Renunció a su trabajo.
Entregó la hoz y la capucha. Por primera vez dejó que sus dientes podridos
dibujaran una sonrisa. Sacudió el polvo de su corazón. Sacó los gusanos que
habitaban en sus ojos. Limpió la tierra de sus uñas. Peinó los tres pelos que
aún sobrevivían en su cabeza. Tomó el ramo de rosas que había comprado, estaba
feliz y se marchó. Cuando llegó estaba dormida, se acercó para despertarla, la
tocó y ella jamás volvió abrir sus ojos.
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