Él
no había entendido que sucedía. Toda la sangre se le había acumulado en su pene
erecto, cuando la vio en ropa interior y unas orejas de coneja, olvidó las
razones de porque habían discutido esa mañana. Él la abrazó y cuando intento
cogerle las nalgas el acero que atravesaba su estómago se lo impidió. Aun así
seguía pensando que ella era su alma gemela, a pesar que podía mirar sus
intestinos que le colgaban del vientre abierto.
Lo besó mientras le apuñalaba el corazón, era el hombre que había
compartido su cama por más de 16 años, sin darle un hijo, sin darle un puto
orgasmo. El detective casi pierde la vida al tratar de capturarla, tuvo que
usar el viejo revólver que guardaba en el bolsillo de su chaqueta. Ella y él
habían jugado al gato y al ratón por diez años, dos veces estuvo a punto de
atraparla y las dos veces salió herido, esto era lo más parecido que ambos
habían tenido a una relación. Ahora a él solo le queda una foto de ella
enfundada en un traje de coneja y el deseo de salvarla, a pesar que casi se
convierte en su víctima número 27.
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