Me hice escritor para no convertirme en un asesino.

viernes, 8 de marzo de 2019

OBSESIÓN


Desde que la vio por primera vez no pudo dejar de pensar en ella. Se le convirtió en una obligación. Era tan bella que parecía un castigo de Dios. Esa noche se masturbó recreando en el contoneo de aquellas caderas que parecían embrujar a todo el que se fijara en ellas. Se masturbaba en la mañana, en la tarde, en la noche pensando en esas tetas redondas que quería chupar, en ese cuerpo que quería recorrer con la lengua, en ese culo que deseaba comerse a besos. Conocía cada curva, cada detalle, cada suspiro, pero no era capaz de invitarla a salir. En una reunión que tuvieron en su apartamento, no habló más de cinco palabras con ella. El único trofeo que había conseguido era unos pantys en la canasta de la ropa sucia. Por esas cosas absurdas que pasan algunas veces en la vida, una noche en la cual ella bebía para olvidar a su amante de turno, se habían encontrado, le pidió que la acompañara. Luego de un par de botellas, empezaron los besos, las caricias, él eyaculó el pantalón cuando pudo meter la mano dentro de sus calzones. Al final de la medianoche terminaron en un hotel de mala muerte, donde las cucarachas y las manchas en las sabanas parecían parte del inventario. A ninguno le importo, sus lenguas se enredaron como un par de anacondas en celo, la temperatura de sus cuerpos aumentó a niveles exagerados, sus manos recorrían cada rincón de sus húmedos cuerpos. Él tocaba, besaba cada parte, se sentía en el nirvana. Ella intentó meterte su verga varias veces en la boca, su hombría estaba muerta. De la decepción pasó a la burla. Se vistió, apenando y avergonzado, bajos las carcajadas e improperios que le perforaban el pecho huyó con los ojos inundados por el llanto.
Ahora que caía del edifico donde vivía recordó que no había tenido la oportunidad para decirle que la amaba.


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