El joven patrullero
tuvo que sostener a su sargento mientras este expulsaba los intestinos por la
boca. La escena era dantesca en aquella habitación de ese pequeño hotelucho
perdido en las calles de la ciudad. El asesino se había tomado su tiempo con
sus dos víctimas, las había abierto con la precisión de un cirujano, para
sacarles las entrañas y clavarlas en la pared formando una imagen grotesca del
divino niño. Y con la maestría de una vieja costurera cosió los cuerpos para
que las dos hermanas jamás se separaran. —Esto es una mierda —Exclamó la
muerte. Esta tembló de miedo al ver la sombra del hombre que cojeaba y se
alejaba con lentitud del lugar.
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