Se
restregó las manos tratando de calentarse. Miró al cielo, sería otra noche
huyendo de la lluvia. El gruñido en el estómago le hizo olvidar sus preocupaciones
por un instante. Caminó dos cuadras más, el hambre empezaba a ser desesperante.
Vio un paquete en el andén. Sin mucha ilusión lo revisó, sus ojos brillaron, la
boca se le llenó de saliva, al ver que era un plato de comida sin tocar.
Agradeció a Dios y a la persona que había puesto ese alimento para él. Se sentó
y empezó a comer.
Sería
la última vez que lo besaría. Sentada observaba el reloj, él tardaba en llegar.
Tal vez su reacción fue exagerada, solo había sido una vez, solo un desliz, un
error de una noche, además era el hombre que amaba. Lo pensó por cinco minutos,
lo perdonaría, no quería perderlo. Así que recogió la cena envenenada que había
preparado para su esposo, la puso en una bolsa y la dejó en el andén.