Camino
con lentitud, la lluvia se mete entre mis huesos. Intento encender un
cigarrillo, alcanzo a darle tres chupadas antes de que se apague, mis
ropas están empapadas, no me importa, no sé que hago bajo la lluvia
que azota la ciudad, solo siento la tristeza carcomiendo mi corazón,
devorando mi cerebro. Estoy
al borde de la locura, trato de sonreír, algunas veces quiero ser
feliz. Sigo en mi marcha sin fin, cruzo el centro de la ciudad y me
dirijo hacia el sur. Continuo avanzando, uno de mis zapatos se
despega, mi pie sangra por una piedra que piso. Me detengo y abro los
ojos, veo que
estoy en el lugar que
alguna vez llamé hogar.
Las luces están encendidas, escucho voces, el corazón me duele.
Podría golpear la puerta, adentro encontraría un plato de comida
caliente, tal vez aún guarden uno de mis zapatos, tendría un abrazo
y un beso de mi hija, soportaría la mirada de reproche de mi mujer;
pienso, creo por un instante que eso alejaría mi depresión por un
par de horas. Sonrío con la idea, me acerco a la puerta con la
intención de tocar,
no podre evitar que me vean como un fracasado, hace 6 años me
fui, porque me iba a
convertir en escritor; lo único que he conseguido es que tres
editoriales me rechacen, cinco cuentos publicados, no he ganado un
centavo con ellos y ceder varios poemas a un poeta, para poder comer.
Así que retomo mi marcha, me alejo, esperando que mi ropa se seque
para ir a la iglesia de San Judas por un poco de sopa caliente.
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