Como todos los días don
Pedro llegó a la biblioteca, después de tomarse un tinto escupido y fumarse un
pielroja, a las 8 y 36 de la mañana entró. Saludo a Margarita una de las señoras del aseo, a ella
le gustaba oírlo hablar, aunque algunas veces no entendía lo que el hombre decía.
Pidió el periódico del día, renegó contra los políticos de turno y se dio el
lujo de putear al país en voz alta. Se dirigió a la sala general, pidió un Gabo,
Un libro de poesía japonesa, un Chandler y un Poe, se sentó en el mismo lugar,
en la misma silla como lo hacía desde hace quince años. Allí pasaría cuatro
horas sumido en la lectura, hablando solo, tratando de encontrar el final de su
novela inconclusa. Pero hoy era diferente, el viejo sacó una hoja de papel doblada
siete veces, la desplegó sobre la mesa y la releyó de nuevo, era una carta de aceptación, en
resumen David Acosta un editor, le decía que le había cautivado su forma de
escribir, que su obra tenía qué ser publicada, que deberían verse pronto para
hablar de un posible contrato con la editorial. Pedro lloró, se dijo
que era tarde para hacer realidad su sueño, además no tenía a nadie con quien
compartirlo. Sacó un revólver de su raída chaqueta de paño. El disparo me
despertó del sueño en qué me había sumido Virginia Wolf.
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