Era grande y viejo. Su
barba era larga y blanca. En su mirada se podía ver la huella del tiempo. Ella
tuvo miedo, aun así se acercó. Lo conocía por las historias que le había contado
su madre sobre él. Un soñador, un ilusionista, un narrador de historias. Ella se debatía en como como hablarle, con
amor o con rabia, jamás lo había visto y, sí era así lo había olvidado. El gigante giró con lentitud la cara hacia
ella, y en su rostro endurecido por el dolor trató de dibujar un gesto de amor,
para la niña que lo miraba con admiración. Ella lo abrazó y pudo sentir la
calidez que siempre extraño por alguna razón. Así estuvo hasta que el calor se extinguió
como el aliento del hombre que se iba a soñar a otros mundos.
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