Encendió el cigarrillo y corrió la cortina. Observo el sol que empezaba a filtrarse por las ventanas de las casas de su ciudad, su país, su mundo. En su mirada se había posado la tristeza, llevaba 35 años y aún no había logrado que el país fuera la utopía que había prometido, cuando todo esté relajo empezó. Se había tomado el poder con violencia, había ahogado con su propia sangre a los canallas que había hecho del país una letrina. Así que con un puñado de soldados, hombres descalzos, mujeres enojadas y niños muertos de hambre, creo la revolución que lo cambiaría todo. Después vendría el arte de mandar. Convirtió a los padres de la patria en mártires, con mano de acero dictó los primeros decretos que pondrían pan en la boca de los necesitados y enseñaría a los ricos que tener riquezas no te hace una buena persona. En la mañana daba educación a los jóvenes y protección a los ancianos. En la tarde saqueaba los bancos para crear sueldos dignos para la clase obrera. En la noche llenaba las carreteras de los cadáveres de los que se oponían a él. Dos balas atravesaron la cabeza del periodista que descubrió a la mujer del mandatario entre los cuerpos. Sus ministros se habían huido o suicidado, sus nuevos consejeros eran extranjeros, que llenaban sus bolsillos con armas, niñas y dinero a cambio de poder violar sus tierras. Sus hijos pagaron con el exilio la osadía de decirle que ya era tiempo de entregar la presidencia. Todos caminaban en silencio, con la cabeza agachada mientras esperaban el turno para comer, se encerraban en sus casas donde la libertad y el amor se habían extinguido. Ya nadie leía,
Los escritores habían sido crucificados. Los jóvenes salían de las universidades a trabajar a los campos, a combatir a la frontera o a robar y matar en el otro país. Se había vuelto desconfiado, en todas partes veía enemigos, todos querían atentar con el paraíso que estaba construyendo. Terminó el cigarrillo y se tomó el primer whisky del día. Miró la cama que llevaban tanto tiempo vacía como su corazón. No podía confiar en nadie, hasta el mismo Dios quería derrocarlo. Recordó las palabras del antiguo gobernante: El poder es un lugar solitario. Abrió la puerta, se puso la máscara que todos conocían, el hombre que había hecho temblar al mundo.
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