Debió
marcharse cuando tuvo oportunidad, pero no lo hizo, aquella mujer
enfunda en un diminuto vestido de satén lo tenía embrujado. Había
perdido todo, ella le había dicho que aún tenía algo que
podía apostar. Él volvió a respirar y aceptó. Era el momento de
recuperarse, de ganar, su deseo se mezclaba con el anhelo de meterse
entre las piernas de su acompañante, que lo besaba y metía su
lengua bífida dentro de él, mientras le acariciaba la pierna le
susurraba palabras arcanas cargadas de lujuria y promesas que si
ganaba ella sería suya. Tomó las cartas, sonrío era una buena
mano, así que hizo su apuesta: —Para empezar apuesto 30 días de
mi vida. 6 horas después la muerte esperaba por él.
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