Me hice escritor para no convertirme en un asesino.

viernes, 9 de diciembre de 2016

AMADA ESPOSA

            Estoy a tu lado y creo saber lo que tengo que hacer. El anciano me ha metido ciertas ideas raras en la cabeza. No sé si tendré la fuerza para hacerlo, trato de erradicar éste pensamiento mientras te observo acostada en ese ataúd. Me repito que estás muerta, no obstante parece que sólo estuvieras dormida. Me inclino y beso tus helados labios. Aprieto con fuerza el trozo de madera que debo clavar en tu corazón. El manto de la noche empieza a cubrirlo todo y ruego que aquel loco esté equivocado. Puedo ver como tus mejillas se sonrojan, como tus labios se tiñen de rojo. Dejo caer el madero y el martillo cuando abres los ojos. Entonces comprendo porque estoy aquí. A que vine a éste lugar. No fue para matarte. Guardaba la esperanza de verte de nuevo. No tiemblo, aun cuando tengo mis ojos fijos en tus colmillos. Te acercas a mí y no me muevo de mi lugar. Quiero darte un último regalo, mi sangre, mi vida. Te abrazo cómo lo hacía cuando estábamos juntos. Cierro los ojos y puedo sentir como me desgarras la garganta.

viernes, 2 de diciembre de 2016

EL CABALLERO

…a Martha
La gran guerra terminó. Un solo castillo en pie. Cinco razas destrozadas. Sus pies pesaban por el cansancio. Su armadura estaba abollada y manchada por sangre de orco. Su espada estaba rota. Una herida abierta cruzaba su costado. Su rostro era cubierto por una melena sucia y una barba desordenada. El  cumplió su promesa, había regresado con vida.

Ella dijo: —Debes bañarte si quieres acercarte a mí. 

viernes, 25 de noviembre de 2016

viernes, 18 de noviembre de 2016

LLEGADA



           Se subió en el primer taxi que encontró. Con destreza guardó el arma que había escondido entre sus libros de Bukowski. Mientras el auto lo llevaba a la ciudad, vio el atardecer en la playa. Aquella ciudad sería testigo de su venganza. En ella encontraría a la mujer que había asesinado a su amigo. También hallaría al amor y con ello la muerte.

viernes, 19 de agosto de 2016

LA TEACHER

La profesora. 25 desadaptados. Uno la odia. No aprendió. La traicionó. Se burló de ella. 18 años de experiencia. Cientos de alumnos. Esa mañana fría. El estrés. Clase de química. Se divirtió con las entrañas de siete de sus bebes antes de que sus compañeros pudieran someterla.

viernes, 12 de agosto de 2016

viernes, 5 de agosto de 2016

VAMP

            “Si con mi muerte satisfago tu crueldad, que así lo haré amada mía”, al fin comprendí las palabras de Don Quijote, cuando clavaste los colmillos en mi cuello y un hilillo de sangre corrió por tus labios.  

viernes, 29 de julio de 2016

EL DUELO

El vaquero terminó de cargar los revólveres, sonrió, me dirigió su mirada azul y exclamó:
—Voy, lo mato y regreso.
Aún espero el retorno de mi amigo.

viernes, 22 de julio de 2016

Sin Titulo

Mi espada está cansada. La noche es larga. El olor a sangre es asfixiante. Mañana será el final de todo. La muerte reina en el lugar. Cinco reinos en guerra. Y todo empezó porque ella me sonrió.

viernes, 15 de julio de 2016

DESCUBRIMIENTO

            ¡No! ¡No! ¡No! Gritó Dios al ver al hombrecito inclinado sobre el microscopio. El científico hizo las últimas anotaciones en su libreta, había descubierto el origen de todo. Dio un suspiro de satisfacción, había hallado el génesis de la vida. Dios dejó escapar un jadeo lastimero y desapareció.

viernes, 8 de julio de 2016

DANZA

Dejó los tenis y sus medias a lado de la mujer que lo acompañaba. Caminó con lentitud mientras se soltaba el cabello. La música empezaba a metérsele en la sangre. Como si un resorte en su cuello se activara empezó a moverlo al ritmo de la batería. Se metió al grupo de personas que giraban al compás de la guitarra. Trató de imitar la voz del cantante sacando un grito desde lo más profundo de sus entrañas. Uno de sus puños se estampó contra una las de las tetas de la mujer que le rompía el labio con sus uñas. Un hombre que  lo doblaba en altura le sacó el aire, mientras un chico con una cresta anaranjada hacia sangrar su nariz. Él clavó su pie descalzo en la entrepierna de un joven que por sus vestimentas parecía copiar a uno de los seres de la noche. Él se sentía vivo, la adrenalina hacia hervir su cuerpo que se extasiaba al ritmo de esas notas que solo ellos podían entender. Golpeó la nalga de una chica que tenía el cabello pintado de azul, su mano se lastimó cundo se estrelló con los taches puntiagudos de un punk  que vestía al igual que Sid Vicious. Él sonrió mientras observaba a sus cómplices, a sus compañeros en tan brutal danza. Levantó los brazos y gritó de nuevo, cuando su corazón hinchado de felicidad explotaba, haciendo que se desplomara contra el suelo. Su vida se extinguía mientras su cuerpo  era aplastado por  los demás danzantes.

viernes, 1 de julio de 2016

Sin titulo

Lloró con amargura cuando abrió los ojos. Se encontraba rodeado por la oscuridad y el silencio. Por primera vez el ateo deseó estar equivocado. 

viernes, 24 de junio de 2016

HERMANO

Mi hermano tiene que meter la pata siempre, hasta para morirse hace un gran espectáculo. Tenía que morirse cagando mientras el veneno le quemaba la sangre. Él era el más estúpido de los dos, no entiendo por qué no compró el maldito billete como hicimos todos. Era el único que no creía en sus palabras, en su don, en su maldición como él mismo la llamaba. Todo empezó cuando él predijo la muerte del cura, que murió aplastado por la crucifijo del altar. Le dijo a mi esposa que huyera porque pronto yo descubriría su resbalón con mi mejor amigo, aun así encontré a la puta y le enseñé que nadie juega conmigo. En el barrio habían desaparecido dos ladrones y un indigente antes que cometieran los delitos con los cuales sobrevivían. Aún recuerdo el rostro del anciano que linchamos, con lágrimas y mocos nos juraba que él no había tocado a su nieta de diez años, pero mi hermano había dicho que eso ocurriría y nosotros le creímos. Así que el día que exclamó que tenía los números de la lotería, todos la compramos. Ahora todos somos un poco más ricos y él es comida de los gusanos.

viernes, 10 de junio de 2016

Sin titulo



Treinta días sin dormir. La locura hace mella en su mente. El revólver tiembla en su mano. Su familia saldrá en la primera página de mañana.

viernes, 3 de junio de 2016

Sin Titulo

Un cadáver. Cuatro corazones rotos. Un arma. Un sospechoso anónimo. Todos lloran. Su misterio más importante. Ellos pierden. Jamás descubrirían quién mató a Scooby Doo. 

viernes, 27 de mayo de 2016

Sin titulo

Empezó a soñar con mares rojos, cada vez que ella se marchaba y lo dejaba con el beso en los labios.

viernes, 20 de mayo de 2016

Sin titulo

Un escalofrío recorrió mis vertebras, cuando el robot apuntó su arma contra mí. Dejé escapar una maldición, no tenía oportunidad. Era su último protocolo, él no se detendría hasta cumplir con la orden insertada en su programa. Sonreí, la vida es irónica, ahora que no quiero morir, mi creación terminaría con mi tristeza.

viernes, 13 de mayo de 2016

EL PLAN

La decisión estaba tomada. Sería esta noche. Primero la besaría y luego la apuñalaría tantas veces como lo había engañado. Después destajaría su cuerpo en piezas tan pequeñas que deberían caber en dos bolsas negras. Luego, la arrojaría al carro de la basura que pasaría a las cinco de la mañana. Ella se acerca y le da una bebida caliente. Él no dice nada, se limita a observarla y a beber su tinto, el momento se acercaba. Ella se mueve de lado a lado, meneando el culo de  forma vulgar, la prenda de licra dibuja bien las curvas de sus nalgas. Se agacha y el leggins se corre dejando ver la piel enmarcada por una tanga transparente. Su verga se pone dura y se dice a si mismo que no sería mala idea hacerle el amor por última vez antes de asesinarla. Mientras trata de reorganizar de nuevo los pasos de su plan, la mano le empieza a temblar haciendo que deje caer el pocillo al suelo, la cabeza le arde, los  ojos se le humedecen, todo se oscurece y cae al piso botando espuma por la boca.

jueves, 12 de mayo de 2016

Sin titulo



2016-03-18 13:26:00
sorelestat

Ella introdujo la lengua en su boca hedionda. Él la acarició con la mano a la cual le faltaba un dedo. Limpió unos coágulos de sangre para después chuparle la punta de sus senos caídos. Se tocaban con lentitud, con torpeza, dibujando el cuerpo del otro. Uno de sus dedos penetró una vagina sucia y reseca.  Ambos lamian el polvo y la sangre que impregnaban sus cuerpos.  El olor a podredumbre que los rodeaba parecía excitarlos aún más. Ella tomó el pene flácido y empezó acariciarlo, cuando se disponía a hacerle una felación, este cayó, el hombre no grito, no dijo nada, parecía absorto en apretarle las nalgas. Sus cabezas rodaron cuando el hacha del asesino las cortó. El hombre encendió un cigarrillo y dijo: —Dos caminantes menos.

Sin titulo


2016-03-11 13:37:30
sorelestat

El frío se ceba contra mí. El cigarrillo se extingue entre mis labios. Puedo ver el rostro de los mirones cuando la agente abre la bolsa de basura. Una mujer vomita sobre los zapatos de su amante. El forense trata de armar el cuerpo destajado que habían encontrado. Dejo escapar una sonrisa y empiezo a caminar con lentitud. Sé que no encontraran la cabeza, me aseguré de dejarla debajo de la cama de su madre.

