Arregló el nudo de la corbata, se peinó y murmuró dos frases
que yo no escuche.
—Hay
que llamar a los ministros.
—Si,
señor, —contesté
para salir del paso.
Como
todos los días lo acompañaba a dar su paseo matinal, algunas
personas se le acercaban, lo saludaban y le decían señor presidente
esto o aquello. Dos horas después estábamos de regreso, él se
sentó en su silla y exclamó:
—Debo
comunicarme con el embajador
No
respondí,
estaba cansado. El se puso a contemplar la ventana, salí y cerré
con llave su habitación. Mi turno había terminado, saludé
a mi compañero que se encargaría del sanatorio en la noche. Me
marché a mi casa.
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