Cuando
tuvo que pedir disculpas por haberle dicho a su vecino: Negro güevon,
decidió no volver a hablar. No quiso aprender el lenguaje de señas,
para que nadie se comunicara con él. Dejó de escribir, así no
tenía que dar explicaciones por su forma de pensar. Pasaba sus días
sentado en el parque mirando a los demás. El anciano que quería
meter la mano dentro de los pantalones de la joven. El tipo que
golpeaba a su mujer a la vista de todos. La mujer que insultaba a su
esposo mientras mandaba una foto de ella en ropa interior. El pobre
chico que caminaba con las manos en los bolsillos pensando en la
muerte, la chica que le gustaba estaba embarazada de su mejor amigo.
El homosexual que miraba a todos por encima de sus hombros. La
abogada que gritaba improperios contra los hombres y exigía ser
trata como una damisela. El cura que hablaba de amor, mientras
pensaba como decirle a la ama de llaves de la iglesia que se había
cansado de su cuerpo viejo. El comunista que recibía el soborno para
que los otros amañaran las elecciones. Después de diez años, creyó
que había llegado el momento de exigir su derecho a gritar. Cuando
abrió la boca, movió la lengua, su cabeza explotó.
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