Se
recogió el cabello, se amarró los tenis, bebió jugo de sábila, se
colgó la maleta, se puso el casco, se despidió de sus dos gatos,
montó la bicicleta y salió. Le gustaba pedalear por la ciudad en la
mañana.
Se
rascó la entrepierna, encendió un Malboro, revisó el maletín para
ver si no había olvidado del informe. Puso a Metallica en la radio,
envió un mensaje a su amiga, para que se vieran, "No pasa de
esta noche" se dijo. Esperó otros dos minutos a que se
calentará el motor del carro, salió. —Que Mierda, esta ciudad es
un puto trancón —exclamó.
Cansancio,
una mala decisión, ella tomó el camino más rápido para ahorrarse
100 metros. La calle al fin está libre, él acelera. Intentó frenar
cuando ella apareció en frente. El golpe la lanzó sobre el
automóvil. Se rostro besó el asfalto, tres costillas rotas, un
hombro dislocado, su pierna derecha enredada con la cadena.
—Malditos
locos en contravía —dijo el saliendo del carro.
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