La
guerra los había arrastrado a ese momento. Eran unos niños que jugaban con la
muerte. Apuntaban las armas uno contra el otro. Al primero lo habían sacado
arrastras de la escuela a los 9 años, lo llevaron al cuartel y lo convirtieron
en un soldado. Al otro, lo llevaron al monte después de masacrar a su familia.
Ambos habían aprendido a matar y a seguir ideas estúpidas. La lucha los había
hecho fuertes, hombres sin sentimientos.
Se
miraban, se estudiaban, el frío era espeso, no movían ninguno de sus músculos.
Un ave cantó. Los fusiles susurraron. Las balas impactaron. Los niños cayeron
al río. El político llenaba sus bolsillos con el erario de la ciudad y obligaba
a su secretaria a hacerle sexo oral. El revolucionario repartía el botín de
su último pillaje, violaba a una joven de 15 años y planeaba como extorsionar
al país.
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