Su
padre le había gritado que no le pagaría más la universidad si seguía con ese
embeleco del paro, él sonrió ya había perdido el semestre; se repetía que lo
que estaba haciendo era algo importante. Su madre entre lágrimas le rogaba que
no saliera a la calle, que pensara en su novia estaba que en el hospital por
culpa de los gases o en el hijo del vecino que estaba desaparecido. Le contestó
que era algo que tenía que hacer, que había llegado el momento de cambiar este
puto país. Se sentía como Fidel Castro, El che, el mesías, un tipo tan grande como Superman. De nuevo habían colapsado la ciudad. Encabezaba la
marcha de ese día, observó a la fuerza
militar que los esperaba. Cuando alzó la mano para gritar: ¡Comida para el
pueblo! ¡Educación para los jóvenes!, sonó el primer disparo, el proyectil le
entró por el cuello y salió por su ojo izquierdo, murió al instante, no pudo
ver como la lucha terminaba disuelta entre gases, disparos y golpes.
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