No
puedo sacármela de la cabeza. El viaje no sirvió de nada. Fui a ciudad de
México para decirle adiós, pero no funciono. Caminé entre la multitud, a la
medianoche el primero de noviembre, me dijeron que los mexicanos celebran la
vida y no la muerte el día de los muertos. Esperaba que de ese modo terminara
la obsesión que tengo por ella desde el instante que se marchó. En el avión me
la paso semidormido, casi embotado pensando en cada ínstate que viví con ella.
El día que nos besamos por primera vez en el cine bajo la complicidad de James
Cameron. La forma en que nos entregábamos a la lujuria y la pasión. Como
nuestro pequeño juego de besos y caricias se convirtió en una relación que
desembocó en un matrimonio que duro doce años, sobrevivió a dos abortos y un
amor de verano de parte mía. Ella se convirtió en mi vida, era todo lo que un
hombre podía esperar de una mujer. Fue mi regalo de parte de los dioses. Trato
de mantenerme despierto mientras bajo del avión, pero el vacío que está
creciendo en mi pecho es insoportable. Abordo un taxi, ruego porque el
conductor tome el camino más largo para llegar a mi lugar de destino, saber que
ella no estará cuando llegue, hace que me tiemblen las piernas. Intento
entender en que momento todo se fue a la mierda, parecía que todo era perfecto
entre nosotros. Recuerdo peleas, silencios, ausencias, sospechas. Hasta que una
noche después de hacer el amor por última vez, ella exclamó: —Ya no te amo,
quiero que te marches. Yo no lo hice, me senté en el sofá a beber una botella
de brandy que teníamos guardada en la alacena. Desde ese punto todo se vuelve
borroso, gritos, lágrimas, la botella vacía, su cabeza rota, sangre, silencio.
Desperté cinco horas después sobre su cadáver. Nunca fui un gran escritor pero
si un gran mentiroso. Así que despedacé su cuerpo y me deshice de él parte por
parte, esa fue la parte fácil, convencer a los demás que ella me había
abandonado fue un poco más complicado, a pesar de que algunos de nuestros
allegados aún sospechan que tuve que ver con su desaparición, me libré de la
policía, solo guardo dos de sus dedos envueltos en uno de sus calzones de satín
detrás de las copias de mis dos libros que ni ella leyó.
Me
detengo frente a la puerta, respiro como queriendo calmarme, tomo fuerza para
abrirla y entro a mi casa. Ella está sentada en el sillón viejo de cuero,
mientras uno de sus ojos cae sobre el piso de madera y una lombriz escapa por
una de sus fosas nasales dice: —Hola bebe, bienvenido a casa.
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