Desde que la vio por primera vez
no pudo
dejar de pensar en ella. Se
le convirtió en una obligación. Era tan bella que parecía un
castigo de Dios.
Esa
noche se masturbó recreando en el contoneo de aquellas caderas que
parecían embrujar a todo el que se fijara en ellas. Se masturbaba en
la mañana, en la tarde, en la noche pensando en esas tetas redondas
que quería chupar, en ese cuerpo que quería recorrer con la
lengua, en ese culo que deseaba comerse a besos. Conocía cada curva,
cada detalle, cada
suspiro, pero no era capaz
de invitarla a salir. En
una
reunión que tuvieron en su
apartamento, no habló
más de cinco palabras con ella. El único trofeo que había
conseguido era unos pantys en la canasta de la ropa sucia. Por
esas cosas absurdas que pasan algunas veces en la vida, una
noche en la cual ella bebía para olvidar a su amante de turno, se
habían encontrado, le pidió
que la acompañara. Luego de un par de botellas, empezaron los besos,
las caricias, él eyaculó el pantalón cuando pudo meter la mano
dentro de sus calzones. Al final de la medianoche terminaron en un
hotel de mala muerte, donde las cucarachas y las manchas en las
sabanas parecían parte del inventario. A ninguno le importo, sus
lenguas se enredaron como un par de anacondas en celo, la temperatura
de sus cuerpos aumentó a niveles exagerados, sus manos recorrían
cada rincón de sus húmedos
cuerpos. Él tocaba, besaba cada parte, se sentía en el nirvana.
Ella
intentó meterte su verga varias veces en la boca, su hombría estaba
muerta. De la decepción pasó
a la burla. Se
vistió, apenando y avergonzado,
bajos las carcajadas e improperios que le perforaban el pecho huyó
con los ojos inundados por el llanto.
Ahora que caía del edifico donde
vivía recordó que no había tenido la oportunidad para decirle que
la amaba.
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