Sin titulo


2016-03-04 15:40:00
sorelestat

Miró la Imagen que tenía pegada en la pared. Era un viejo dibujo de Batman que había  hecho cuando era niño. El papel estaba gastado y amarillo, aun así le gustaba. Tomó el arma de su padre, introdujo una bala e hizo girar el tambor. Puso el cañón en la sien, cerró los ojos y apretó el gatillo. Nada. No era el momento, aún no había llegado la hora, el creador todavía lo quería vivo. Se puso la chaqueta, amarró con fuerza los cordones de sus botas militares y salió a la calle. Como su héroe él limpiaría las calles de la ciudad. Dos baretos para soportar el hambre y el frío. Se aseguró de llevaba sus cuchillos. La cacería había empezado. Otra prostituta moriría esa noche.

Sin titulo


2016-02-12 13:36:00
sorelestat

Una hoja en blanco. Un escritor a la espera. Ansiedad. Locura. Ella no llama. Un arma. Dos balas. Un disparo. La mujer cae. Un hombre llora. El escritor al fin duerme.

JUNTOS EN EL FINAL


2016-02-05 15:22:00
sorelestat

Ilustración Hieloh
Nuestros cuerpos huelen a pólvora. Mi garganta no puede tragar la bocanada de sangre que me llena la boca, tengo que escupir. Tu sufrimiento ha terminado. Son mis últimos minutos de vida. Tu piel esta fría, no puedo sentir el movimiento de tu pecho al respirar. Te abrazo como tratando de contagiar el calor de mi amor. La sangre de mis heridas se mezcla con la tuya que ha impregnado mi ropa. Beso tus labios inertes y dejo caer un coagulo de sangre que ha escapado de mi boca, que se posa sobre tu rostro pálido. Fue una estupidez haber querido robar aquel banco. Sé que con el dinero nos habíamos prometido un futuro. Pero nuestras vidas se fueron a la mierda cuando la maldita gorda chilló. Hubo gritos y disparos. Todo terminó en éste callejón en donde nos escondimos como ratas. Espérame amor mío, ya falta poco para que cierre los ojos. Espérame, pronto estaré contigo. Cargo mi arma con las últimas balas que quedan, por lo menos me llevaré un par de hijos de puta conmigo. Los que habían disparado contra nosotros. Los que habían acabado con mi esperanza, con mi ilusión, con mi amor, contigo, conmigo.

CURIOSIDAD


2016-01-29 19:22:04
sorelestat

Dos patadas contra el estómago del hombre. Varias gotas de semen en el pantalón. Un beso en la frente. Una disculpa. Tres puñaladas. Gusto. Placer. Orgasmo. Ansía una segunda víctima.  

Sin titulo




2016-01-22 13:12:39
sorelestat

Él sonrió con locura, se dijo que sería un río de sangre, con él cual bañaría la ciudad. Terminó de destajar a la primera niña de doce años de las cuarenta y dos que asesinaría en el afán de calmar las voces de su cabeza.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Sin titulo


2016-01-15 14:00:59
sorelestat

Estaba cansado. Todo había sido un fracaso. Jamás debió intentarlo. Pero alguien tenía que hacerlo. Al día siguiente seria el hombre más odiado del país. Había perdido el tiempo en la isla. Así que levantó su arma y encañonó a la persona que sus hombres habían atado a la silla de plástico. Él era su némesis en público, alguna vez los dos fueron amigos, compañeros de lucha. Apretó dos veces el gatillo, no importaba que sucediera mañana, tan solo que no le daría la oportunidad de decirle: “Te lo dije”.

EL ARTE DEL BUEN ESCRITOR


2016-01-08 14:02:38
sorelestat

Los disparos cruzaron sobre su cabeza, lo único que pudo hacer fue lanzarse sobre ella para protegerla…
Tenía la vista fija en el computador, observando aquella frase que tenía un mes allí. Sus dedos junto al teclado se negaban a escribir la siguiente palabra. Se levantó de la silla, no sin antes recordarle la madre al aparato. Lo apagó con furia y se fue a la biblioteca a leer un poco.
Y cuando sus amigos de lectura le preguntarán como iba su nueva novela, diría:
—De maravilla, se escribe sola.

EL FINAL




2015-12-04 14:01:00
sorelestat

Se dejó caer contra el suelo. El sudor se mezclaba con la sangre que impregnaba su piel. Se sentía cansado. Vagar, encontrar, luchar, defender, matar, llorar, escapar. Siempre la misma historia, una y otra vez. No tenía fuerzas para resistir, se quería dar por vencido. Miró a sus compañeros, todos tenían la vista fija en él, esperando a que hablará, que de nuevo encontrará una salida al asedio de los caminantes. Deseaba mandarlos a la mierda, por qué siempre él. Conocía la respuesta, era el líder y como tal debía actuar. Habían pasado nueve años desde que todo empezó, era el momento de aceptar que el mundo jamás volvería a ser el de antes. Eran tantas las personas a las que habían muerto a su alrededor, tantas personas que había asesinado, sin contar la cantidad de caminantes que había eliminado desde que empezó su odisea cuando salió del coma. Había perdido tanto, que se preguntaba por qué seguía haciéndolo, tratando de mantenerse con vida, protegiendo a su familia que no pasaban de los seis integrantes. Respiró con rabia, la misma escena prolongada con el tiempo que ya había perdido la cuenta. Era en esos momentos en los que hubiera preferido jamás haber despertado. Ellos confiaban que de nuevo los salvaría y que les devolvería la esperanza. Vio alrededor y tomó una decisión. La primera en caer atravesada por unas de sus balas fue su pequeña hija. Antes de que su hermano pudiera reaccionar la cabeza le explotó después del disparo, los pedazos de su cerebro se estrellaron contra la pared. Escupió, faltaban cuatro. Uno de los hombres se levantó, echó hacia atrás la cabellera mientras intentaba colocar una flecha en la ballesta, él le disparó a la rodilla y mientras caía lo golpeó en el rostro, le atravesó la sien con la ballesta a su antiguo compañero de viaje. Ella desenfundó su katana que estaba mellada por las continuas peleas, fue contra ella y la derribó. Con las rodillas le inmovilizo los brazos, veía aquel hombre que había seguido hasta el mismo infierno. Le atravesó el corazón con la espada, para después clavarla en su frente. La otra mujer lloró por primera vez en mucho tiempo, no podía creer que terminaría sus días a manos de uno de sus camaradas, en especial de él. Lo amenazaba con la daga, había descubierto que su arma estaba descargada. Él le lanzó un puñado de tierra a la cara, mientras se limpiaba los ojos, pudo sentir como sus costillas se rompían por el golpe del madero que él había utilizado para tumbarla. Al caer de bruces pensó en galletas y flores, fue lo último que le pasó por la mente, la daga se alojaba en su lóbulo izquierdo. El cura temblaba, aun así intentaba mantener con firmeza el machete, rogaba a Dios por su vida. Había imaginado que él lo mataría y ahora ese sueño se hacía realidad. Con lentitud se acercó, le arrebato el machete, lo miró como queriendo decirle espero que te encuentres con tu Dios, El corte fue limpio de derecha a izquierda, el padre ni siquiera se quejó. Otra vez se dejó caer al suelo, su respiración volvía a la normalidad. No pensaba nada, se sentía bien. Arrancó la espada de la cabeza de la que una vez fue su amiga. Abrió la puerta, dio una última mirada a los cadáveres de su familia y empuñado la katana fue contra el centenar de caminantes que empezaba a rodearlo… 

SUSPIROS DE VIDA


2015-11-27 13:53:00
sorelestat

— ¡Duerma! ¡Que yo manejo! Dijo ella aspirando el pegante de la botella— ¡Duerma! ¡Que yo lo cuido, mi perro!
Él dejó escapar un eructo y se cubrió con una sucia cobija.
 —Sabe, parce, yo a usted lo quiero. Empezó a bailar una extraña danza creada por ella. Su boca dibujó una sonrisa dejando ver los dos dientes faltantes de su destrozada dentadura. Se sentía alegre, eufórica, por el bóxer, por el sol que calentaba sus congelados huesos, porque estaba con su parce, su amigo, su ñero, su compañero de andén. Con el que compartía esa sucia cobija que los cubría en las heladas noches de Bogotá. Rió de su imagen reflejada en el vidrio, era esa mujer con el pelo enredado y sucio, con los ojos enmarcados por unas amarillas lagañas y sus manos grasientas con las cuales acariciaba el rostro de su hombre. Con los labios todavía con rastros del arroz que les habían regalado en el restaurante de la esquina lo besó. 
El tipo aceleró la camioneta negra que avanzó amenazante cual ballena orca. El vidrio de la ventana se deslizó hacia abajo, salió una mano empuñando un arma, las balas que expulsó rompieron el silencio de la mañana, acabando con su adicción al bóxer, eliminando el frío de sus cuerpos, segando sus vidas, dando fin a su historia de amor.

