Mi hermano tiene que
meter la pata siempre, hasta para morirse hace un gran espectáculo. Tenía que
morirse cagando mientras el veneno le quemaba la sangre. Él era el más estúpido
de los dos, no entiendo por qué no compró el maldito billete como hicimos
todos. Era el único que no creía en sus palabras, en su don, en su maldición
como él mismo la llamaba. Todo empezó cuando él predijo la muerte del cura, que
murió aplastado por la crucifijo del altar. Le dijo a mi esposa que huyera
porque pronto yo descubriría su resbalón con mi mejor amigo, aun así encontré a
la puta y le enseñé que nadie juega conmigo. En el barrio habían desaparecido dos ladrones y un indigente antes que cometieran los delitos con los cuales sobrevivían.
Aún recuerdo el rostro del anciano que linchamos, con lágrimas y mocos nos
juraba que él no había tocado a su nieta de diez años, pero mi hermano había
dicho que eso ocurriría y nosotros le creímos. Así que el día que exclamó que
tenía los números de la lotería, todos la compramos. Ahora todos somos un poco
más ricos y él es comida de los gusanos.
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