Me hice escritor para no convertirme en un asesino.

viernes, 19 de julio de 2019

CARACOL


Parecía llevar su hogar sobre la bicicleta, era pequeño, pero con la fuerza para arrastrar las miles de cosas que lleva en su caballito de acero, vestía un chaleco amarillo sobre las tres chaquetas de paño y poliéster que le servían para cubrirse del frío, protegía su cabeza con un viejo casco de moto partido a la mitad. Su andar era lento y pausado, recorría la ciudad buscando que más agregar a su casa ambulante. Todo empezó cuando su mujer lo echó por haber apostado la vivienda en una partida de dados. Tomó la bicicleta y empezó su marcha, al principio solo quería andar y andar, hasta que la ira se extinguiera, encontró una maleta roída por los ratones, en ella halló una de las chaquetas que vestía, una linterna, un rolex dañado y dos cadenas de oro, estas le sirvieron para comer por un par de meses. Jamás se detuvo y jamás se preguntó si debía hacerlo. Recogía cosas rotas o inservibles, si era coloridas o le llamaban la atención, como en un tetris las acomodaba en el montón de enceres que acumulaba encima de la bicicleta. No podía montarse en ella, eso no importada. Todo tiene su fin y su viaje lo tuvo cuando un Chevrolet impacto con él, murió al instante, nadie se preocupó por él, estaban absortos, observando la lluvia de cosas que volaban por los aires: una bacinilla de metal, una lamparita, una silla, tres revistas playboy, la edición  del periódico del día que la selección gano 5-0, una calculadora casio, el esqueleto de un gato, un libro a amarillento de Gabriel García Márquez, una vieja radiola rota, un par de calzones, tres pantalones, cinco camisas, nueve pares de medias, un reloj de pared, un reverbero, una libra de café, 2 panelas, una olleta, cinco casetes de salsa, la foto desgastada de una mujer, un corazón roto. Tardearían 3 hora en recogerlo todo y arrojarlo a la basura.

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