UN DOMINGO DE FINAL


2015-11-20 13:49:50
sorelestat

Ilustración Hieloh

Faltaban cinco minutos para que el partido terminara. El juego estaba empatado. Era la final del campeonato. El ánimo se encontraba excitado, el público estaba eufórico, gritaban a los jugadores tratando de dirigir las jugadas. Todos en las gradas querían marcar ese gol que les diera la victoria. El árbitro se decía, que no cometan ningún error, por favor Dios, no quería que alguien le acordara a su madre.
El capitán del equipo de camiseta blanca cojeaba, aun así quería terminar el partido y más si metía el gol final para convertirse en el héroe del parche.
El arquero del equipo de camiseta azul, pensaba que después del juego se tomaría unas cervezas y tendría sexo con su mujer.
La vecina del al lado, rogaba que su esposo no perdiera, para que no desahogara la frustración en ella.
Los amigos de Ferney le pedían el balón. Él quería, debía ser el que hiciera el gol de la victoria, cuando fue barrido por un atacante y su rostro fue a estrellarse contra el pavimento.
—No, esto no —pensó el árbitro, luego gritó— ¡Penalti!
Andrés, el arquero del equipo, se dijo: esta mierda ya se terminó, ya ganamos. Felipe, el dueño de la tienda, ya alistaba los petacos de cerveza que vendería después del juego.
Ferney cobraría el penalti. Unos gritaban a su favor, otros en contra, todos tenían la vista fija en el balón.
Don Arturo también gritaba. El árbitro pitó. Ferney pateó el balón. La pelota paso sobre el arco. El arquero dejó escapar un suspiro de alivio, alguno recordó la madre de Ferney. El equipo contrario rió de alegría, aún existía la esperanza. El balazo calló a todos. La bala se alojó en la espalda de Don Arturo. Su columna vertebral se rompió en pedazos. Don Arturo quedaría postrado en una silla ruedas el resto de su vida. 

Sin titulo


2015-11-13 13:38:53
sorelestat

Ilustración Hieloh
Lavó su pene con precisión milimétrica, pudo sentir que se endurecía un poco al pensar en el culito que rompería ese día. Estregó dos y tres veces la piel como su madre le había enseñado. Se vistió con lentitud, en orden, evitando que la ropa inmaculada se arrugara. Mientras hacía el nudo de la corbata recordó los ojos de aquella niña que había estrangulado. Revisó el filo de su cuchillo, estaba perfecto, con él cortaría la piel o hasta rompería algún hueso de su presa. La práctica hace al maestro, y él lo sabía, cortaría tantas veces y en tantos lugares que la víctima jamás perdería el conocimiento. Arrojó dentro del viejo maletín la soga que había tenido que comprar, la última se había manchado de sangre y mierda de la niña que gritaba el nombre de su abuela mientras él la violaba. Se puso la chaqueta  y sacudió tres pelos de su gata. Era la hora. Se peinó, haciendo que el cabello ocultara su calvicie que ya no era incipiente. Era el momento de ir a cumplir la cita, aquel niño de doce años seria el número veintidós, otro montón de huesos y carne, que iría a parar en un potrero del sur de la ciudad. Salió de la casa y dejó escapar un silbido. Hoy sería otro día en que sus obsesiones serian liberadas.
No había caminado más de dos cuadras, cuando un joven de tez morena, alto y encorvado se le acercó. Dio un paso atrás, el olor que despedía el joven era atroz, hace mucho tiempo que este se había olvidado que era el agua.
—A ver parce páseme el reloj y el celular ­—dijo el joven amenazándolo con un cuchillo más grande que el suyo.
—Yo no tengo teléfono —contesto tratando de alejarse, el mal olor lo hacía sentir mal.
—Este viejo malparido, a ver pase lo que tiene.
—Qué no tengo nada —empezaba a sentirse enojado, sacó la mano de su bolsillo y le tiró dos billetes de diez mil.
El ladrón ni siquiera los miró —Esta gonorrea, no se haga el marica. A ver que más tiene, no haga que lo chuce.
La ira empezó a nublar su pensamiento, el asco por la suciedad del joven lo mareaba. Quiso lanzarle una patada al moreno, que no se dio cuenta cuando este le clavó dos veces el cuchillo en el abdomen. El joven recogió los dos billetes y salió corriendo.  Al ver que la mancha de sangre crecía, empapando su camisa blanca, vomitó, no soportaba la suciedad. Cayó sobre el vómito y escupió una gran cantidad de sangre que le dificultaba respirar. Mientras moría, veintiún madres se preguntaban qué había sucedido con sus hijos.


EL MENSAJE EN LA BOTELLA


2015-11-06 13:56:00
sorelestat

El mar se llenó de amor, de esperanza, de ilusión, en el momento que aquel sujeto bañado por el sol caribeño arrojó cien botellas al océano con un solo mensaje: “hombre busca mujer dispuesta a entregar su corazón a un soñador, un aprendiz de escritor”. Contenía su nombre, teléfono, dirección y país de origen.
Los pies del personaje se hundían en la arena. Su mirada contemplaba el horizonte. El corazón le latía lento, tranquilo, con fe. Fe en la locura que se le había ocurrido en medio de los efectos del ron y el bollo´e yuca. Era una estupidez llenar el Atlántico de ilusiones, aun así lo había hecho. Ahora observaba las olas que mecían las botellas llevándolas mar adentro. Esperó hasta que el sol se escondió en el ocaso, dejó que el viento golpeara su piel morena, no se movió aun cuando la marea le llegó a las rodillas. Muchas botellas perecieron rotas contra algún coral, algunas pescadas por los grandes buques, otras se hundieron en los abismos del mar, hasta una ballena vieja se tragó una de ellas. Les contaré la odisea de la última que nuestro personaje lanzó al mar, una botella verde, pequeña, tímida, llena del anhelo de un hombre que deseaba encontrar el amor de algún modo.
Al inicio de su gesta la botella vio los colores de los corales, las criaturas que en ellos habitaban. Danzó con un grupo de delfines que jugaron con ella, fue acariciada por las medusas, nadó junto a las ballenas jorobadas. En su vaivén entre las olas conoció al fiero tiburón, se deleitó con los saltos de los peces voladores, le sonrió a las gaviotas que practicaban clavados en el agua y tembló de miedo al verse rodeada por un cardumen de barracudas.
En una de sus andanzas fue atrapada en medio de una gran mancha negra que afeaba el mar, era espesa y olía mal. Observó cómo las aves y los peces morían en ella. Su movimiento era nulo, creyó que el fin de su viaje había llegado, no fue así. Las oscilaciones de una lancha lograron sacarla de la trampa oscura y de nuevo se vio abrigada por el arrullo de las olas.
Nuestra amiga se sumergió con el pingüino emperador y supo a dónde va éste cuando se lanza por primera vez al océano, bailó con las corrientes marinas y montó en  el lomo de una vieja tortuga.
Una noche sin luna fue recogida por un hombre que se acercaba silencioso a un barco negro, con parches rojos por el óxido y la sangre de la última ballena asesinada. Miró como ubicaban los explosivos en el acero del barco japonés, fue lanzada al mar por la explosión que partió el buque en pedazos.
Presenció el poder devastador del tsunami, corrió con los vientos recios del huracán, vio la tristeza de las personas ante la inclemencia de la naturaleza. Escapó de la red en donde había muerto el gran atún.
Llegó a puerto en medio de grandes embarcaciones. Cuando parecía que iba a llegar a su meta, una gran fuerza la arrastró hacia un petrolero. Acompañada por algas, camarones, peces, trozos de coral, emigró encerrada en aquel buque que iba por su remesa de oro negro. Fue tirada de nuevo al océano con furia visceral y descubrió que había vuelto al principio. Advirtió destruido el hermoso paisaje que la primera vez la había hechizado con su belleza.
De nuevo el movimiento infinito del mar, la lluvia y el viento la engulleron en una travesía sin fin. Navegó junto a los cruceros y conoció peces gigantes de metal. Aprendió de la marea, vomitó por los remolinos, se calentó bajo una erupción volcánica, hasta que las olas en las cuales viajaba la estrellaron contra la arena gris. Al fin había llegado a su destino, la odisea había durado once años…
Una rubia de ojos verdes, que brillaban con la fogosidad de los vikingos, con labios rojos y pequeños, caminaba por la playa. Dejando que el mar mojara sus pies desnudos, fue en la arena donde se encontró con nuestra amiga. La tomó con curiosidad y notó que en ella había un trozo de papel enrollado. Pensó en un náufrago atrapado en una isla, lo que aumentó su curiosidad por saber qué había escrito. Quitó el sombrero de la infatigable peregrina y tomó la hoja. La desenrolló con cuidado, tratando de descifrar que decía, mientras ésta se deshacía entre sus dedos.


ADIÓS, MUÑECA


2015-10-30 13:41:53
sorelestat

—Raymond Chandler— 

Ilustración Hieloh
La boca me apesta a brandy, escupo una brizna de tabaco enredada en mis labios. Fumo mi pipa y embuto de balas a mi vieja compañera.
Sé que me están esperando, no sé a qué hora me metí en este lio. Jamás debí abrirle la puerta de mi auto a aquella mujer de cabello castaño. Su rostro era hermoso, perfecto, pero estaba mal dibujado por un espantoso maquillaje. Las curvas de su cuerpo tenían la proporción exacta en cada parte, delineadas por un vestido de satín que se amoldaba a su figura y que apenas cubría lo necesario. El aroma de su piel era húmedo y nauseabundo, por culpa de la lluvia y el perfume barato. Aun así caí en la trampa de su sonrisa y la ayudé. La ayudé a irse, a huir. Los que han hecho esa emotiva recepción para mí en la puerta del edificio, la buscan, y  debo evitar que me hagan hablar.
Acabo la botella de un solo trago y maldigo a la chica. Si hubiera sabido en qué me metía no me hubiera conformado con el apasionado beso que me regaló, creo que me merecía por lo menos haberle tocado el culo. Esta historia no tendrá un buen final. Así, como un viejo samurái tomo mi revólver, en la otra mano mi escopeta y bajo por el ascensor.
Ojalá que lo que estoy dispuesto a hacer inspire un haikú, porque mi vida ya no vale un peso, no valía un centavo desde que ella me metió en su vida.
Como un ronin japonés, corro a la puerta y mis armas empiezan a gritar por mí. Adiós, muñeca. Una marejada de metal quema mi ropa, penetra mi carne… 



Sin titulo


2015-10-23 14:14:03
sorelestat

El vampiro se quejó, las muñecas le ardían. Los grilletes habían quemado su piel, estos habían sido bañados con agua bendita. Estaba atado en aquel sótano que olía a flores y a melancolía. Se sentía débil, necesitaba sangre, pero la persona que lo tenía prisionero no se lo permitiría. Le había dado de comer dos ratas para mantenerlo con vida.  No entendía por qué su captor se empecinaba en causarle tanto dolor, por primera vez él había deseado la muerte. Su cuerpo se estremeció al escuchar que la puerta se abría. Lo vio entrar, iba vestido de blanco y sus alas brillaban. Gritó cuando la daga del arcángel Miguel cortó su piel, se maldijo por haberle dado su número de teléfono. 

