarto, el sargento Sánchez, el hombre que nos había citado en su casa, y yo. Es una forma de decirlo, si el hombre no hubiera muerto, nosotros no estaríamos aquí.
No sé por qué el sargento me llamó, esto no era para mí, la muerte de aquel hombre era problema de mi amigo, de la policía. Quería fumar mi pipa, salir de este lugar que me sofocaba, que amenazaba con hacerme perder el sentido.
—No entiendo cuál es el problema sargento —dije quitándome la chaqueta.
—Mira, es que no entiendes nada detective —esa era la clave, él nunca me habría llamado detective sin un motivo, pero yo seguía sin entender que hacia aquí.
Al fin me fijé en el cuerpo del hombre, que se hallaba recostado contra el cajón donde estaba la estufa. Su cuerpo había sido impactado por cuatro balas, una de ellas le había perforado el rostro, en la pared había señales de que se alojaban dos balas allí, lo que indicaba que el arma había sido descargada —por Dios, que alguien calle al chico—, era un hombre de unos cuarenta años, sucio. Junto a su cadáver había una botella de aguardiente, su sangre se mezclaba con la mancha de chocolate, que tal vez derramó en su caída.
Dirigí mi mirada al chico, no debía tener más de ocho años, al fin su llanto había cesado, apenas era un pequeño hipo, trató de limpiar las lágrimas y mocos con su brazo y lo que logró fue embadurnarse más la cara. Su nariz estaba rota y uno de sus ojos estaba negro como si hubiera acabado de bajar de un ring, sus piernas y brazos estaban trazados por viejas cicatrices. Un escalofrío me puso la piel de gallina, el chico repetía como si fuera un mantra, su propio mantra, él estaba en shock, teníamos que ayudarlo y mientras esa ayuda llegaba, puse atención a las palabras de la criatura.
—Ya no más… no señor… no, papá… ya no me va a pegar más… —sorbió liberando su nariz, y empezó de nuevo con su salmo.
En señal de impotencia bajé la vista al suelo, y allí estaba el revólver bajo los pies descalzos del niño. Lo entendí todo, que había pasado, porque estaba aquí, el niño ahora era mi problema. El sargento sabía que yo jamás dejaría que le pasara algo al chico, yo no dejaría que él se perdiera en la burocracia de bienestar familiar, nadie lo tocaría como lo había hecho su padre.
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