A los
doce años supo que era diferente a los demás. Su corazón se había roto cuando
el perro chilló, sus extremidades fueron haladas en todos los sentidos por las
sogas que lo sujetaban. Les gritó que se detuvieran. Uno de los que halaba lo
golpeó y lo llamó marica. Otro dijo que deberían hacerle lo mismo a él por
pendejo. Ciego por las lágrimas de ira e impotencia, tomó un trozo de madera y
lo estrelló en la cabeza del que lo había empujado, volvió a golpearlo y le
rompió el tabique. Uno de sus compañeros trató de detenerlo, el dolor en su
entrepierna no lo dejó, tirado en el suelo pudo sentir como tres de sus
costillas se fracturaban. Él que lo insulto quiso huir, el trozo de madera se
hizo añicos cuando impacto en su espalda y le hizo perder el sentido. El último
que aún sujetaba al animal, perdió su ojo derecho, cuando un trozo de madera se
le incrustó en la retina. Cuando no quedaba nada del pedazo de madera, él
siguió golpeándolos con los puños y los pies. Hicieron falta tres policías para
detenerlo. Fue condenado a cinco años en el reformatorio. Cuando salió tenía
claro las tres primicias con las regiría su vida:
* Ningún
animal debe sufrir.
* Los
hombres son monstruos.
* Jamás
ser descubierto cuando hacía de ángel vengador.