Se sentó en la silla
del parque como lo hacía desde hace 100 años. Abrió el ajedrez y mientras su
compañero llegaba empezó a acomodar las piezas. Se sacudió el azufre de sus
hombros y bebió un coca cola fría para enfriar su garganta. Leyó dos cuentos de
Borges, su amigo no llegaría, pasaron cinco meses desde la última vez que se encontraron.
No quería pensar que estaba solo. Debía aceptarlo, Dios había muerto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario