Le habían contado que a las doce de la noche todos los primeros de noviembre los muertos podían salir por cinco minutos a saludar a sus seres queridos. Así que él corrió hacia el cementerio para encontrarse con ella. En su recorrido ayudó a cruzar la calle a una anciana, salvó a un gato de un perro tonto, rescató a tres personas de un accidente, se peleó con un policía que le pidió los documentos, huyó de dos travestís que le prometían una buena mamada. Llegó a las 12:06.
Ella lloró lágrimas de cristal mientras se decía que la muerte sería aterradora ya que su esposo la había olvidado.
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