El juez
dijo que estaba bien, que a sus 79 años él no representaba ningún peligro. Se
le permitiría pasar sus últimos años de vida en libertad, habían pasado 23 años
desde que fue condenado. El perfume de la mesera llenó su cabeza de imágenes de
dolor, tortura, sangre, sexo, placer y muerte. Su pene empezó a endurecerse. Su
mano dejó de temblar cuando apretó el cuchillo, se estremeció, fue como un
corto circuito que le recorrió el cuerpo, eso le gustó. Aguardó hasta que el
bar quedo solo, se acercó a la mujer que acomodaba las sillas sobre la mesas. Sonreía, un hilillo de saliva escapaba de la comisura de los labios, el pantalón no
podía ocultar su erección. Se sorprendió con la fuerza con la que golpeó. Cuando el cuchillo cortó la carne ella gritó, él se estremeció,
aquellos sonidos le recordaron a cada una de las 36 mujeres que habían calmado
su ansiedad. La tiró al suelo, la acuchilló varias veces, la penetró en un
frenesí de jadeos, se bañó con su sangre, al vaciar su semen en ella se sintió
en paz, su misión había empezado de nuevo.
La
policía encontraría cinco días después el cadáver de la novena víctima del
"Viejo", como ahora lo llamaban.
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