Mientras
cruzaba el puente peatonal, la madre se detuvo a contestar el teléfono, soltó a
su hijo por un minuto. El niño asomó la cabeza y escupió. El salivazo cayó
contra el carro del político, que pensaba en
los calzones de la joven que fue a pedirle
trabajo. Frenó con fuerza al ver la mancha en el parabrisas. El policía que se
preguntaba si su mujer lo engañaba, se estrelló contra él. El señor cura al
tener que detenerse maldijo su suerte, llegaría tarde a la cita, la mujer que
le había prometido una tarde de sexo se marcharía creyendo que era un cobarde. El reverendo bajó del automóvil marcando el
teléfono. El chófer de la buseta logró verlo y paró en seco, haciendo que la
viejita se orinara en los pantalones. El tipo empujó la mano más adentro de los
pantis de la estudiante, la señora que iba sentada, lo golpeó con el bolso y le
gritó pervertido. El ladrón se hirió con
el puñal que llevaba en la pretina del
pantalón, no había podido tomar el celular de la joven que la contaba a su
amiga, que su nuevo novio era un fiasco en la cama. El taxista dio un bostezo y
no pudo evitar meterse debajo de la buseta. Este salió enfurecido y amenazó al chófer con la cruceta. El conductor
sacó el revólver que tenía bajo la silla. Disparó tres veces al aire. El joven
escritor que iba soñando con el premio Nobel no se dio cuenta cuando una de las
balas le atravesó el cerebro.
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