En
un lugar de la ciudad que no quiero nombrar, vivía un viejo abogado,
rodeado de una incontable cantidad de libros. Al igual que don Alonso
su cerebro se secó por ellos. Las palabras de Marx, Lennin,
Engels y Mao alimentaban su fantasía. Como un Quijote quería
enmendar entuertos y deshacer agravios. Así que todos los días a la
cinco de la tarde, frente a la iglesia del barrio, se paraba a
proclamar sus diatribas contra el sistema y leer el evangelio de
Trosky.
El
policía que fue interrogado por dispararle, contestó:
—Él era un viejo divertido, pero sus ideas eran peligrosas.
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