Se encontraba en la mitad de la calle. Estaba enojado. Otra
vez la misma historia. Puso las manos al frente, intentando frenar la avalancha
que venía sobre él. Ni con todo su poder absoluto pudo detener la furia de la
naturaleza. El río de lodo lo desplazó tres metros del lugar donde él había
tratado de salvar a ese pequeño pueblo, olvidado en medio de la selva. Maldijo
su suerte. Pudo escuchar el llanto de una niña que estaba bajo varias capas de
barro. Con las manos desnudas escarbó la tierra, pero la lluvia hacía difícil
su tarea, así que cuando la encontró, era tarde. Apretó los puños con rabia y
por primera vez vio la desolación que quedaba al paso del río y entendió que la
niña no era la única que visitaría hoy la barcaza de Caronte. Después que la
tragedia pasara, las personas dirían que todo había sido su culpa, que él lo
había dispuesto así. Se sentó en una gran piedra y lloró. Por primera vez Abba
condenó el momento en él le había entregado el planeta a los humanos.
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