Me hice escritor para no convertirme en un asesino.

domingo, 12 de noviembre de 2017

REGRESO A CASA

No puedo sacármela de la cabeza. El viaje no sirvió de nada. Fui a ciudad de México para decirle adiós, pero no funciono. Caminé entre la multitud, a la medianoche el primero de noviembre, me dijeron que los mexicanos celebran la vida y no la muerte el día de los muertos. Esperaba que de ese modo terminara la obsesión que tengo por ella desde el instante que se marchó. En el avión me la paso semidormido, casi embotado pensando en cada ínstate que viví con ella. El día que nos besamos por primera vez en el cine bajo la complicidad de James Cameron. La forma en que nos entregábamos a la lujuria y la pasión. Como nuestro pequeño juego de besos y caricias se convirtió en una relación que desembocó en un matrimonio que duro doce años, sobrevivió a dos abortos y un amor de verano de parte mía. Ella se convirtió en mi vida, era todo lo que un hombre podía esperar de una mujer. Fue mi regalo de parte de los dioses. Trato de mantenerme despierto mientras bajo del avión, pero el vacío que está creciendo en mi pecho es insoportable. Abordo un taxi, ruego porque el conductor tome el camino más largo para llegar a mi lugar de destino, saber que ella no estará cuando llegue, hace que me tiemblen las piernas. Intento entender en que momento todo se fue a la mierda, parecía que todo era perfecto entre nosotros. Recuerdo peleas, silencios, ausencias, sospechas. Hasta que una noche después de hacer el amor por última vez, ella exclamó: —Ya no te amo, quiero que te marches. Yo no lo hice, me senté en el sofá a beber una botella de brandy que teníamos guardada en la alacena. Desde ese punto todo se vuelve borroso, gritos, lágrimas, la botella vacía, su cabeza rota, sangre, silencio. Desperté cinco horas después sobre su cadáver. Nunca fui un gran escritor pero si un gran mentiroso. Así que despedacé su cuerpo y me deshice de él parte por parte, esa fue la parte fácil, convencer a los demás que ella me había abandonado fue un poco más complicado, a pesar de que algunos de nuestros allegados aún sospechan que tuve que ver con su desaparición, me libré de la policía, solo guardo dos de sus dedos envueltos en uno de sus calzones de satín detrás de las copias de mis dos libros que ni ella leyó.

Me detengo frente a la puerta, respiro como queriendo calmarme, tomo fuerza para abrirla y entro a mi casa. Ella está sentada en el sillón viejo de cuero, mientras uno de sus ojos cae sobre el piso de madera y una lombriz escapa por una de sus fosas nasales dice: —Hola bebe, bienvenido a casa.   

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