EL ÚLTIMO HUMANO


2015-10-16 14:40:54
sorelestat

…a Madeline.

Escupo, esta cosa sabe mal, era la única bebida que teníamos desde que extinguimos a los humanos. Era un modo de decirlo, ellos son escasos en el mundo actual. Se encontraban escondidos de nosotros, los no muertos, los vampiros.
 Eran pocos, nosotros muchos. Desde que salimos entre las sombras nuestras masacres se hicieron vastas, diezmábamos una ciudad en poco tiempo. Debió existir un control, fue desmedida la forma en que los aniquilamos, con rapidez se convirtieron en caminantes de la noche. Ahora podemos caminar en el día, hemos creado una bebida que calma nuestra sed. Vivimos matándonos  los unos a los otros, por el poder, por el territorio, por alguna presa mal escondida.
Si una vez hubo un Apocalipsis, fuimos sus creadores, destruimos el planeta, solo nos queda esperar hasta que caiga el último de nosotros.
Mi nombre ya no importa, viajo solo, detesto la compañía, mis congéneres me fastidian. Camino sin rumbo, sin destino como un ronin. Sobre mi espalda cargo una espada, una vieja katana, con la cual me defiendo de la locura, la falta de alimento nos ha hecho más violentos que los seres humanos. 
Llego a una taberna en medio del desierto, un lugar en donde se refugia la escoria del camino. Se habían formado pequeños clanes, capitaneados por vampiros brutales y sanguinarios. Por lo general es un nosferatu viejo, su antigüedad le da el poder y la fuerza para dominar a otros.
Yo tenía doscientos cincuenta años, fui convertido por un vampiro español en la guerra de independencia. Conocí la historia del país, vi cómo se desangraba en una absurda guerra civil. Pensándolo bien los colombianos no necesitaban de nosotros, al dejarlos solos un poco más, hubieran acabado con ellos mismos.
Entro al lugar, la visión que se abre ante mis ojos parece una escena de una vieja película de Tarantino. Vampiresas con pocas ropas, vampiros vestidos de cuero, usando pantalones raídos y desgastados, sus prendas impregnadas de polvo y sangre. Me acerco a la barra y pido una botella de globulina. Sentía que me estaban observando, sabía que no debía a ver entrado, pero necesitaba calmar la sed. Doy media vuelta, me recuesto contra la barra y los desafío con la mirada, ese fue mi primer error.
—No nos gustan los vagabundos —dijo un vampiro, bajo, gordo y una cicatriz le cruzaba el cuello. Bebo un sorbo de la bebida (en serio, esta cosa sabe mal), no le pongo atención, me fijo en una morena hermosa, me hubiera gustado ser el vampiro que la mordió.
—Los tipos como tú traen mala suerte —me tomó por la camiseta y me inclinó hacia él, me hizo oler su aliento putrefacto. Ese fue su error.
—Solo vine a beber y luego me iré —con el brazo derecho lo separo de mi ropa, la mano izquierda  aprieta la espada.
—Basta, mátalo —dijo una voz dura, sepulcral, era el antiguo— nadie llorará al bastardo.
Busco al que había hablado y lo hallo en el segundo piso, en una especie de balcón, en donde dominaba el lugar, este tipo debía tener más de mil años.
—No he hecho nada, terminaré mi globulina y me marcharé —bebo todo de un solo trago, para demostrar que hablaba en serio.
—No me importa, puedes atraer más como tú a mi morada y eso no me gustaría—. Varios de ellos rieron mientras se acercaban.
Emulando a Musashi, entre mandobles y dentelladas, me abro paso, dejo un camino de vampiros decapitados o con las gargantas desgarradas.
Miro al antiguo y exclamo —espero que me dejen en paz—. Jamás volvería a estar tranquilo hasta que ellos me mataran. Salgo del lugar, corro, robo una de sus motocicletas y tomo la carretera. Me dirijo hacia a Bogotá. A la destruida Bogotá. A la infernal Bogotá. 
Arribo a la ciudad, por la autopista norte, la noche empezaba asesinar el día, diría que me recibió una llovizna como en los viejos tiempos pero eso es imposible. En cambio lo que me recibe fue un calor asfixiante, un olor  nauseabundo que me ahogaba, el ambiente era agobiante. Puedo ver cadáveres en el piso, devorados por las ratas que pululaban en las calles, los autos en medio de las vías, los almacenes saqueados, los edificios consumidos por el fuego. Ésta era Bogotá, una ciudad en ruinas, una ciudad muerta. Ahora que observo el macabro y desolador paisaje, entendía porque habíamos emigrado a las carreteras y abandonado las ciudades.
Desde que se inició nuestro reinado en la tierra, hemos causado grandes cambios en el planeta, su temperatura, su aridez, el hecho de que camináramos en el día, son muchas cosas las que tengo para contarles, sobre mí, sobre mi raza, sobre el fin del mundo. Aunque ahora cobijado por el manto de la noche prefiero escribir la historia de cómo la conocí, la que duerme a mi lado, una pequeña humana que cambio mi vida. 
 Llego a lo que una vez fue el centro internacional. Miro el famoso puente de la veintiséis derrumbado, atravesado por un bus rojo, que en el pasado fue una esperanza y un dolor de cabeza para la ciudad. Me voy a esconder aquí, espero que mis seguidores no me encuentren, sé que los cretinos del bar vienen tras de mí, deseo desistan al ver la ciudad dormida, la noche puede guardar muchos horrores.
Fijó la vista en el viejo hotel, por alguna razón era una de las pocas construcciones que se mantenía en pie y estaba clausurada. Comienzo a escucharlos, uno a uno, los latidos de varios corazones. Había humanos en el hotel. La cena está servida. El ansia invadió mi ser, el olor a sangre tibia me desespera, la calidez de aquellas criaturas que llamaban embriagarme con ellas. Preso por el deseo de probar sangre humana, me bajo de la moto y la dejo tirada en el piso, ese fue mi segundo error.
Trepo por las paredes e ingreso por una ventana abierta. Los latidos palpitaban dentro de mis oídos, como un ciego guiado por el olor dulzón, entro a una de las habitaciones, se encuentra una mujer de unos treinta años, delgada, morena, sentada en la mesa. La saliva llenó mi boca y un hilillo escapó entre los labios, mis manos temblaban, cada célula clamaba por beber de ella. Me arrimo en silencio, mis colmillos crecen, veo su vena latir en su cuello blanco; cuando iba a hincar mis dientes en tan suculento bocado, los encontré, esos ojos negros. Esos ojos negros que me perdieron. Ese fue mi tercer error, mi suerte estaba echada.
Era una niña de trece años, su cabello tenía el mismo color de sus ojos, era alta, sus mejillas tenía un suave rubor que la hacían más apetecible que su madre, lo supuse ya que ambas se parecían. La mujer al verme gritó y en cuestión de segundos estaba rodeado por una treintena de humanos, podía sentir su miedo y no era para menos, con mi espada  y colmillos los despedazaría, y conseguiría sumergirme en una orgía de sangre, lograría beber, beber, hasta perder el sentido, hasta entrar a algo parecido a un coma etílico.
Percibo sus corazones acelerados por el miedo, lo cual me excita, leo sus mentes, hay temor por mí y la incertidumbre por sus vidas se mezcla en sin fin de sentimientos que me hacen permanecer inmóvil. La única que permanece tranquila era la chiquilla, que seguía a mi lado, me tomó de la mano y me rogó que no les hiciera daño.
La tibieza de la niña me relajo y mis deseos de hacerlos pedazos fueron menguando. Entonces escucho y lo que oí no me gusto, mis perseguidores habían llegado y por lo visto había encontrado la moto que  había dejado olvidada.
Respiro hondo y observo por la ventana, eran unos cuarenta vampiros, maldigo al creador, me habían hallado y de paso se ganaron una bonificación, porque si yo los había percibido, ustedes ya lo suponen.
—Malditos, podrían detener sus corazones, ellos pueden oír sus latidos —desenvaino mi espada, arrojo la funda contra la pared y enceguecido por la ira me lanzo por la ventana contra mis enemigos.
Esta vez no peleo como un samurái, peleo como un bárbaro, con violencia, con furia, con desesperación, peleaba por mi vida, por las treinta personas que me observaban desde arriba. Decapité, destajé, destrocé, desgarré, con espada, colmillos y las uñas. Cuando el cansancio y la debilidad empezaban abatirme, venzo al último de mis oponentes. Mis brazos tenían varias heridas, eran diversas dentelladas que había recibido, hasta un corte en el rostro. Me dejo caer contra un poste y doy un fuerte grito de agonía, mirando la masacre que había hecho. Una de las puertas se abrió, los humanos salieron como animalitos asustados y de nuevo me rodearon.
—Toma, es para ti —la chiquilla me ofreció un vaso con un líquido rojo y vi que su mano estaba vendada.
— ¿Qué has hecho?
—Tenía que agradecerte que nos hayas salvado. Esto ayudara a sanar más rápido tus heridas. —No digo nada, pero bebo, su sangre es deliciosa.
—No te cansas de meterte en mi camino, cómo te llamas diablillo.
—Dayana, además creo que eres uno de los buenos.
—No te equivoques, pude ser que no los quiera compartir con nadie —ella sonrió.
—Vampiro… —dijo un hombre de avanzada edad.
Gruño con agresividad.
—… queremos hacer un trato con usted. Si queda con nosotros y nos protege, todos ayudaremos para que calmar su sed.
—Acepto, no es un mal negocio —ni si quiera lo pienso, tenía clavada la mirada de Dayana— además por el momento no tengo nada mejor que hacer. 
Estoy sentado en uno de los balcones del hotel vigilando. Sé que muy pronto nos tendremos que marchar de aquí, el lugar dejo de ser seguro. Qué harán treinta humanos y un vampiro contra miles de depredadores. No sé porque me interesan estas malditas criaturas, tal vez sea el influjo que ejerce esta mocosa sobre mí. Ahora mi deber es que continúen con vida. Por el momento estamos bien en el hotel.
Mi espada está junto a mí y Dayana con su brazo alrededor de mi cuello, descansa sobre mi pecho. Dicen que todo vampiro tiene un alma gemela para que lo acompañe, de pronto esta niña es la mía. Una lágrima de sangre corre por mi mejilla y sonrió.
—Demonios, aún no lo he olvidado, aún me importan mis semejantes. 

