Esperó a que el escritor se durmiera para escabullirse entre las
cobijas, con cuidado para no despertarlo. Saltó a la ventana que estaba
abierta, salió y brincó al techo de la vecina. Maulló al sentir la brisa de la
noche, le gustaba caminar por los tejados del barrio. Entró a una casa a
hurtadillas, siguiendo su olfato, un pedazo de pollo abandonado en la mesa
terminó en su panza. Mientras descansaba sobre un muro, vio un ratón, con el
cual jugó hasta que se aburrió de él, después le arrancó la cabeza. A la una de
la mañana percibió un aroma embriagador que lo enloqueció, el llamado de la
naturaleza, el perfume de la gata de doña Isabel, la felina más guapa de la
zona. Cuando el héroe llegó, vio que un gato fino, de esplendoroso pelaje, le
hacía la corte a su amada. Él era el rey de la noche y de la calle, así que lo
retó a duelo. Al rumor de pelea, una multitud de perros y gatos se agolparon
alrededor de los guerreros. Él era diestro con las garras, en cinco minutos
sometió a su adversario, este le pidió perdón, en un gesto de magnanimidad lo
dejó marchar. Todos aclamaron al vencedor. Se acercó a la gata a reclamar su
premio, ella se lo entregó complacida. De ese modo pasaron el resto de la
noche. Al amanecer se despidió de su amante. Antes de llegar a la
casa, cazó un pájaro, lo llevó entre sus fauces y lo dejó a los pies de su amo.
Se subió al pecho del escritor y se durmió esperando a que despertara.
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