Era
tarde. Observó la puerta principal, él ya la había cerrado. Miró al gato que bebía
un poco de agua de su plato, el viejo pedro que pronto tendría que dar un último
paseo al veterinario. Subió por las escaleras y recordó el día que llegaron a
la casa por primera vez, hicieron el amor ahí, sin desvestirse, de forma rápida
y salvaje. —Es para inaugurarla —dijo él y ella pensó que esa era la forma de
perpetuar su amor. Se asomó al cuarto de su hija, aún podía ver la luz del
teléfono bajo las cobijas, era sábado así que no dijo nada y la dejó otro rato,
sonrió mientras se alejaba. Fue a donde el pequeño Carlos, su adoración, él
había llegado para salvar a la familia, para que su padre dejara de soñar con
las formas de la falda de una colegiala. Encendió la luz por si el niño se
despertaba a media noche. Entró a su alcoba, él estaba en el baño, la puerta
estaba abierta así que decidió espiar un poco, lo vio masturbándose con su ropa
interior, después del orgasmo, pudo ver que las lágrimas bajaban por la mejilla
de su esposo. Esperó y se dirigió al lugar que ocupaba desde el día que la
habían enterrado.
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