Me hice escritor para no convertirme en un asesino.

viernes, 20 de abril de 2018

Sin Titulo


Era tarde. Observó la puerta principal, él ya la había cerrado. Miró al gato que bebía un poco de agua de su plato, el viejo pedro que pronto tendría que dar un último paseo al veterinario. Subió por las escaleras y recordó el día que llegaron a la casa por primera vez, hicieron el amor ahí, sin desvestirse, de forma rápida y salvaje. —Es para inaugurarla —dijo él y ella pensó que esa era la forma de perpetuar su amor. Se asomó al cuarto de su hija, aún podía ver la luz del teléfono bajo las cobijas, era sábado así que no dijo nada y la dejó otro rato, sonrió mientras se alejaba. Fue a donde el pequeño Carlos, su adoración, él había llegado para salvar a la familia, para que su padre dejara de soñar con las formas de la falda de una colegiala. Encendió la luz por si el niño se despertaba a media noche. Entró a su alcoba, él estaba en el baño, la puerta estaba abierta así que decidió espiar un poco, lo vio masturbándose con su ropa interior, después del orgasmo, pudo ver que las lágrimas bajaban por la mejilla de su esposo. Esperó y se dirigió al lugar que ocupaba desde el día que la habían enterrado.

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