Le
gustaba rasguñar las paredes, romper los platos, jugar con las luces. El
primero en caer en sus fauces fue el gato, después devoró al perro. Por una semana
deambuló por los corredores arrastrando una cadena y aullando con un gemido
lastimero que hacía temblar a las flores. Los habitantes se mudaron a los pocos
días. Ahora él se siente solo y olvidado. Así que de nuevo el monstruo debe
esconderse entre las paredes hasta que otra familia llegue habitar la casa. Han
pasado 62 años y él aún espera compañía.
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