Sin titulo


2015-10-09 13:41:34
sorelestat

Cortó trozo a trozo, la piel caía a pedazos sobre el escritorio manchado. De ese modo el escritor empezó su obra magna. Cada corte, cada grito, cada lágrima, cada gota, palabra a palabra fueron quedando plasmadas en el papel. Al ponerle fin a su texto, el escritor cayó muerto sobre la máquina. 

LA CARTA


2015-10-02 20:42:00
sorelestat

La boca me sabe a cenicero. Me duele la cabeza como si una pandilla de enanos hubieran bailado en ella. Me fijo en la mancha amarilla de mi ropa interior, eso significa que me acosté con alguna golfa, espero que el sexo haya sido bueno, porque no lo recuerdo. Mientras los pensamientos se ponen en orden, me doy cuenta que solo visto unos boxer. Me siento horrible, no sé cómo llegue al apartamento. Hay unos calzones sobre la mesa, junto al cenicero que esta atiborrado de colillas, también hay una botella de aguardiente a la mitad. Tomo la prenda interior que alguien dejó olvidada o tal vez la robé como suelo hacer la mayoría de las veces. La huelo, todavía posee su olor, aunque en mi cabeza aún no tiene un rostro. Tengo una erección y me masturbo de forma mecánica y sin inspiración. La vida es una mierda. Limpio el producto de la eyaculación en la ropa interior. Busco entre las colillas y encuentro una a la mitad, la enciendo y fumo con lentitud, mientras pienso por qué mi vida ha llegado a este punto.
Voy al baño y mientras orino, pienso en ella, la que inicio el fin, la que acabó con todo. O tal vez ella tiene razón y siempre debo encontrar a alguien a quien echarle la culpa de mi incapacidad para vivir. De amar. De ser feliz. Pero cuando lo único que tienes en tu vida son tus demonios, tus obsesiones, tus tristezas, tú soledad es difícil ser alguien de bien, como me lo pidió mi viejo cuando me fui de casa. A mi madre ni le importo que me marchara, ni siquiera me dio un beso despedida. De ese modo llegué a la ciudad, con un libro de poemas de Pombo y una edición desgastada de la Vorágine, una muda de ropa, una pesada máquina de escribir y los sueños locos de ser escritor. Por tres años me alimente de la literatura, los cigarrillos fueron la única compañía que tuve, mientras mi obra se acumulaba en un rincón del cuarto en el que vivo, el lugar donde he reído, soñado, llorado, follado, hasta maldecir a dios por haberme otorgado un don tan fútil como mi propia existencia. Todo era perfecto, mis escritos estaban cargados de esa oscuridad que tanto disfrutaba, eran el reflejo de una vida cargada de alcohol y mujeres baratas y feas. Siempre debe existir un pero y ese pero tenía nombre propio Martha, la mesera que siempre me servía un café frio y amargo, en aquella cafetería detrás de la biblioteca donde pasaba las horas inactivas leyendo a Chandler y a Bukowski.
Me rasco la entrepierna. Entro a la habitación, puedo ver un bulto moviéndose entre las cobijas, así que tratando de no hacer bulla, tomo mi ropa y mis cosas. Me visto rápido y en silencio. Bebo un trago grande de aguardiente, enciendo un cigarrillo y salgo antes de que la persona que está durmiendo me detenga. Antes de cruzar la puerta del edificio suena el teléfono, se quién es antes de contestar. Es ella para preguntarme ¿Qué si estoy bien? ¿Qué si desayune? ¿Qué si necesito algo?, le miento, y  cuando creo que me he liberado de ella, me hace una pregunta que me taladra como el dolor de cabeza que juega con mi neuronas, otro día que no voy a escribir ni mierda. ¿De nuevo tomaste anoche cierto? le contesto que no. “No mientas me llamaste a las dos de la mañana, para decirme que me extrañabas, que me querías”. Mierda, cuando será el día que la dejare ir, que podré seguir adelante sin su recuerdo. Pero ni las putas ni ella ayudan mucho. Martha con sus constantes llamadas, con su preocupación por mi bienestar, eran como una piedra en el zapato. Será que nos habíamos apresurado a dejarnos. Pero cuando estábamos juntos pensábamos que nos habíamos apresurado a  hacerlo. Que joda es el amor. Hace cinco meses que ella se fue, que me dijo que era un idiota, que no podía vivir con un tipo como yo, que no quería lastimarme. Ella se marchó después de que insulté la memoria de su padre y le dije que yo era un perdedor, que no iba a hacer nada para cambiar eso. “No lo eres, tienes un gran talento, pero no lo quieres usar”. No me dio tiempo a pensarlo, a pedirle una disculpa, a cogerle una nalga y hacerle el amor ahí mismo, ella era un volcán en la cama cuando estaba enojada. Escupí al suelo y empecé a encender un cigarrillo, mientras ella azotaba la puerta detrás de sí. No sé qué me pasaba, esa carta que esperaba y no llegaba, me estaba comiendo por dentro. Creo que le eche la culpa de mi fracaso, había mandado el manuscrito a una editorial por consejo de ella, el único texto que tenía completo. Había pasado medio año y pensaba que era tan malo, que ni siquiera se habían tomado la molestia de escribir esas palabras inútiles que ya me conocía de memoria, muchos de mis cuentos ya habían pasado por ese proceso, solo había logrado publicar algunos en unas revistas, que la gente no compraba precisamente por sus artículos. “Gracias por tenernos en cuenta para mostrarnos su trabajo, pero en este momento la editorial busca otro tipo de proyectos, así que en el momento no podemos ayudarlo. Adelante y que continúe escribiendo”.  Yo volqué toda mi frustración en ella.
Martha comenzó a sonreírme cuando le regalé unos versos, eran una mala copia de un poema de Benedetti. Me encantaba su forma de contonear sus nalgas y me dije que sería bueno meter la mano dentro de su pantalón. Nuestra primera cita fue una invitación a la cinemateca distrital, fuimos a ver una película francesa que ni siquiera yo entendí. Después le invité a tomarse un cappuccino y le robé un beso que ella no correspondió. De algún modo terminamos haciendo el amor en un motel sucio del centro. La dejé en su casa y yo me encerré en mi apartamento. Me senté frente a la máquina y escribí por más de quince días, había escrito la novela que tenía clavada en la cabeza, de una forma bruta, desbocada, sin aliento, como temiendo que las palabras se fueran agotar. El olor de su piel a jabón barato y su sexo depilado se habían metido en mi cabeza, que si eso es lo que llaman inspiración, fue todo un descubrimiento. Cuando releí lo escrito, pensé que era malo y lo arrojé en un rincón junto a los libros de Mendoza. Me bañé,  me disponía a salir, cuando ella llamó, para preguntarme porque no había vuelto a la cafetería, que si ella había hecho algo malo, sino quería volverla a ver. Le dije que ero lo contrario, que estaba escribiendo y que cuando lo hacía me olvida del mundo. Ella trajo sus propios demonios, sus obsesiones y un gato negro. Colgó sus tangas de colores en el baño y sus cosas de aseo se mezclaron con las mías. Sus libros de historia se fueron intercalando con los míos. Vivimos dos buenos años, hasta que se dio cuenta que la palabra escritor era demasiado para mí. Ella había encontrado el manuscrito cuando intentaba dar orden al caos de la biblioteca. Con sus besos, con sus palabras y con sus caricias, me convenció para que lo enviara. Ese fue el final de todo. Usando una frase de cajón, todo lo bueno tiene que acabar.
Después de despejar mi cabeza, y de averiguar que si la mujer que estaba en el apartamento se había marchado. “Esta vez se lució, era una morena con un culo de antología”, me dijo Carlos, el celador del edificio. Entré a un café Internet, antes de revisar el correo, llamé a Martha, le pedí disculpas, logré convencerla de que nos viéramos en la noche. Dejé escapar una sonrisa, sabía que tendríamos sexo hasta el amanecer, hasta que ella me viera con sus ojos castaños y esa sonrisa que me subyugaba, y me pidiera que me marchara porque tenía que irse a trabajar, jamás me quedaba más de dos días en su cama. Abrí el primer email y ahí estaba lo que esperaba, era un buen día así que lo leí de todos modos. “Santiago hemos leído tu texto y nos ha gustado. Nos gustaría hablar contigo”. Apenas si pude contar las monedas para pagar y salir a la calle, para caminar apresuradamente como sin me siguieran. Con el corazón a punto de explotar. Compré un paquete de Pielroja,  me escondí en el apartamento. Me dejé caer en el sofá y me quedé fumando, sintiendo miedo. Pensando si todo era una broma, un maldito sueño. La palabra escritor empezaba a pesar en mis hombros. Empecé a comprender que ella siempre tendría la razón. 

