Me hice escritor para no convertirme en un asesino.

viernes, 10 de marzo de 2017

EL VIEJO PEDRO

Como todos los días don Pedro llegó a la biblioteca, después de tomarse un tinto escupido y fumarse un pielroja, a las 8 y 36 de la mañana entró. Saludo a  Margarita una de las señoras del aseo, a ella le gustaba oírlo hablar, aunque algunas veces no entendía lo que el hombre decía. Pidió el periódico del día, renegó contra los políticos de turno y se dio el lujo de putear al país en voz alta. Se dirigió a la sala general, pidió un Gabo, Un libro de poesía japonesa, un Chandler y un Poe, se sentó en el mismo lugar, en la misma silla como lo hacía desde hace quince años. Allí pasaría cuatro horas sumido en la lectura, hablando solo, tratando de encontrar el final de su novela inconclusa. Pero hoy era diferente, el viejo sacó una hoja de papel doblada siete veces, la desplegó sobre la mesa y la releyó de nuevo, era una carta de aceptación, en resumen David Acosta un editor, le decía que le había cautivado su forma de escribir, que su obra tenía qué ser publicada, que deberían verse pronto para hablar de un posible contrato con la editorial. Pedro lloró, se dijo que era tarde para hacer realidad su sueño, además no tenía a nadie con quien compartirlo. Sacó un revólver de su raída chaqueta de paño. El disparo me despertó del sueño en qué me había sumido Virginia Wolf.

No hay comentarios:

Publicar un comentario