Me hice escritor para no convertirme en un asesino.

viernes, 26 de julio de 2019

ORIGEN —EL GUARDABOSQUE—


A los doce años supo que era diferente a los demás. Su corazón se había roto cuando el perro chilló, sus extremidades fueron haladas en todos los sentidos por las sogas que lo sujetaban. Les gritó que se detuvieran. Uno de los que halaba lo golpeó y lo llamó marica. Otro dijo que deberían hacerle lo mismo a él por pendejo. Ciego por las lágrimas de ira e impotencia, tomó un trozo de madera y lo estrelló en la cabeza del que lo había empujado, volvió a golpearlo y le rompió el tabique. Uno de sus compañeros trató de detenerlo, el dolor en su entrepierna no lo dejó, tirado en el suelo pudo sentir como tres de sus costillas se fracturaban. Él que lo insulto quiso huir, el trozo de madera se hizo añicos cuando impacto en su espalda y le hizo perder el sentido. El último que aún sujetaba al animal, perdió su ojo derecho, cuando un trozo de madera se le incrustó en la retina. Cuando no quedaba nada del pedazo de madera, él siguió golpeándolos con los puños y los pies. Hicieron falta tres policías para detenerlo. Fue condenado a cinco años en el reformatorio. Cuando salió tenía claro las tres primicias con las regiría su vida: 
* Ningún animal debe sufrir. 
* Los hombres son monstruos. 
* Jamás ser descubierto cuando hacía de ángel vengador. 

viernes, 19 de julio de 2019

CARACOL


Parecía llevar su hogar sobre la bicicleta, era pequeño, pero con la fuerza para arrastrar las miles de cosas que lleva en su caballito de acero, vestía un chaleco amarillo sobre las tres chaquetas de paño y poliéster que le servían para cubrirse del frío, protegía su cabeza con un viejo casco de moto partido a la mitad. Su andar era lento y pausado, recorría la ciudad buscando que más agregar a su casa ambulante. Todo empezó cuando su mujer lo echó por haber apostado la vivienda en una partida de dados. Tomó la bicicleta y empezó su marcha, al principio solo quería andar y andar, hasta que la ira se extinguiera, encontró una maleta roída por los ratones, en ella halló una de las chaquetas que vestía, una linterna, un rolex dañado y dos cadenas de oro, estas le sirvieron para comer por un par de meses. Jamás se detuvo y jamás se preguntó si debía hacerlo. Recogía cosas rotas o inservibles, si era coloridas o le llamaban la atención, como en un tetris las acomodaba en el montón de enceres que acumulaba encima de la bicicleta. No podía montarse en ella, eso no importada. Todo tiene su fin y su viaje lo tuvo cuando un Chevrolet impacto con él, murió al instante, nadie se preocupó por él, estaban absortos, observando la lluvia de cosas que volaban por los aires: una bacinilla de metal, una lamparita, una silla, tres revistas playboy, la edición  del periódico del día que la selección gano 5-0, una calculadora casio, el esqueleto de un gato, un libro a amarillento de Gabriel García Márquez, una vieja radiola rota, un par de calzones, tres pantalones, cinco camisas, nueve pares de medias, un reloj de pared, un reverbero, una libra de café, 2 panelas, una olleta, cinco casetes de salsa, la foto desgastada de una mujer, un corazón roto. Tardearían 3 hora en recogerlo todo y arrojarlo a la basura.

viernes, 12 de julio de 2019

VANIDAD


1:23 de la tarde, se escucha el retumbar del tacón contra la acera, de la escultural mujer que cruza la calle. Con la mano derecha se retoca el lápiz labial y con la otra contesta el celular. El viejo se fija en las nalgas que dibuja el pantalón que lleva puesto. Doña María recuerda con tristeza. que ella tenía el cuerpo igual, antes de casarse. El pequeño Juan se pierde en el escote que apenas sujeta sus voluminosos pechos, siente la primera erección del día. La feminista la mira con rabia y envidia. El abogado se aprieta el pecho en señal de dolor y se repite que él nunca podrá tener una belleza como esa. El indigente se acerca y le alaba las piernas. El chófer cierra los ojos cuando grita el gol de la selección. El golpe del metal contra la carne silencia el momento. La monja grita, el padre le acaricia el culo, así que no se da cuenta de lo que sucede. Dos adolescentes miran con morbo la escena. La profesora hace el esfuerzo de no desmayarse. La señora de los tintos limpia sus termos que se han manchado de sangre y bilis. La mujer muere tratando de meter la silicona en sus tetas nuevas.

viernes, 5 de julio de 2019

EL ECLIPSE

Entró a hurtadillas, llevaba más de ocho días vigilando aquella casa, la conocía bien. Se acercó al perro que dormía, haciendo un sonido irritante, tenía el hocico lastimado, su amo había descargado su frustración en él. Acarició la cabeza del animal, lloró con una mezcla de dolor y rabia que le apretaba el pecho. Estaba enojado con él mismo, había observado todo, había esperado demasiado para actuar. Siguió a la sala donde el tipo dormía sobre el sofá. Tomó una de las botellas que estaban en la mesita y sin dudarlo la rompió en la cabeza del hombre, que despertó asustado, antes de que sus ideas se aclarasen, de comprender que sucedía, sintió como su mandíbula se rompía en en dos, uno de sus dientes bajó por la tráquea. Quiso gritar pero el puño que destrozo su nariz se lo impidió. Uno de los golpes que recibió le reventó el ojo izquierdo. Al fin estaba calmado, había logrado expulsar su ira, había recuperado la sangre fría. Asestaba cada golpe en el lugar indicado, causando gran dolor, sin dejar que el sujeto se desmayara. Después de una hora le hundió la manzana de Adán, así que este se atragantó con su sangre y murió asfixiado. Lo arrastró, lo llevó al patio y lo enterró junto a los cuerpos de los perros que había asesinado. Él guardabosques con delicadeza tomó el can entre sus brazos y bajo la luz de la luna roja se marchó.