LEOPOLDO


2015-09-25 14:21:00
sorelestat

Gotas de sangre golpearon mi rostro cuando le destrocé la cabeza con el bate. Eran ellos o yo. Disparé las dos últimas balas contra otra criatura que parecía una mujer que se acercaba con lentitud. Dejé escapar una bocanada de aire, estaba cansado, agotado, muy pronto no tendría fuerzas para continuar está loca carrera que empezó cuando tuve que eliminar a mi familia. Uno a uno los saqué de su pesadilla con mi cuchillo. Ellos creyeron que estaba loco, que el fin del mundo jamás ocurriría, que era otro de mis inventos. Que mi cabeza al fin se había roto y yo me había vuelto loco. Pero esta nueva realidad demostraba lo contrario. Todo cambio cuando exterminé a la primera de esas criaturas que ahora nos acechan. Aquel monstruo se había burlado de mi manuscrito, diciendo que ni siquiera servía de papel reciclado, porque yo lo había impreso en las dos caras. Vi que de su boca botaba una babaza negra parecida a la sangre mientras reía, sus dientes estaban podridos y a punto de caer. Sus ojos fijos en mi estaban vacíos, como una última broma para el escritorzucho, así que le aplasté la cabeza con una edición de lujo del Quijote. Salí corriendo, las personas parecían distintas, caminaban de forma extraña, sus voces eran guturales y parecían el chillar de algún animal. Esto me evocó una película de George Romero. No me importo, pasé a través de ellos, llorando, con mi manuscrito entre los brazos. Llegué a la casa, buscando el calor de la familia, buscando su consuelo, pero lo que vi me sacó de la ensoñación. Mi mujer caminaba arrastrando los pies, del cuello brotaba un chorro de sangre de la mordida que había destrozado su garganta. Al fin había ocurrido, y por Dios, yo había llegado tarde para protegerlos. Tomé un cuchillo que guardaba en una gaveta, con furia ciega lo clavé en su ojo, ella cayó sin fuerza al suelo, aunque no se movía, clavé varias veces el cuchillo para asegurarme que no se levantaría. Mientras trataba de limpiar la sangre que me cubría, miré a mis dos hijos que bajaban por la escalera, esto no era cierto, lloré, ¿por qué ellos? El arma pesó demasiado en mi mano, aun así logré levantarla y liberar a mis hijos de su infierno. Coloqué los cuerpos junto a su madre. Me arrodillé y oré. Subí al altillo, encontré la caja que había preparado hace muchos años, me habían dicho que era una estupidez, pero los objetos que en ella estaban serían la diferencia entre la vida y la muerte. Contenía un bate de madera, tres pistolas, dos cuchillos estilo Rambo, un chaleco y el machete de mi padre. Me preparé, estaba listo para la guerra. Aquellas criaturas pagarían por lo sucedido con mi familia.
La primera bala le quemó la sien derecha. Uno de los policías diría que era sorpréndente que después de veinte disparos el hombre aún se mantuviera en pie y con fuerza para atacarlos, su compañero había perdido la mitad de la mano cuando este le lanzó un mandoble con el machete. Aun así ellos no habían tenido compasión del hombre, había asesinado a veintitrés personas, incluyendo a su editor y a su familia. Así que lo acribillaron con todo lo que tenían, de ese modo Leopoldo García se desplomó a la mitad de la avenida, creyendo que había rotó el record de Rick Grimes.


EL RITUAL



2015-09-18 13:57:00
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De nuevo dio inicio a su ritual. Se puso unos calzones, su pene empezó a endurecerse al sentir la suavidad de la tela.  El sostén le apretó un poco y le gustó. Después se vistió con unos leggins negros, esto hizo que unas gotas de semen mancharan la ropa interior, imaginar que aquella prenda se ceñía a las piernas, al culo de la mujer que en pocos momentos recibiría su amor lo enloqueció. Antes de maquillarse olio una diminuta tanga usada, esto termino por completar su erección. Se calzó unas botas de puntilla que le llegaban a la rodilla. Era hora de ir  donde estaba la mujer que lo esperaba amarrada a una silla. Se acercó a ella y con delicadeza le limpió las lágrimas. Después la besó, mientras se restregaba contra su pecho. La mujer lo mordió y él con rabia la abofeteó haciéndole sangrar los labios. Hubiera podido durar un poco más pero la muy puta se resistía. Acarició la tela de la ropa que vestía, le excitaba. Lanzó el puño contra el abdomen de la mujer. Tomó unas tijeras, le destrozó las ropas. Su pene amenazaba con romper el pantalón,  lo frotó contra su rostro haciendo que éste se manchara de sangre, lágrimas y mocos, que se mezclaron con el semen de su primera eyaculación.  Ese era el aviso de que el fin había llegado. Cogió una bolsa y la puso en la cabeza de la mujer.  Con una mano apretaba la bolsa y con la otra acariciaba su pene que de nuevo estaba erecto, la mujer empezó a moverse cuando el aire le hizo falta. Todo duró cinco minutos. Eyaculó sobre la bolsa cuando la mujer dejo de moverse. Se desvistió y arrojó la ropa a un rincón, ya no le interesaba. Se vistió con lentitud, limpió su sotana y se fue a preparar el sermón del próximo domingo.

EL PASO DE LA MARABUNTA


2015-09-11 14:09:24
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(Primer puesto, I Concurso de Poesía y Cuento Internauta Internacional. Venezuela. 2012. Realizado por el escritor venezolano Laab Akaakad)

La tierra tembló cuando hicieron su entrada como un batallón alemán, marchaban como un solo hombre. La quietud de la noche y la paz del silencio fueron rotas en el momento que ingresaron a la colonia. Al fin las hormigas rojas habían atacado al hormiguero.
La alarma en el territorio de las hormigas negras sonó por todas las cavidades de su hogar. Los soldados presos del sueño se preparaban a hacer frente al devastador ejército comando por el general Grant. Su nombre era temido por las hormigas, insectos y algunas aves que habitaban el valle. Las rojas eran hormigas soldado, guerreras. El general había asumido el poder de la colonia, derrocando a la reina, condenándola a su rol de procreadora de nuevas hormigas.
En la sangre del general corría esa sed de conquistar que tienen las marabuntas. Con su inteligencia y ambición había sometido a casi todas las colonias de la región. Nadie se resistía a su poder. Como el emperador francés gobernaba con mano de hierro a los demás clanes que se habían rendido a él, los que se resistieron fueron aniquilados sin remordimiento. Él se jacto de su suerte cuando hizo su entrada al hormiguero de las negras, conocidas como las más pacificas del valle. Movió sus antenas y mandó a sus coroneles a invadir, convencido que las negras no serían ningún problema.
—Busquen a la reina, si la capturamos pronto, las demás se rendirán —gritó a sus hombres.
El capitán Frank, de las negras, dejó escapar un suspiro y se preparó. Miró su batallón y rogó al cielo que la idea de esa maldita hormiga tuviera éxito. No podía entender que el futuro estuviera en manos de una obrera, un ser inferior en el orden social de la colonia. Aun así estaba dispuesto a llegar al final de esto. Se despidió mentalmente de su reina y gritó:
— ¡AL ATAQUE! —Así fueron a la muerte el capitán Frank y sus hombres.
Treinta minutos después un capitán de las rojas se acercaba al general para darle su reporte.
—No hay nadie señor —la voz del capitán se volvió nerviosa al ver el movimiento irregular de las mandíbulas del general. —No hemos encontrado a la reina. Solo unos pocos soldados que no ofrecieron resistencia.
Cortó la cabeza del capitán en un gesto de rabia. No entendía que estaba pasando. Trataba de comprender que se habían hecho los habitantes del hormiguero. Sabía que su ejército era temido, pero no creía en las victorias fáciles. Era en este punto donde no entendía su afán de conquistar y poseer, su propia naturaleza jamás dejaría que él se estableciera en ningún lugar. Giró sobre sus patas al escuchar el sonido que lo sacó de sus cavilaciones, este provenía de afuera. Movió sus antenas para averiguar qué sucedía, en ese instante la cabeza de una hormiga roja fue a parar entre sus extremidades.
Las tropas negras hicieron su aparición, iban comandadas por una hormiga pequeña, que movía sus antenas con tal autoridad, que los soldados la seguían sin poner en duda sus órdenes. El general al verse emboscado, enfureció y fue contra las negras despedazándolas con sus temible quijada. Las rojas a pesar de su crueldad fueron cayendo una a una bajo el ataque. Aquella hormiga, que era la más insignificante, creó la estrategia que había encerrado al general Grant en el hormiguero. Al ser informada por una avispa de que ellas eran el siguiente objetivo ante el paso inexorable de las marabuntas. Había contado su plan a la reina, el capitán Frank fue el primero en reírse de las ínfulas de aquella hormiga. Después de escucharla con atención, creyó en ella o en esa pequeña ilusión de que la colonia podía sobrevivir al paso de las rojas.
La pequeña hormiga, se estremeció al ver caer a sus camaradas, le dolía pensar que estas morían por su plan. Quería marcharse, salir huyendo, pero en su cabeza retumbaban las palabras del capitán Frank: “Es la única forma que existe, muchas caerán, pero tal vez logremos salvar al resto”.  En ese momento se encontró con el cuerpo de su amigo y como si se llenara de valor al ver el sacrificio del militar, dio la orden para que arremetieran contra el enemigo, que se defendía con fiereza. El general no se resistía a caer, por tan inservible especie, fueron muchas las hormigas que cayeron bajos sus mortales mandíbulas. En su carrera desbocada se encontró con la obrera que daba las órdenes para exterminar a las últimas marabuntas que quedaban con vida.
Cuando la pequeña obrera empezaba a estar convencida de su victoria, se estrelló contra el general Grant. Ambas hormigas se miraron, se estudiaron, las dos sabían que solo una saldría con vida. Las antenas de la obrera temblaron al ver a su oponente. El general creía que era estúpido, que era imposible, pero al observar que los soldados de las negras, seguían las ordenes de la obrera, supo que esa minúscula hormiga era la causante de su derrota. Ella pagaría, ella moriría. Y el general se lanzó sobre ella, al primer ataque del general, la obrera se agachó pero una de sus antenas quedó atrapada entre las fauces de su enemigo y éste sin dudarlo la partió en dos. Con  sus patas tomó a la diminuta hormiga y la tiró contra las rocas, ésta se estrelló con fuerza y una esquirla de madera le arrebató su ojo derecho. El dolor era insoportable y a medida que avanzaba el tiempo la debilidad se apoderaba de su cuerpo. La obrera entendió que había llegado su muerte, tuvo miedo, pero sabía que había quedado grabada en la memoria de sus congéneres por su acto desesperado que había salvado su hogar. Pensó en el Capitán Frank y se dijo que el debió morir con orgullo. Se levantó, su cuerpo temblaba y esperó la ofensiva de la enfurecido general. En el último instante, se arrojó contra él y clavó sus mandíbulas en una de sus patas, quedando debajo de su cuerpo. El general fue abordado por la desesperación ya que no podía alcanzar a la negra con sus tenazas, la arrastró contra la tierra, pero la obrera se aferraba con tal tenacidad, que el general empezó a dudar de su cordura. Una de las patas de la pequeña hormiga fue despedazada contra el suelo. Sintió que la fuerza la abandonaba, cerró su ojo bueno y se despidió del mundo. Varios soldados al ver la escena entre el general y la obrera, corrieron en ayuda de su camarada y dieron muerte al gran general Grant.
La obrera intentaba mantenerse erguida a pesar de sus heridas, mientras las hormigas que habían sobrevivido le rendían honores, ya que gracias a ella aún estaban con vida.



