El reloj marcaba las doce, esperaba sentada, aguardando. Él le había prometido que regresaría por ella, que nada evitaría que cumpliera su promesa. Mientras todos se abrazaban y besaban, deseándose un feliz año, esperaba al hombre que amaba. Se estremeció cuando escuchó el primer golpe, el aire se llenó de un perfume putrefacto. Siguió en su lugar, apretó el revólver, la puerta se abrió y disparó. Esa vez se aseguraría que el muy cabrón no volvería a molestarla.
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