Iba con las manos
en los bolsillos, la lluvia le golpeaba el rostro, caminaba con la espalda
encorvada, apretaba los dientes para no llorar. Por octava, vez su novela había
sido rechazada. Las palabras de su padre le retumbaban en la cabeza, —Es hora
de dejar la pendejada de ser escritor. Entró al primer bar que vio abierto,
pidió una cerveza, intentaba no pensar, miraba la botella como queriendo
perderse dentro de ella.
Una pareja
discutía, un par de mesas más allá.
—Abre los ojos
—dijo ella, levantándose—, en este maldito país no se puede hacer nada. Es el
momento que aceptes que no fuimos capaces con esto.
Su compañero no decía
nada, la dejó marchar, dejaría que se calmará leyendo sus libros de fantasía.
Encontraría la forma de convencerla, de que hicieran un último esfuerzo. No
podía darse por vencido, no quería dejar que su sueño muriera. Llevaban cinco
años luchando por mantener su editorial a flote. Tenían 15 títulos en el
mercado, pero aún no habían encontrado el best seller que los sacaría de la
quiebra. Cada libro que publicaban era hecho con las uñas, con dolor, con amor,
con ilusión. Mientras trataba de encontrar la solución para no perderlo todo,
se fijó en el joven que mantenía la mirada en la botella de cerveza. No supo
por qué lo hizo, tal vez era la necesidad de hablar con alguien, de decir las
cosas que no había podio decir con su esposa, fue y sentó a su lado.
—Esa cerveza no se
va a mover —le dijo.
El joven apenas lo
miró.
—Parece que el día
no ha sido bueno para los dos —continuó.
—¿Usted cree?
—Me lo imagino, por
la forma que mira esa cerveza, como si fuera su enemiga. No creo que tengamos
los mismos problemas, pero los dos pensamos que la vida apesta. —Se dio cuenta
que el joven le prestaba atención —Estoy a punto de cerrar mi editorial, no
tengo dinero para pagar las regalías de mis escritores.
El otro río y dijo
—Acabo de darme cuenta que jamás seré un escritor.
— Es una maldita
broma
—Un escritor malo y
un editor vaciado, una pareja para una tragedia griega —dijo el joven, bebió la
cerveza que ya sabía mal.
El editor rió,
después de cinco cervezas y muchas bromas, los dos hablaban como si su amistad
llevará muchos años. El editor le pidió que le dejara ver el manuscrito, él se
rehusó por unos minutos, hasta que lo entregó con desgano.
—No importa que
alguien más lo lea, pronto lo quemaré. A cortarme el cabello, afeitarme y a
buscar trabajo.
Después de leer las
primeras páginas, el editor le pidió los datos, el joven al ver que los anotaba
en una servilleta perdió toda esperanza. El otro se levantó y le prometió que
lo llamaría.
Tardó dos días
leyendo las 327 páginas del texto. Al finalizar fue a la habitación donde su
mujer dormía abrazada a su hijo. Se acercó, la besó y le susurró al oído:
—Tenemos una oportunidad.
El teléfono sonó
cuando el joven escritor ponía el revólver en su boca. No quiso contestar,
cerró los ojos y suspiro. Al ver la insistencia del que llamaba, decidió
responder. Era el editor, que más que hablar gritaba excitado:
—Te vamos a
publicar, este era el éxito que estábamos esperando.
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