A las seis de la mañana se puso el delantal. Se tomó un café. Fue a la bodega
que estaba junto a su casa. Cogió el cuchillo más filoso que tenía. Empezó a
cortar la carne con lentitud. El olor a sangre lo excitaba. Le gustaba lo que hacía.
Se masturbó con las manos manchadas de sangre. Se preparó para una nueva
jornada. Así comenzaba el día del carnicero de la esquina.
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