Parecía
llevar su hogar sobre la bicicleta, era pequeño, pero con la fuerza para
arrastrar las miles de cosas que lleva en su caballito de acero, vestía un chaleco
amarillo sobre las tres chaquetas de paño y poliéster que le servían para
cubrirse del frío, protegía su cabeza con un viejo casco de moto partido a la mitad.
Su andar era lento y pausado, recorría la ciudad buscando que más agregar a su
casa ambulante. Todo empezó cuando su mujer lo echó por haber
apostado la vivienda en una partida de dados. Tomó la bicicleta y empezó su
marcha, al principio solo quería andar y andar, hasta que la ira se
extinguiera, encontró una maleta roída por los ratones, en ella halló una de
las chaquetas que vestía, una linterna, un rolex dañado y dos cadenas de oro,
estas le sirvieron para comer por un par de meses. Jamás se detuvo y jamás se preguntó
si debía hacerlo. Recogía cosas rotas o inservibles, si era coloridas o le
llamaban la atención, como en un tetris las acomodaba en el montón de enceres
que acumulaba encima de la bicicleta. No podía montarse en ella, eso no
importada. Todo tiene su fin y su viaje lo tuvo cuando un Chevrolet impacto con
él, murió al instante, nadie se preocupó por él, estaban absortos, observando
la lluvia de cosas que volaban por los aires: una bacinilla de metal, una
lamparita, una silla, tres revistas playboy, la edición del periódico del día que la selección gano
5-0, una calculadora casio, el esqueleto de un gato, un libro a amarillento de
Gabriel García Márquez, una vieja radiola rota, un par de calzones, tres
pantalones, cinco camisas, nueve pares de medias, un reloj de pared, un
reverbero, una libra de café, 2 panelas, una olleta, cinco casetes de salsa, la
foto desgastada de una mujer, un corazón roto. Tardearían 3 hora en recogerlo
todo y arrojarlo a la basura.
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