Sin titulo


2015-09-04 13:52:12
sorelestat

Estaba de frente a la eternidad. Era el final. Abrí los ojos y estaba en mi cuarto. Mierda, ni siquiera la muerte me quiere.

EL TRONO



2015-08-28 13:27:36
sorelestat

Observó el trono vacío. Abba llevaba mucho tiempo desaparecido. Se sentó en la silla. Tenía curiosidad. En ese momento empezó a sentirse cansado, sus hombros le pesaron, su barba y cabello encanecieron, envejeció cien años en un segundo. Comprendió lo difícil que era ser Dios.

SANDRA


2015-08-21 13:38:00
sorelestat

Dejé de entender sus palabras cuando me perdí al ver la transparencia de sus calzones, cuando cruzó las piernas a lo Sharon Stone. Sonrió al ver que su movimiento no había pasado inadvertido. Sacó un cigarrillo y lo puso entre sus labios, rojos por el lápiz labial. Si Dios quería burlarse de mí, lo hizo en el instante en que mi verga se puso dura por ese par de piernas enfundadas en unas pantimedias del mismo color de su vestido, que se amoldaba a las curvas de su cuerpo. Su cabello negro caía sobre sus hombros desnudos, que yo quería marcar con mis dientes.
—La gorda Fanny me dijo que usted podía hacer el trabajo  ­—dijo, mientras  acomodaba la tira de su sostén, haciendo que sus senos amenazaran con escapar de él. Traté de disimular una sonrisa, fume mi cigarrillo en dos bocanadas.
Organizando las ideas en mi cabeza e intentando disimular mi erección. Le pregunté — ¿Qué puedo hacer por usted?
De nuevo abrió su bolso para sacar un fajo de billetes y una fotografía que puso en la mesita de centro —Quiero que lo mate.
Yo, como el profesional que era, o solo porque quería alejar la idea de tirármela ahí mismo, tomé los billetes y los conté con lentitud. Los volví a poner en el mismo lugar y cogí la foto. Casi me voy de culo al ver el rostro del hombre. Después de un par de minutos, cuando logre calmar mi risa malsana, dije:
—Esta debe ser una puta broma.
— ¿Qué sucede? —dijo ella, de nuevo acomodándose el escote.
— ¿Quién es él?
—Mi esposo, el maldito me puso los cuernos con mi hermana.
—El mundo es un pañuelo y el amor estúpido. Su esposo vino hace una hora, a pedirme que hiciera lo mismo con usted y él ofreció el doble de lo que usted está pagando
—No tengo más dinero, pero yo haría cualquier cosa para que…
De nuevo dejé de escucharla, quería pensar qué era lo que debía hacer. De nuevo me mostró la trasparencia roja que cubría la vagina que mi pene quería penetrar. Encendí un cigarrillo y me dije: debería cobrarles a los dos por adelantado, tirármela y matarlos a ambos, en ese orden. Libraría al mundo de dos seres que intentaron amar, pero se dejaron ganar por sus pasiones, según el hombre ella también lo había engañado y tenía con qué. Como el estúpido que soy, hice mi elección, sin imaginar que besar ese par de tetas sería mi perdición.


DECLARACIÓN


2015-08-14 12:59:00
sorelestat

—Vengo a entregarme, quiero que me arreste.
­—No se preocupe, usted no inició nada. Además nadie hablará sobre lo sucedido.
—A la mierda los demás. No debí actuar así. Un hombre que habla del pacifismo, que practica las enseñanzas de Gandhi nunca haría esas cosas.
—Pero cuando llegamos usted también lo estaba golpeando. Yo vi cuando lo pateaba en la cara.
—Lo sé. Me dejé llevar por la gente, por los gritos. Es que ver la sangre, a la mujer herida, daba rabia.
—Pero para eso estamos nosotros.
—Eso pienso. Pero en ese momento solo quería lastimarlo, destrozarlo.
—No importa, el tipo no está muerto.
—Usted no me entiende, ese no era yo. Eso creo…

Sin titulo


2015-08-07 14:50:35
sorelestat

—Te voy a dar mi culo, pero no me dejes —dijo ella mientras lo sujetaba contra la pared. En ese momento él comprendió que ella lo mataría.

Sin titulo



2015-07-31 12:40:00
sorelestat

Una hoja en blanco. Un crimen sin solución. Una mala historia. Unos personajes acartonados. Un escritor sin inspiración. Varios recibos acumulados. Una esposa grita y jode. Un arma. Una idea.  El escritor sonríe. Cuatro mujeres asesinadas. La policía sin pistas. Una editora satisfecha. La gran novela terminada. 


EL SACERDOTE


2015-07-24 13:10:17
sorelestat

Limpió con las manos su raída sotana, le gustaba su pequeña iglesia, un lugar tranquilo, sin mucha presunción, olvidado en las montañas de Caldas.
TENÍA SED.
También era hora de abrir, para que entraran las viejas beatas de aquel pueblo de cuento. Abrió las grandes puertas y la luz de la luna le pegó en su blanco rostro. La gente no había dicho nada a los cambios hechos por él, se atendía confesión de seis y media a siete y media de la noche, la misa era a las ocho, y los sábados se oficiaban bodas, bautizos y entierros.
TENÍA SED.
Pasó la lengua por sus resecos labios y se sentó en el confesionario cuando vio que la primera en cruzar la entrada fue doña Teresita, una viuda de setenta y dos años, que noche tras noche venía a confesarse. O mejor a contarle esos sueños cálidos que tenía con él, desde que su marido había muerto. Dio un suspiro con desgano. Sus ojos claros se fijaron en una mujer de unos treinta años, una hermosa morena, quien se puso detrás de la anciana.
TENÍA SED.
Escuchó pacientemente a doña Teresita, que poseía una voz suave, lenta, tomando aliento entre palabra y palabra. Después de quince largos minutos, le dio la absolución y le dijo que se verían en la misa. Esperó hasta que la viuda se marchó y se acercó a la mujer que esperaba sentada junto a la estatua de San Antonio.
—Que se le ofrece hija —dijo.
—Padre es que quisiera que me dejara pasar la noche en la iglesia.
— ¿Cómo?
—Es que mi carro no quiere andar y en este pueblo no he encontrado un hotel o un mecánico.
—Es que somos un pueblo pequeño. Tendremos que llamar a Martín, es el único mecánico en los alrededores, pero vive en el Morichal.
—Entonces padre…
—Cierro la puerta y ya veremos cómo te acomodamos en la sacristía.
—Gracias.
Cerró y se dirigió hacia ella. —Sigue hija mía.
Ella empezó a caminar delante de él, se fijó en las nalgas de la mujer que eran enmarcadas por un leggins negro que dibujaba unas torneadas piernas, el topcito que cubría sus grandes senos dejaba al descubierto un ombligo juguetón. Mierda, él también era hombre y como tal, en ese momento no creía en sotanas, vocaciones o celibatos.
Se lanzó sobre ella y clavó sus colmillos en su desnudo cuello, al fin podía calmar su sed.


Sin titulo


2015-07-17 12:55:40
sorelestat

Se vistió después de hacerle el amor. Tomó el calzón de ella y lo guardó en el bolsillo. La besó en la boca, sus labios estaban fríos. La habitación olía mal, pero él ya empezaba a acostumbrarse a ello. Treinta años habían pasado desde que le robó su primer beso. La cubrió con la sabana y la dejó dormir. Salió de la habitación y cerró con llave. Nadie podía saber que estaba allí. Todos creían que había muerto hacía un par de meses.

