La
lluvia brotó
de
la nada. Tuve que detener mi caminata y buscar refugio en esa pequeña
vivienda en medio de la nada. Golpeé
la
puerta. Sonreí, la casa parecía sacada de una vieja película de
viernes 13. Una niña de unos ocho años me abrió la puerta, estaba
sucia y uno de sus ojos era cubierto por el párpado que caía en
forma de grano; se le unió un niño más pequeño, su rostro estaba
marcado por el sarampión. Vino un hombre grande y gordo, sus dientes
tenían rastros de lo último que había comido. Con su mano grasosa
me dio la bienvenida, me invitó
a
seguir, me llevó
a
la
mesa
para
compartir
su cena que consistía en arroz y garbanzos duros. Su mujer que tenía
el cabello sucio y desordenado, vestía un vestido transparente que
dejaba ver un par de tetas caídas y
unos
calzones viejos que no podían ocultar el gran tamaño de sus nalgas.
Eran amables, trataban de hacer amena la comida. Yo esperaba el
momento
en que aparecería Latherface con su motosierra. Me ofrecieron un
café, algo amargo y frío. Lo bebí, pensé que no habiendo más, no
podía ser exigente, así que saqué los cuchillos que guardaba en mi
maleta y di comienzo a mi festín.
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