La
primera piedra que se estrelló contra él le reventó un ojo. El
policía no entendía que sucedía, por qué la turba enardecida iba
contra él. El color de su uniforme había bastado para que se
convirtiera en objetivo de aquellas personas que clamaban justicia.
Quiso decir algo, pero alguien le hizo saltar cuatro dientes cuando
lo golpeó con un palo. El siguiente impacto le destrozó
el tabique. Sintió como un cuchillo entraba por su espalda y
perforaba el hígado, el estómago se llenó de sangre. Quiso gritar
y
lo hizo. Las personas vieron esto como un desafío, siguieron
descargando su frustración sobre él. Lloró mientras el filo de un
puñal le
hacía
trizas el
pulmón izquierdo. Las
neuronas no trasmitían sensación alguna, así que no sintió nada
mientras era arrastrado por las calles, soportó aquella tortura por
cuatro horas, hasta que una de sus lágrimas tocó el asfalto. Su
cerebro quedó
contra la acera por un disparo de su propia arma. Una niña esperaba
la llegada de su padre, para saber qué pasó con la Cenicienta.
La madre aguardaba a su marido para decirle que de nuevo sería
padre.
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