Estaba
enojado, había sido un asco de día. Llegó a la casa, tomó el revólver de la cómoda
y el bate de béisbol. Su jefe lo había humillado, su mujer lo había dejado por su profesora de yoga y su estúpido libro
sobre el marqués de Sade había sido rechazado por octava vez. Vio al perro de la vecina cagando en el jardín,
explotó.
Le
hundió la cabeza al animal con el bate, antes de que la dueña gritara, le disparó
dos veces a la cara. El repartidor de domicilios pensaba en lo que le haría a
su novia en la noche en el momento que su nariz se rompió en tres pedazos y penetró
su cráneo con los demás huesos del rostro, solo bastaron tres golpes para que su mente quedara en blanco. Un policía que no entendía que ocurría, quedó tendido en la mitad de la
calle. Bertha que venia de contarle a su amiga que había visto a su marido paseando
con la profesora tomados de la mano, quedó tirada en el andén, mientras la
sangre y la vida se le escapaban por la boca. Las costillas del viejo Juan
Carlos se partieron en pedazos, cuando el bate le aplastó la cabeza, pensaba
que dejaría sola a su novia de 18 años. Tres adolescentes que compartían un bareto cayeron sobre sus monopatines, escupiendo los pulmones contra la acera. La anciana
sonrió al ser destrozada por los golpes, al fin dejaría de sufrir por el cáncer.
La bala que entró en la frente de Azucena terminó con sus pensamientos de cómo
acabar con su familia para quedarse con la casa. Pedro falleció
sin poder decirle a su pareja, que se había enamorado de su hermana. El corazón
de Graciela dejó de latir después de que hijo nonato muriera. El primer disparo
de la policía le destrozó la rodilla izquierda, cayó sorprendido, dos
proyectiles que penetraron por el vientre le despedazaron el hígado, el estómago
y los demás órganos. Fueron 23 balas para detener ese tren de la muerte. Le preguntaron por qué lo había hecho, aún con vida contestó: —Odio los lunes.
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