Me hice escritor para no convertirme en un asesino.

jueves, 7 de febrero de 2019

EL HUÉSPED


La lluvia brotó de la nada. Tuve que detener mi caminata y buscar refugio en esa pequeña vivienda en medio de la nada. Golpeé la puerta. Sonreí, la casa parecía sacada de una vieja película de viernes 13. Una niña de unos ocho años me abrió la puerta, estaba sucia y uno de sus ojos era cubierto por el párpado que caía en forma de grano; se le unió un niño más pequeño, su rostro estaba marcado por el sarampión. Vino un hombre grande y gordo, sus dientes tenían rastros de lo último que había comido. Con su mano grasosa me dio la bienvenida, me invitó a seguir, me llevó a la mesa para compartir su cena que consistía en arroz y garbanzos duros. Su mujer que tenía el cabello sucio y desordenado, vestía un vestido transparente que dejaba ver un par de tetas caídas y unos calzones viejos que no podían ocultar el gran tamaño de sus nalgas. Eran amables, trataban de hacer amena la comida. Yo esperaba el momento en que aparecería Latherface con su motosierra. Me ofrecieron un café, algo amargo y frío. Lo bebí, pensé que no habiendo más, no podía ser exigente, así que saqué los cuchillos que guardaba en mi maleta y di comienzo a mi festín.

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