Estoy a
tu lado y creo saber lo que tengo que hacer. El anciano me ha metido ciertas
ideas raras en la cabeza. No sé si tendré la fuerza para hacerlo, trato de
erradicar éste pensamiento mientras te observo acostada en ese ataúd. Me repito
que estás muerta, no obstante parece que sólo estuvieras dormida. Me inclino y
beso tus helados labios. Aprieto con fuerza el trozo de madera que debo clavar
en tu corazón. El manto de la noche empieza a cubrirlo todo y ruego que aquel
loco esté equivocado. Puedo ver como tus mejillas se sonrojan, como tus labios
se tiñen de rojo. Dejo caer el madero y el martillo cuando abres los ojos.
Entonces comprendo porque estoy aquí. A que vine a éste lugar. No fue para
matarte. Guardaba la esperanza de verte de nuevo. No tiemblo, aun cuando tengo
mis ojos fijos en tus colmillos. Te acercas a mí y no me muevo de mi lugar.
Quiero darte un último regalo, mi sangre, mi vida. Te abrazo cómo lo hacía
cuando estábamos juntos. Cierro los ojos y puedo sentir como me desgarras la
garganta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario