Sonrío con la sonrisa falsa que había aprendido en el lugar donde su familia la había encerrado por 12 años, cuando ella perdió la cordura por la trágica muerte de su hijo. Sería la primera Navidad que pasarían juntos, desde que ella regresó. Se había encargado de todo, la cena, las invitaciones, las decoraciones, el árbol. Después del brindis, empezó a reír de una forma demencial, mientras sus invitados intentaban mover sus cuerpos paralizados.
—Saben 12 años son una eternidad, en un cuarto de cuatro paredes blancas —exclamó— Así que tuve mucho tiempo para pensar y entender qué fue lo que paso. Espero que hayan disfrutado cada maldito centavo de la herencia de papá. Él no confiaba en ninguno de nosotros, y le dejó todo a mi pequeño. Viejo loco como se le ocurre dejar esa responsabilidad a un niño de 2 años.
No dijo nada más, tomó otra copa de vino, cogió el cuchillo que estaba clavado en el pavo. Sus ojos brillaron por primera vez. Empezó a cortar, a clavar, desgarrar, destripar a diestra y siniestra, la sangre cayó sobre ella, las paredes y el reloj que marcaba que la navidad había llegado.
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