Sin titulo


2015-07-10 13:26:46
sorelestat

El cuchillo cayó al suelo. Su cuerpo estaba cubierto de sangre. Una muchedumbre lo esperaba. Pudo sentir su odio. Él dibujó una sonrisa en el rostro.  Nada importaba, ya estaba hecho. El cambio empezaría  pronto. La primera piedra que lo tocó lo hirió en la cabeza. No dejó de sonreír, aunque un hilillo de sangre corría por su frente. Varios individuos le dijeron todas las palabras con las que se puede insultar a una persona. Las rocas empezaron a caer más rápido, hasta que una mujer se acercó e incrusto su tacón en la rodilla del hombre que seguía inamovible. Las personas se acercaron y lo golpearon. Halaron su cabello. Una anciana le arrancó uno de sus ojos. Una niña ayudada por su madre, le destrozó el brazo derecho con un martillo. Un negro se quedó con el pene y sus testículos en la mano. Mi abuelo le estranguló el corazón. Pero él jamás dejó de sonreír, al fin y al cabo él era el hombre que había asesinado a Dios.

¡RATA!


2015-07-03 13:44:00
sorelestat

Me recosté contra el poste, el dolor era insoportable. Sentí que mis pulmones se llenaban de sangre mientras caía al suelo. Eso de que la vida pasa frente a tus ojos al morir es pura mierda. Solo existían dos imágenes en mi cabeza. Una era la de la mujer que me esperaba en casa. Y la otra era el rostro del hombre que había clavado varias veces su puñal en mi pecho. Jamás olvidaría su rostro. Traté de gritar una maldición, pero las palabras fueron ahogadas por la sangre que invadía mi boca. Aquel hombre que me había atacado por el celular y cincuenta mil pesos que habían en mi bolsillo, era el mismo que yo había defendido esta mañana de ser linchado por la gente que le gritaba: ¡Rata! ¡Hay que darle como a rata!

EL VAMPIRO


2015-06-26 13:29:00
sorelestat

El vampiro posó la cabeza en el hombro de la mujer dormida. La besó en labios con ternura y puso con suavidad los colmillos sobre su yugular. Quería morder con fuerza. Podía escuchar el latir de su corazón. El olor a sangre se metía por la nariz, llevándolo al borde de la locura. Sólo tenía que apretar, romper, beber y ella sería su amante eterna. Llenaría el vació de su extensa soledad. Una lágrima de sangre brotó y asustado retiró la boca.
No puedo hacerlo —pensó—, no puedo destruir su belleza. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo amar un rostro pálido y frío, cuando lo que adoro es la inocencia de sus ojos grises, el rubor de sus mejillas, el rojo de sus labios? ¿Cómo despedazar ese ser tan maravilloso que me hechizó desde el momento en que nuestras manos se tocaron? ¿Cómo condenar a la mujer que amo a cargar con mi maldición? Suficiente es que en este mundo existan monstruos como yo. Sedientos de sangre. Viendo el correr del tiempo, mientras los humanos se marchitan, viviendo sus vidas al máximo, siendo creadores y destructores. ¡NO! No es justo. Lo siento, amor, no puedo hacerlo. Vive y sé feliz, mientras vuelvo a sumergirme entre las sombras, como un criminal. Lo soy, por culpa de la sed, he asesinado a demasiadas personas. Cada cadáver pesa tanto que duele, pero ningún remordimiento puede superar el dolor causado por la necesidad de beber.
El vampiro se levantó de la cama y cubrió la desnudez de la mujer con una sábana de seda. Salió al balcón. Esperó. Sus ojos se llenaron de lágrimas rojas, cuando pudo ver la majestuosidad del astro rey. Lanzó un beso de despedida a la mujer que acaba de despertar, estaba asustada y se preguntaba por qué aún seguía con vida. Él cerró los ojos mientras su piel empezaba arder.

EL ESCRITOR


2015-06-19 13:14:00
sorelestat


Ilustración Hieloh
El dolor golpea mi cerebro, siento mareo, tengo deseos de vomitar, de expulsar de mi interior toda esa furia que tengo contenida por tu culpa. Anhelo golpearte, hacerte entender que no siempre las cosas deben salir como tú quieres.
Bebo dos vasos de ese líquido amargo y espeso que tú llamas jugo de guayaba. Me siento frente al computador y mientras este se enciende, pienso en esa frase que le dije alguna vez a un periodista cuando empezaba mi carrera: “Me hice escritor para no convertirme en un asesino”. Fumo con frenesí, las colillas se van acumulando. Trato de ver a través de la abertura que hay entre mi estudio y nuestro cuarto, con la esperanza de que no estés, que te hayas marchado con una de tus hermanas, ojala con la que más me odie y te convenza de que no regreses. Pero como dije, nada es como uno quiere. Puedo ver el bulto que forma tu cuerpo por debajo de las cobijas y por el movimiento sé que estas llorando, aguardando a que vaya a consolarte. No es así, aprieto los dientes tratando de frenar ese impulso que tengo de lastimarte.
Empiezo a mover los dedos sobre el teclado. Las palabras se van formando en mi cabeza y en el computador. Comienzo a describir nuestro cuarto, parece un buen lugar para iniciar un nuevo relato. El protagonista es un hombre que está de pie en la puerta, observando cómo su esposa duerme, como su respiración armoniza con el tic tac del reloj de su mesita de noche. El hombre empuña un cuchillo. Mira con tristeza el rostro de su mujer alumbrado por la luz mortecina que interrumpe por la ventana. Hace frio, pero él no lo siente, su sangre hierve. Se ha quitado los zapatos, camina con lentitud amortiguando sus pasos mientras se acerca. Su corazón se acelera. Los sonidos de la noche se hacen aterradores. Traga un sorbo de saliva. Preocupándose solo por calmar esa pequeña obsesión, ese deseo de terminar con el sentimiento de insatisfacción que le provoca ella, ya ni en la cama las cosas funcionan para los dos.
Se detiene creyendo que ella ha despertado al cambiar de posición.  Piensa con amargura, como esa mujer a la cual amaba, a la cual le había prometido amor ante el altar, puede ser la mujer que ahora detesta. Ha llegado el momento, no se detendrá, terminará con toda esa furia que bulle en su corazón. Levanta su brazo y observa cómo la sombra de su mano empuñando el cuchillo cae sobre el cuerpo de la mujer, el metal entra rompiendo lana, tela, piel, penetrando su carne hasta la empuñadura. Siente mareo cuando lo saca y lo levanta de nuevo por los aires, brota un chorro de sangre que baña su rostro… esto le enfurece más, de nuevo el arma cae sobre la mujer que empezaba a despertar para darse cuenta del horror del cual hacía parte. El acero entra por uno de sus senos y lo destruye cuando sale de nuevo, para volver a caer introduciéndose en el ojo y despedazar su cerebro. El hombre  sin conocimiento, como un autómata repite una y otra vez el mismo movimiento hasta que el cuerpo de la mujer es un guiñapo de carne y sangre.
Sale de la habitación con dificultad, sus pies parece no tener fuerza para moverse. Vomita sobre el suelo de madera, tratando de limpiar la sangre que impregna su rostro empieza a buscar la puerta hacia la calle…
Tomo un receso, iré a la cocina para tomarme una cerveza, para despejar la mente con un cigarrillo, para encontrar el hilo conductor de esta primera escena y lo que tengo en la cabeza. Paso por nuestro cuarto, la luz está apagada, al fin has decidido dormirte, no tengo ira, tal vez más tarde me acueste junto a ti. Al ver mi reflejo en el espejo veo que mi cara está sucia. Caigo de culo contra el suelo, la sangre empieza a manchar todo.


MONSTRUOS


2015-06-12 12:56:00
sorelestat

Dos balas de plata en la frente. —Adiós —dijo el hombre lobo.
Una estaca en el corazón. —Adiós —dijo el vampiro.
Y Frankestein sonrió. 

EL MOSQUITO


2015-06-07 14:36:40
sorelestat

Ilustración Hieloh
El mosquito se posó en su brazo. El posó la mano en el mosquito. 

EL DESEO DEL ASESINO


2015-05-29 12:58:12
sorelestat

Ilustración Hieloh
Su silencio me desespera. Estrello mi puño contra su rostro. Aprieto el cuchillo. No puedo hacerlo,  si él muere todo terminará antes de que yo encuentre una solución. Está atado a la silla, mantiene su mirada fija en el computador. Sé que si continua escribiendo moriré y en el proceso asesinaré a la mujer que amo.  Él me mira y sonríe a pesar de que la sangre brota de sus labios. Le pertenezco, soy su creación, él es mi dios. Soy gordo, pequeño y cojeo de la pierna izquierda, lo que me ha atado a una muleta de por vida. Quiero preguntarle porque me hizo así, pero no hay tiempo, debo pensar en cosas más importantes. Su nueva novela no lleva más de doscientas páginas y yo ya he asesinado a quince personas. Y la siguiente en la lista es la mujer que me mostró sus piernas y me permitió besarla a través de su ropa interior de pepitas. Como asesinar a la mujer que me mostró el cielo, que no se burló de lo bizarro de mí figura.
Todo comenzó después de que ella y yo hicimos el amor por primera vez. Al principio pensé que esa voz que escuchaba era igual a las otras que habitan en mi cabeza, las que me han aconsejado matar. Con el tiempo supe que era el escritor y qué era lo que se proponía. De ese modo lo busqué y lo detuve. Para evitar que ella muriera a manos de éste loco que ha bañado sus palabras en sangre.
Mierda. Mierda. Mierda. Es la única forma. Alguien más debe morir para que ella sobreviva. No lo pienso más. Lo hago. Paso el cuchillo por mi garganta…
El escritor se deja caer, rompiendo la silla, liberándose de su atadura. Con premura se acerca al computador y con la respiración entrecortada empieza a escribir:
El hombrecillo cae al suelo después de cortar su garganta con el cuchillo. Él cree que es la única forma de ahogar sus deseos de matar. La forma de salvar a la mujer que ama. Pero el cuchillo no ha dañado nada importante. Él se salvará, si la ambulancia no se tarda en llegar…
Golpean la puerta, el escritor se levanta de su lugar. Mira al hombrecillo y exclama:
—Aún no puedes morir, aún necesito matar a la puta de mi esposa.