La penetró con
agresividad y terminó por detrás antes de cortarla por primera vez. El creía
que se le había otorgado un don, un don para producir dolor, así era, cada
sujeto que caía en sus garras conocía el sufrimiento en todas sus dimensiones,
era capaz de hacer tanto daño antes de que su víctima muriera, que su depravación
hacía ruborizar al mismo diablo. Pero no todo terminaba allí, poseía la
capacidad de ver el hilo rojo de la persona que moría, así que cortarlo era la
culminación de su obra, era lo que más le daba placer, no era una sola alma la
que destruía, si no la de dos amantes que jamás que se conocerían. Hoy era
diferente, estaba furioso, tenía rabia, ira contra la mujer que trataba de
protegerse con los brazos de los cortes de su cuchillo, le había roto la nariz
con la segunda bofetada, la había violado con una sed animal, la había cortado
tan finamente que había logrado retirar el sesenta por ciento de la piel antes
de que esta se desmayara por primera vez. Se masturbó mientras ella daba la última bocanada de vida. Los ojos le brillaron al ver el hilo rojo, tiró con fuerza
de él y pudo sentir un fuerte tirón en su corazón, volvió hacerlo y de nuevo sucedió lo mismo, pero estaba tan enojado, que no se dio tiempo a pensar un
segundo y lo cortó. Un vacío empezó a formarse en su corazón. Dobló las rodillas
y cayó. Lloró y el cuchillo escapó de sus manos. Dejó escarpar un lamento que
se convertía en un grito agónico. Le dolía pecho, pudo ver su propio hilo
cercenado y de ese modo conoció el amor.
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